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viernes, 6 de abril de 2018

Adicción a las compras.


Los Annals of General Psychiatry definen la adicción a las compras o compra compulsiva o patológica como “obsesión frecuente por comprar o impulsos de comprar vividos como irresistibles, molestos y/o sin sentido”, y continúa diciendo que para clasificarse como una auténtica adicción “el comportamiento de compra debe causar una angustia manifiesta, interferir en el funcionamiento social y, a menudo, ocasionar problemas financieros”. Una investigación de la Universidad de Stanford calcula que aproximadamente el 6 por ciento de la población, o 17 millones de estadounidenses, son adictos a las compras, una situación que, según los autores del estudio, suele coincidir con otros problemas, que van desde mal humor y angustia hasta trastornos alimentarios y consumo de drogas. Un artículo publicado en el Journal of Consumer Research situaba la cifra de adicción a las compras en un altísimo 8,9 por ciento. Según los especialistas en la
materia, la compra compulsiva suele seguir los mismos patrones generales que muchas otras adicciones. Según un estudio llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Richmond y de la Universidad de Illinois en Urbana-Champaign, y publicado en el Journal of Consumer Research, primero se produce la impaciencia por comprar algo, luego las compras en sí mismas, “a menudo descritas como un acto placentero y de euforia, y que libera de los sentimientos negativos”. Pero la liberación es efímera, y al final la euforia se pasa y el comprador se derrumba.

Los compradores compulsivos “usan las compras como una forma de escapar de los sentimientos negativos, como la depresión, la angustia, el aburrimiento, los pensamientos autocríticos y la ira”.

viernes, 2 de septiembre de 2016

La amargura siempre es un incentivo a la autodestrucción.

Richard Weaver.
La pérdida de la fe engendra alguna forma de amargura, dice Richard Weaver. En el antiguo cinismo, en el escepticismo, aun en el estoicismo, que fueron producto de la decadencia de la religión griega, anida una de esas formas. Hay amargura en la idea de que el infierno no existe, ya que, según el irrefutable silogismo de los teólogos, si no hay infierno, no puede haber justicia. La amargura siempre es un incentivo a la autodestrucción. Cuando se piensa que los trofeos que el mundo ofrece no compensan el dolor que lo habita, y al mismo tiempo se niega la posibilidad de alguna otra recompensa, la más elemental coherencia exige ponerle fin a todo. La tarea consiste en evitar que los hombres puedan sentirse desesperadamente no recompensados.

Amargura.
¿Qué quieren hoy, seguir viviendo o destruir el mundo? Algunos parecen incapaces de ver el alcance de una amargura que puede llevarlos a escoger la segunda alternativa. Imaginemos que la respuesta a la primera sea afirmativa, que haya personas que dicen que quieren seguir viviendo, y no sólo biológicamente, como ratas metidas en huecos de ciudades destrozadas, sino como miembros de comunidades civilizadas. Pues habrá que preguntarles si además están dispuestas a pagar el precio que corresponde, ya que es muy posible que su reacción en este caso sea la misma que tienen cuando escuchan la palabra “paz”: todos la quieren, pero no tanto como para aceptar desprenderse de esto y lo otro, de aquello que creen que constituye el marco mismo de su existencia. 

Conferencia de Paz de Versalles.
En la Autobiografía de Lincoln Stefan hay una escena, en la que se refiere una propuesta formulada por Clemenceau en la Conferencia de Paz de Versalles. El  francés, tras escuchar luengo parlamentos acerca de que la pasada guerra sería la última de todas las guerras, se volvió hacia Wilson, Lloyd George y Orlando, y les preguntó si de verdad alguien se estaba tomando en serio aquella idea. Después de oír las respuestas afirmativas de todas y cada una de las perplejas testas de Estado, Clemenceau se dispuso a resumirles el coste de llevar su deseo a la realidad. Los británicos tendrían que renunciar a su sistema colonial, los estadounidenses habrían de salir de Filipinas y no intervenir en México, y así con cada país. Los colegas de Clemenceau no tardaron en manifestar que en absoluto había sido esa su intención al formular su propuesta, a lo que el francés, con realista franqueza, les contestó que lo que en realidad querían era la guerra, y no la paz. No otra es la postura de quienes abogan incesantemente por la justicia, cuando en realidad lo que buscan y de antemano han decidido conseguir es otra cosa.
Impaciencia.

Por otro lado,el orgullo del hombre moderno se pone de manifiesto en su impaciencia, que no es sino indisposición para soportar los rigores de la disciplina, dice Weaver. El mundo físico es un intrincado conjunto de imposiciones, y cuando éstas impiden la libre manifestación de su voluntad, el hombre moderno se rebela y afirma enfático que nada habrá de trabar sus deseos. Esta actitud deviene en mera deificación de su propia voluntad. No es que el hombre haya decidido hacerse a sí mismo a imagen y semejanza de Dios, sino que tiene la intención de ocupar el lugar de Dios siendo exactamente tal cual es.

¿Qué quieren hoy, seguir viviendo o destruir el mundo? 

el orgullo del hombre moderno se pone de manifiesto en su impaciencia

Hay amargura en la idea de que el infierno no existe

sábado, 23 de julio de 2016

La paciencia es una huella de Dios.

San Agustín.
Cuantas veces nos sublevamos pensando que Dios actúa con lentitud contra los actores del mal. Sin embargo Dios actúa siempre con paciencia. Según San Agustín la paciencia es un don tan grande de Dios, que debe ser proclamada como una huella de Dios que reside en el hombre.


Benedicto XVI enseñaba que  la paciencia es el distintivo de
La paciencia de Dios.
Dios. Cuantas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte. Que actuara duramente, derrotara el mal y creara un mundo mejor. Todas las ideologías del poder se justifican así, justifican la destrucción de lo que se opondría al progreso y la liberación de la humanidad. Nosotros sufrimos por la paciencia de Dios. Y no obstante todos necesitamos su paciencia.El Dios que se ha hecho cordero, nos dice que el mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores.. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.

la paciencia es el distintivo de Dios.