Escribe el historiador Fernando García de Cortázar que “hay fechas en que los hechos se precipitan. El 1492 es uno de los años más inolvidables, porque un conjunto de sucesos comenzaron a transformar el mundo conocido en un universo sin límites. Surge una nueva realidad impensable hasta entonces, constriña a través de los relatos de playas desconocidas, pueblos extraños y tierras vírgenes de egoísmo. Un continente ignorado emergía desde el confín de los océanos, y la vieja Europa, con España a la cabeza, no estaba dispuesta a quedarse en casa renunciando a la eutopía.
“Tras los Reyes Católicos, la convivencia y los intereses compartidos reforzarían los vínculos de castellanos y aragoneses, que gozan del viento a favor del renacer económico traído por la paz. La España nacida entonces es todavía un puro proyecto y como tal no puede evitar las constantes recaídas ocasionadas por la desigualdad de los estados, con sus élites a la defensiva. Frente a la dividida y exhausta Confederación aragonesa, Castilla ofrecía una imagen de unidad, robustecida por su pujanza demográfica y sus buenas expectativas de desarrollo. De ahí que el país alumbrado habría de ser eminentemente castellano y su política se diseñara en la Meseta, aunque sin descuidar algunos objetivos de sus socios peninsulares.”

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