Unos seiscientos años después de que el Cristianismo naciera en Oriente y se extendiera hacia el oeste, otra gran fe surgió casi en las mismas tierras, y lo siguió como una sombra gigantesca. Como toda sombra, era al mismo tiempo una copia y un contrario. La llamamos Islam, o credo de los musulmanes…..Su mayor motivación era el odio hacia los ídolos y, desde su punto de vista, la Encarnación era una forma de idolatría. Las dos cosas que más perseguía eran la idea de que Dios pudiera hacerse carne y que Él pudiera ser representado en madera o piedra.
Y si alguien piensa que semejante disquisición sobre sus orígenes orientales poco tiene que ver con la historia de Inglaterra, la respuesta es que este libro, ¡ay!, podrá contener muchas digresiones, pero esta no es una de ellas. En particular es necesario tener muy presente que este dios semita rondó al cristianismo como un fantasma en todos los rincones de Europa, pero sobre todo en nuestro rincón. Y si alguien lo duda, que se dé un paseo por las iglesias parroquiales de Inglaterra en un radio de treinta kilómetros a la redonda y pregunte por qué esta virgen de piedra no tiene cabeza o aquella vidriera ha desaparecido. Pronto descubrirá que no hace mucho que regresó el éxtasis del desierto, incluso a las propias casas y caminos, y la furia de los iconoclastas volvió a recorrer esta helada isla del norte.
Roma ya no se adoraba a sí misma como en la época pagana. La propia Roma miraba al este, hacia la misteriosa cuna de su credo, hacia un lugar donde la tierra misma se consideraba santa. Y al volverse hacia allí se encontró con el rostro de Mahoma. Vio que sobre el lugar que consideraba su paraíso terrenal había un gigante devorador surgido del desierto para quien todos los lugares eran iguales.
Y si alguien piensa que semejante disquisición sobre sus orígenes orientales poco tiene que ver con la historia de Inglaterra, la respuesta es que este libro, ¡ay!, podrá contener muchas digresiones, pero esta no es una de ellas. En particular es necesario tener muy presente que este dios semita rondó al cristianismo como un fantasma en todos los rincones de Europa, pero sobre todo en nuestro rincón. Y si alguien lo duda, que se dé un paseo por las iglesias parroquiales de Inglaterra en un radio de treinta kilómetros a la redonda y pregunte por qué esta virgen de piedra no tiene cabeza o aquella vidriera ha desaparecido. Pronto descubrirá que no hace mucho que regresó el éxtasis del desierto, incluso a las propias casas y caminos, y la furia de los iconoclastas volvió a recorrer esta helada isla del norte.
Roma ya no se adoraba a sí misma como en la época pagana. La propia Roma miraba al este, hacia la misteriosa cuna de su credo, hacia un lugar donde la tierra misma se consideraba santa. Y al volverse hacia allí se encontró con el rostro de Mahoma. Vio que sobre el lugar que consideraba su paraíso terrenal había un gigante devorador surgido del desierto para quien todos los lugares eran iguales.

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