viernes, 2 de enero de 2026

La Celestina

Con el personaje de la Celestina irrumpe en la obra de Fernando de Rojas el elemento de subversión definitivo contra las categorías que compartimentan el mundo social en espacios clausurados. Su aliento corruptor alcanza hasta los últimos recovecos de su entorno. Nadie escapa a su hechizo. Como el erizo de Arquíloco, Celestina sabe ante todo una cosa, pero la sabe muy bien y es que todos estamos siempre a una distancia mínima de corrompernos. Basta que alguien que conozca nuestras debilidades nos susurre al oído las palabras adecuadas para que, sin detenernos a pensar en las consecuencias ulteriores, nos precipitemos en la tentación.
Para Celestina, la naturaleza humana no esconde secretos. Dicha naturaleza se halla, en el momento que a Rojas le toca vivir, en el trance de una crisis profunda. No aparece por ninguna parte el optimismo que los humanistas del Renacimiento italiano habían empezado a difundir por Europa. La alcahueta, docta en gramática parda, manipula a su antojo la psicología de unos seres cuyos deseos y flaquezas demuestra conocer mejor que ellos mismos. El lenguaje es la única herramienta de que dispone, pero le basta. Su astucia diabólica la vierte en el manejo de unas palabras que se infiltran en la psique de cada personaje hasta tocar las zonas más recónditas de su ser……Celestina está orgullosa de lo que es porque tiene conciencia de vivir en una sociedad donde los principios de nobleza y virtud han sido desmantelados. Nadie, por tanto, está en situación de juzgarla. Conoce la podredumbre que anida bajo la capa de respetabilidad de una emergente clase burguesa cuya supremacía se basa exclusivamente en el dinero. 
Queda así retratado un tiempo que, en esencia, es el nuestro. Un tiempo definido, en sus contornos más sombríos, por una concepción materialista de la existencia e impregnado por un venenoso aire de nihilismo. Lujuria, envidia, codicia, afán de dominio y violencia son ahora los ejes sobre los que gira un mundo que ha extraviado su centro. Fuera de ese centro (como al final de la obra razona el padre de Melibea ante el cadáver reciente de su hija) sólo hay lugar para el caos. Nuestro caos. Fernando de Rojas fue el genio llamado a describirlo, escribe Carlos Marín-Blázquez.

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