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lunes, 5 de julio de 2021

Los pequeños se disparan a quemarropa y los efectos son aterradores


Niños solos y abandonados van allí donde se estacionan las tropas, donde hay cuarteles, campamentos o etapas. A fuerza de ayudar y trabajar, acaban formando parte del ejército; son “hijos del regimiento”. Reciben un arma y no tardan en pasar por el bautismo del fuego. Sus colegas mayores, también niños, a menudo se muestran perezosos, y cuando hay una batalla con el enemigo a la vista, mandan a los pequeños al frente, a la primera línea de fuego. Estas escaramuzas armadas de la chiquillería resultan especialmente encarnizadas y sangrientas, porque el niño carece del instinto de conservación, no siente ni comprende el horror de la muerte, desconoce el miedo que sólo la madurez le hará conocer. Las guerras de niños se han hecho posibles también gracias al desarrollo tecnológico. Hoy las armas de repetición de mano son ligeras y cortas; sus nuevas generaciones se asemejan cada vez más a juguetes infantiles. El viejo máuser era demasiado grande, pesado y largo para un crío. El niño pequeño tenía el brazo demasiado corto para llegar al gatillo sin esfuerzo y, también, el punto de mira resultaba excesivamente lejano para su ojo. Las armas modernas, al eliminar tales inconvenientes, solucionan estos problemas. Su tamaño se ajusta tan perfectamente a la silueta de un niño que más bien causan un efecto infantil y gracioso en manos de un soldado alto y fornido. El hecho de que el niño sólo sea capaz de usar armas de mano, de alcance corto (pues no sabe dirigir el fuego de una batería de artillería ni tampoco pilotar un bombardero), ha hecho que los combates en las guerras de niños adquieran la forma de un choque directo, de un contacto físico, casi de un cuerpo a cuerpo. Los pequeños se disparan a quemarropa, hallándose a un paso los unos de los otros. Los efectos de estos duelos suelen ser aterradores, pues no sólo mueren los que caen fulminados en el campo de batalla. Dadas las condiciones en que se desarrollan aquellas guerras, también pronto acaban muriendo los heridos, de hemorragias, de infecciones y por falta de medicinas. (Ébano de Ryszard Kapuściński)

sábado, 22 de febrero de 2020

La posibilidad de que la política se convierta en nuestro único árbitro no deja de resultar aterradora


La posibilidad de que la política se convierta en nuestro único árbitro no deja de resultar aterradora. Dice Richard M. Weaver que nadie en su sano juicio puede pensar que hemos resuelto el problema de poner el mando político en manos de personas sensatas.¿Cómo admirar o siquiera confiar en hombres que no pasan de exhibir el común denominador de la humanidad?

El carácter del hombre se manifiesta en su manera de construir y organizar su casa, no es el resultado de su complicidad con los planes constructivos del Estado, ni mucho menos de su aceptación de un sistema comunista que busca anular esa capacidad, escribe Weaver.

viernes, 19 de abril de 2019

Necesitamos ante todo ancianos que recen


Olivier Clément, decía: “Una civilización donde ya no se reza es una civilización donde la vejez ya no tiene sentido. Y esto es aterrador, nosotros necesitamos ante todo ancianos que recen, porque la vejez se nos dio para esto”. A lo que el Papa Francisco añade que “los abuelos y las abuelas forman el coro permanente de un gran santuario espiritual, donde la oración de súplica y el canto de alabanza sostienen a la comunidad que trabaja y lucha en el campo de la vida”.