martes, 27 de enero de 2026

El opio del pueblo

Muchos de aquellos que jamás han leído una palabra escrita por Marx citan su aforismo de que la religión es el opio del pueblo. Es una de sus metáforas más potentes, inspirada, se puede suponer, en la guerra del opio entre británicos y chinos, librada entre 1839 y 1842. Pero ¿acaso entienden estas palabras quienes las repiten como loros? Gracias a sus autoproclamados intérpretes en la Unión Soviética, que se apropiaron de la frase para justificar la persecución de los creyentes, se suele considerar que significa que la religión es una droga administrada por unos malvados dirigentes para mantener a las masas en un estado de narcotizada quiescencia. La intención de Marx era mucho más sutil y comprensiva. Si bien insistía en que “la crítica de la religión es la condición primera de cualquier crítica”, comprendía el impulso hacia la espiritualidad. Es comprensible que los pobres desgraciados que no esperan dicha alguna en este mundo decidan consolarse con la promesa de una vida mejor en el próximo; si el Estado no oye sus gritos y súplicas, ¿por qué no apelar a otra autoridad aún más poderosa, que había prometido que ninguna oración quedaría desatendida? La religión era una justificación de la opresión, pero también un refugio contra ella. “La miseria religiosa es, por un lado, la expresión de la miseria real, y por otro, la protesta contra la miseria real. La religión es el suspiro de las criaturas agobiadas, el estado de ánimo de un mundo sin corazón, porque es el espíritu de los estados de cosas carentes de espíritu”.

Referencia: Karl Marx (Francis Wheen)

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