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viernes, 11 de agosto de 2017

Nos revolcamos en los olores.

Aromas.
Nos hundimos en los olores, nos revolcamos en ellos. No sólo perfumamos nuestros cuerpos y casas, también perfumamos casi cada objeto que entra en nuestras vidas, desde el coche hasta el papel higiénico. Los comerciantes de coches usados emplean un perfume de “coche nuevo”, garantizado para predisponer a los clientes a comprar aun la chatarra en peor estado. Los agentes inmobiliarios suelen rociar con olor a “pastel recién hecho” la cocina de una casa antes de mostrársela a un cliente. En los grandes almacenes se pone un poco de “olor a pizza” en el sistema de aire acondicionado para abrir el apetito de los clientes e inducirlos a hacer una visita al restaurante. Ropa, neumáticos, tinta de rotuladores, juguetes, todo huele a perfume. Incluso se pueden comprar discos de perfume que se tocan como discos de música, salvo que lo que sueltan es aroma. 

Se ha probado en muchos experimentos, si uno le da a la gente dos latas de la misma cera para muebles y sólo una de ellas con olor agradable, esas personas jurarán que la perfumada es la que encera mejor. El olor afecta en gran
medida a nuestra valoración de las cosas, así como a nuestra evaluación de la gente. Incluso los productos llamados inodoros están, de hecho, perfumados para disfrazar los olores químicos de sus ingredientes, por lo general con un toque almizclado.


Apenas un veinte por ciento de los ingresos de la industria de la perfumería proviene de perfumes para personas; el otro ochenta por ciento procede de los perfumes destinados a los objetos entre los que vivimos. La nacionalidad influye sobre las fragancias, como han comprobado muchas compañías. A los alemanes les gusta el pino, los franceses prefieren las esencias florales, los japoneses se inclinan por aromas más delicados, los norteamericanos, por los más fuertes, y los sudamericanos los quieren más fuertes todavía.


jueves, 13 de julio de 2017

¿Las creencias son indiferentes?

Que las creencias son indiferentes es una afirmación repetida hasta la saciedad hoy en día. 

Dice Richard Weaver que es una afirmación basada en un presupuesto temible. Si se trata de un filósofo, en el sentido que hemos dado a este término, sus creencias le servirán de guía a la hora de decidir para qué existe el mundo. ¿Pero cómo podrían ponerse de acuerdo sobre la finalidad del mundo unos seres que ni siquiera coinciden en su valoración de las más nimias acciones cotidianas? Esa afirmación, en realidad, viene a decir que no importa qué es aquello en lo que se crea, siempre y cuando no se tomen en serio las creencias. 


Es fácil comprobar hoy que tal es la condición a la que han sido llevadas las creencias religiosas. Pero imaginemos a unos hombres que sí son capaces de tomarse en serio sus propias creencias. Obviamente, sus creencias dejarán una huella indeleble en las experiencias vividas, y esos hombres pertenecerán a una cultura basada en principios exclusivos, una especie de club para ingresar al cual es indispensable que el candidato sepa decir lo conveniente sobre lo adecuado, lo que a su vez significa que esos hombres han de saber cultivar los sentimientos correctos.