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domingo, 2 de agosto de 2026

En la sociedad posmoderna, la verdad es la única opción vetada

En una sociedad del relativismo absoluto, tendría que tener cabida el que acepta que existe la verdad, el que busca la verdad. Sin embargo, en la sociedad posmoderna, esa es la única opción vetada. Se piensa que el que confía en la verdad es potencialmente un violento, ya que el que está convencido de la verdad tenderá a imponerla, incluso por la fuerza. Además, aunque no fuera un violento, quien acepta la nítida diferencia entre verdad y mentira, el bien y el mal, juzga, y eso no se soporta.
Nietsche profetiza en La Gaya Ciencia (1882):
¿No habéis oído hablar de aquel loco que, en una mañana luminosa, encendió la linterna, corrió al mercado y gritaba incesantemente: ─Yo busco a Dios, busco a Dios? Como allí había muchos que no creían en Dios, suscitó una gran carcajada. ─¿Es que Dios se ha perdido?, decía uno. ─¿Se ha escapado, como un niño?, decía otro ─¿O es que se ha escondido? ¿Nos tiene miedo? ¿Se ha embarcado? ¿Ha emigrado?, se gritaban divertidos unos a otros.
El hombre loco irrumpió entre ellos, y los traspasó con la mirada: ─¿Dónde ha ido Dios?, gritó, os lo diré yo: ¡Lo hemos matado!, vosotros y yo ¡’Todos nosotros  somos sus asesinos! Pero ¿cómo hemos hecho eso? ¿Cómo hemos podido trasegarnos el mar? ¿Quién nos ha dado una esponja para borrar el horizonte entero? ¿Qué hemos hecho, al desligar la tierra de su sol? ¿Hacia dónde se mueve la tierra ahora? ¿En qué dirección nos movemos  nosotros? ¿Lejos de todo sol? ¿No nos precipitamos continuamente? ¿Hacia atrás, a los lados, adelante, por todas partes? ¿Es que hay aún un arriba y un abajo? ¿No vamos errantes por una nada infinita? ¿No alienta sobre nosotros el espacio vacío para aspirarnos? ¿No hace ahora más frío? ¿No anochece continuamente y cada vez es más de noche? ¿No hay ya que encender las linternas por la mañana? ¿No nos llega nada del hedor de la putrefacción divina? ¡También los dioses se corrompen! ¡Dios ha muerto! ¡Dios está muerto! ¡Y lo hemos matado nosotros! ¿Cómo nos consolaremos nosotros los más asesinos entre todos los asesinos? La cosa más santa y más poderosa que hasta ahora había tenido el mundo se ha desangrado, degollada por nuestros cuchillos ¿Con qué nos lavaremos para purificarnos de esta sangre? ¿Con qué agua podremos purificarnos? ¿Qué ritos de expiación, qué fiestas sagradas deberemos inventar? ¿No es demasiado grande para nosotros la grandeza de este acto? ¿No habremos de convertirnos nosotros mismos en dioses, sólo para mostrarnos dignos de ellos? No se realizó jamás una acción mayor; y todo el que nazca después de nosotros pertenecerá ya, gracias a esta acción, a una historia superior a todas las que han existido hasta ahora.
Al llegar a este punto, el hombre loco calló, y de nuevo miró a la cara a sus oyentes. También ellos callaban y lo miraban sorprendidos. Al fin estrelló en el suelo la linterna, que se hizo añicos, apagándose.
Y concluye:
─Yo llego demasiado pronto, dijo entonces, éste no es aún mi tiempo. Este acontecimiento monstruoso está aún en camino y en marcha, aún no ha llegado a los oídos de los hombres. También el relámpago y el trueno necesitan tiempo, la luz de las estrellas tiene necesidad de tiempo, las acciones precisan tiempo, aun después de haber sido hechas, para ser vistas y oídas. Esta acción está para los hombres todavía más lejos que las estrellas más lejanas, ¡y, sin embargo, han sido ellos mismos los que la han llevado a cabo! 
¿Quién nos dice para qué estamos aquí?, nos encogemos de hombros y, si no reconocemos un remitente, tampoco tenemos un objetivo. ¿Cuál será el objetivo? Aquello que me apetece, aquello que viene bien a mi instinto, que sé yo, puede ser una cosa y la contraria. Se ha caído en un absoluto relativismo, aunque con una consecuencia que podríamos llamar paradójica. Si todo es relativo, nadie tiene derecho a oponerse al otro en nada. Vivimos en una pista de coches de choque de una feria en la que cada uno puede hacer lo que quiera con tal de no chocar con el de al lado.
El agnóstico Yuval Noah Harari manifiesta al final de Sapiens el desasosiego que produce el término a que conduce la historia del ser humano sin Dios:
Nosotros, animales sin importancia, hemos avanzado desde las canoas a los galeones, a los buques de vapor y a las lanzaderas espaciales, pero nadie sabe adónde vamos. Somos más poderosos de lo que nunca fuimos, pero tenemos muy poca idea de qué hacer con todo ese poder. Peor todavía, los humanos parecemos ser más irresponsables que nunca. Somos dioses hechos a sí mismo, con solo las leyes de la física para acompañarnos, no hemos de dar explicaciones a nadie. En consecuencia, causamos estragos a nuestros socios animales y al ecosistema que nos rodea, buscando poco más que nuestra propia comodidad y diversión, pero sin encontrar nunca satisfacción. ¿Hay algo más peligroso que unos dioses insatisfechos e irresponsables que no saben lo que quieren? 
Joseph Ratzinger se pregunta por el fundamento de la evangelización en el actual ambiente poscristiano “donde ya no brilla en el hombre el esplendor de ser imagen de Dios, que es lo que le confiere su dignidad y su inviolabilidad, sino sólo el poder de las capacidades humanas. ¿Pero de qué hombre? Hay que añadir los enormes problemas planetarios; la desigualdad en el reparto de los bienes de la tierra, la creciente pobreza, más aún, el empobrecimiento y explotación de la tierra y de sus recursos naturales, el hambre las enfermedades que amenazan el mundo entero, el choque de culturas. El hombre ya no es otra cosa que imagen del hombre”. 
Referencia: Miguel Ángel Garrido Gallardo en Nueva Revista.

lunes, 26 de enero de 2026

Credo de los musulmanes


Escribe G. K. Chesterton en Breve historia de Inglaterra:
Unos seiscientos años después de que el Cristianismo naciera en Oriente y se extendiera hacia el oeste, otra gran fe surgió casi en las mismas tierras, y lo siguió como una sombra gigantesca. Como toda sombra, era al mismo tiempo una copia y un contrario. La llamamos Islam, o credo de los musulmanes…..Su mayor motivación era el odio hacia los ídolos y, desde su punto de vista, la Encarnación era una forma de idolatría. Las dos cosas que más perseguía eran la idea de que Dios pudiera hacerse carne y que Él pudiera ser representado en madera o piedra.
Y si alguien piensa que semejante disquisición sobre sus orígenes orientales poco tiene que ver con la historia de Inglaterra, la respuesta es que este libro, ¡ay!, podrá contener muchas digresiones, pero esta no es una de ellas. En particular es necesario tener muy presente que este dios semita rondó al cristianismo como un fantasma en todos los rincones de Europa, pero sobre todo en nuestro rincón. Y si alguien lo duda, que se dé un paseo por las iglesias parroquiales de Inglaterra en un radio de treinta kilómetros a la redonda y pregunte por qué esta virgen de piedra no tiene cabeza o aquella vidriera ha desaparecido. Pronto descubrirá que no hace mucho que regresó el éxtasis del desierto, incluso a las propias casas y caminos, y la furia de los iconoclastas volvió a recorrer esta helada isla del norte. 
Roma ya no se adoraba a sí misma como en la época pagana. La propia Roma miraba al este, hacia la misteriosa cuna de su credo, hacia un lugar donde la tierra misma se consideraba santa. Y al volverse hacia allí se encontró con el rostro de Mahoma. Vio que sobre el lugar que consideraba su paraíso terrenal había un gigante devorador surgido del desierto para quien todos los lugares eran iguales.

miércoles, 26 de junio de 2024

El factor que unía a Diana de Gales con la Madre Teresa de Calcuta

La madrugada del 31 de agosto de 1997 cuando a Paul Burrel, mayordomo de la princesa de Gales, le anunciaron la trágica muerte de Lady Di, se le pidió que recogiese los objetos más queridos por la princesa y que estos fuesen trasladados al Hospital Pitié-Salpêtrière de París. Acudió a los apartamentos de Diana. Tomó una foto de William y Harry, hijos de la princesa. Colocado sobre una pequeña estatua de la Virgen María se encontraba un rosario que le había regalado la Madre Teresa. El mayordomo lo guardó en su bolsillo y fue Colin Tebbutt, chófer de la princesa, quien entregó el rosario a la enfermera. Esta lo colocó entre las manos de Diana. Tanto el rosario de la Madre Teresa como la foto de sus hijos la acompañan en su ataúd.
“Ayudar a los más necesitados es una parte esencial de mi vida, una especie de destino” dejó dicho Diana de Gales. Era justo este factor lo que la unía estrechamente a la Madre Teresa de Calcuta. Su primer encuentro tuvo lugar en febrero del año 1992, en el convento romano Via Casilina. A la salida de aquel encuentro la Madre Teresa incidió en que no se encontró con Lady Diana, “sino con la infeliz Diana”. Dos meses antes de la muerte de ambas, Diana y la Madre Teresa tuvieron otro encuentro en el barrio del Bronx, en Nueva York, donde se encontraban de misiones. La reunión de aquel junio de 1997 se hizo de manera privada. En esta época Diana ya había finalizado formalmente su matrimonio con el príncipe Carlos. Asistió a la reunión vestida completamente de blanco, haciendo alusión al vestuario que portan las Misioneras de la Caridad. Las dos mujeres más influyentes del mundo estuvieron unidas por ayudar a los más pobres entre los pobres, librarse de prejuicios y servir a los demás, sin importar la condición del otro. Sus muertes, tan cercanas en el tiempo, unieron también al final de la vida a dos grandes figuras del siglo XX. Ambos funerales movilizaron masas, quedando así certificado el carisma que desprendían la santa y la princesa.


jueves, 30 de enero de 2020

No basta que el pintor sea un hábil maestro

Michelangelo Buonarrot (Caprese, 6 de marzo de 1475 - Roma, 18 de febrero de 1564), conocido en español como Miguel Ángel cuenta en una carta que “la buena pintura se acerca a Dios, se une con Él… No es sino copia de sus perfecciones, sombra de su pincel, su música, su melodía… Por lo que no basta que el pintor sea un grande, un hábil maestro. Más bien pienso que su vida debe ser tan pura y santa como sea posible, para que el Espíritu Santo gobierne sus pensamientos”.