Los dos bandos enfrentados en las Navidades de 1943 venían de culturas radicalmente diferentes. Había importantes diferencias, también, entre los norteamericanos y los británicos. Ambos grupos de soldados aliados, empero, provenían de sociedades esencialmente antimilitaristas. En ambos casos, los soldados habían sido apresuradamente formados y entrenados. Aunque el Ejército británico tenía más experiencia en el combate contra los alemanes (como nunca dejaban de recordar a sus aliados norteamericanos), sólo unos pocos de los que luchaban en Italia habían entrado antes en combate. Ninguno de los dos países disponía un gran ejército regular antes de la guerra, y tanto en Gran Bretaña como en Norteamérica el ejército no gozaba de mucho prestigio en tiempo de paz. Ante todo, la mayoría de soldados británicos y norteamericanos se veían a sí mismos como civiles, y consideraban su condición de uniformados como una desafortunada consecuencia de la época en la que habían nacido. La guerra era un trabajo desagradable que había que quitarse de encima tan rápido como fuera posible para poder regresar a la vida normal. A finales de 1943, sólo el 2 por ciento de los comandantes de compañía en unidades de infantería norteamericana eran soldados regulares antes de la guerra. La expresión “era sencillamente un trabajo que teníamos que hacer” aparece en incontables entrevistas, cartas y memorias de veteranos británicos y norteamericanos que, incluso mientras estaban sirviendo, consideraban al ejército un cuerpo raro y ajeno, con reglas ridículas y costumbres desagradables, escribe el historiador Matthew Parker.

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