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viernes, 26 de julio de 2024

La desregulación fue útil en muchos sectores de la economía real, pero resultó desastrosa en el sector financiero

Francis Fukuyama sostiene que “los mercados funcionan sólo cuando están regulados de forma estricta por Estados con sistemas legales que funcionan y tienen capacidad de imponer normas relativas a la transparencia, los contratos, la propiedad, etcétera”. Y que, “a pesar de promover dos décadas de rápido crecimiento económico, el neoliberalismo logró desestabilizar la economía mundial y socavar su propio éxito. La desregulación fue útil en muchos sectores de la economía real, pero resultó desastrosa cuando se aplicó en el sector financiero en las décadas de 1980 y 1990”. “Las instituciones financieras se comportan de manera muy diferente a como lo hacen las empresas en la economía real. A diferencia de una compañía fabricante, un gran banco de inversiones es sistemáticamente peligroso”, añade, recordando el desplome de Lehman Brothers en 2008. “Si alguna vez hubo un argumento a favor de la necesidad de una gran institución estatal centralizada, fue en esa ocasión”.
“Cuando se fomentó que la liquidez circulase sin obstáculos a través de las fronteras internacionales bajo la influencia de las ideas neoliberales, se produjeron crisis financieras con una regularidad alarmante”. Es decir, la doctrina básica es correcta; el auge de algunos países (fundamentalmente asiáticos) a finales del siglo XX, o la disminución de la pobreza mundial, no habrían sido posibles sin la expansión del comercio, pero las llamadas consecuencias distributivas hicieron que quedara gente fuera de ese progreso, gente, dice Fukuyama, a la que no le consuela que los ingresos de los propietarios de las empresas que les acaban de despedir vean cómo suben sus acciones y aumentan sus bonificaciones.
“El liberalismo bien entendido es compatible con una amplia gama de protecciones sociales proporcionadas por el Estado”. En otras palabras, la responsabilidad individual que el liberalismo pide a los individuos no es incompatible con la intervención del Estado cuando aquellos se vean sometidos a circunstancias adversas fuera de su control. “Los países escandinavos, con sus amplios estados de bienestar, siguen siendo sociedades liberales… Gran parte de la hostilidad liberal al Estado es simplemente irracional. Los Estados son necesarios para proporcionar bienes públicos que los mercados no proporcionarían por sí mismos”. O políticas sociales para mitigar los efectos nocivos del libre mercado, políticas sociales que, por cierto, también critican los neoliberales, apunta Fukuyama. En todo caso, la acusación de que el liberalismo conduce inevitablemente al neoliberalismo ignora gran parte de la historia reciente.

jueves, 23 de febrero de 2023

El Estado, un parásito que exige más y más y da cada vez menos a cambio

Si el poder está administrado por los mercados, por los grupos financieros, por fuerzas supranacionales que se sustraen a todo control democrático, entonces la política es un as unto tenso y controvertido. Adopta múltiples rostros, está la política de la Unión Europea, condicionada por los Estados más fuertes y por los mercados (capaces de impulsar "su" política mediante lobbies); está la política de los Estados-Nación, desprovista de poder, pero perfectamente autorreferencial y autoperpetuadora; está también una política local que tiene un poder limitado y reducido para gestionar la situación existente, sin oportunidad alguna de intervenir en la impenetrabilidad de la “gobernanza”. Todo ello sin olvidar una extensa gama de casos de políticas sin poder y de poder sin políticas, aplicados en organizaciones, instituciones y servicios dotados de una autonomía en mutuo conflicto. No se trata de una adaptación a unas condiciones de crisis ni de una elección ideológica, sino de un cambio en la naturaleza misma de la política, afirma Zygmunt Bauman.

Estado parásito

Wendy Brown sostiene que el neoliberalismo, en contraste con el liberalismo clásico, tiende a empoderar a los ciudadanos convirtiéndolos en emprendedores de sí mismos y, por consiguiente, facilita el afianzamiento de una inaudita ética del “cálculo económico” en el terreno de las actividades de interés y beneficio públicos que el Estado solía garantizar hasta hace poco.La práctica del neoliberalismo, pues, somete las funciones sociales del Estado al cálculo económico; una práctica inusual, que ha introducido en los servicios públicos los criterios de la viabilidad, como si fueran empresas privadas. Esos criterios regulan ahora los ámbitos de la educación, la sanidad, la protección social, el empleo, la investigación científica, el servicio público y la seguridad, conforme a un perfil económico. El neoliberalismo, por lo tanto, elimina la responsabilidad del Estado, le hace renunciar a sus prerrogativas tradicionales e impulsa la paulatina privatización de estas. La pérdida de poder desemboca en un socavamiento de la potencia de la política económica, lo que se refleja a su vez en los servicios sociales. La crisis del Estado se debe a la presencia de esos dos elementos: la incapacidad para tomar decisiones concretas en el plano económico y la consiguiente incapacidad para procurar servicios sociales adecuados. El resultado de lo anterior es el ajuste fiscal, pues se recurre a la “desregulación” y a la “devolución” de prerrogativas institucionales que se delegan cada vez más en los propios individuos; todo ello con el propósito de asegurar la existencia y el mantenimiento del aparato estatal y sus privilegios, que son cada vez menos. Llegado a esta fase, el Estado está en crisis y, lejos de ser un proveedor y un garante del bienestar público, se convierte en “un parásito” de la población, preocupado únicamente por su propia supervivencia. Un parásito que exige más y más y da cada vez menos a cambio.

viernes, 3 de diciembre de 2021

El terrorista islámico y el nacionalista étnico están hermanados

 El académico alemán Alexander Rüstow

Alexander Rüstow, quien acuñó el concepto de neoliberalismo, constató que si la sociedad se encomienda únicamente a la ley mercantil neoliberal se deshumaniza cada vez más y genera convulsiones sociales. Por eso señala que hay que completar el neoliberalismo con una “política vital” que siembre solidaridad y civismo. Sin esta rectificación del neoliberalismo a cargo de la “política vital” surgen unas masas inseguras, que actúan movidas por el miedo y que se dejan captar fácilmente por fuerzas nacionalistas étnicas. El miedo por el futuro propio se trueca aquí en xenofobia. El miedo por sí mismo no solo se manifiesta como xenofobia, sino también como odio a sí mismo. La sociedad del miedo y la sociedad del odio se promueven mutuamente. Las inseguridades sociales, unidas a la desesperación y a un futuro sin perspectivas, constituyen el caldo de cultivo para las fuerzas terroristas. El sistema neoliberal cultiva directamente estos elementos destructivos, que solo a primera vista parecen opuestos a él. En realidad, el terrorista islámico y el nacionalista étnico no son enemigos, están hermanados, pues comparten una genealogía común.



sábado, 28 de abril de 2018

Lo único que importa es que sea bueno para Wall Street.


Cuenta David Harvey que los privilegios derivados de la propiedad y la gestión de las empresas se han fusionado  mediante el pago a los altos directivos con stock options, esto es, con derechos de compra sobre acciones de la compañía. De este modo, el valor de las acciones y no el de la producción, se convierte en la luz trazadora de la actividad económica y, tal y como se hizo visible con la caída de compañías como Enron, las tentaciones especuladoras que resultan de esto pueden convertirse en demoledoras.

El eslogan coreado con frecuencia durante la década de 1960 había sido “lo que es bueno para General Motors es bueno para Estados Unidos”, actualmente se ha transformado en que “lo único que importa es que sea bueno para Wall Street”. Por lo tanto, un notable foco del ascenso del poder de clase bajo el neoliberalismo, debe atribuirse a los altos directivos que son los operadores decisivos en los consejos de administración de las empresas, y a los jefes del aparato financiero, legal y técnico que rodea este santuario de acceso restringido de la actividad capitalista. Sin embargo, el poder de los auténticos dueños del capital, los accionistas, se ha visto en cierto modo menguado, salvo que obtengan un porcentaje de votos suficientemente alto como para influir en la política de la empresa. En más de una ocasión, los accionistas han perdido inmensas sumas de dinero a causa de estafas cometidas por los altos directivos y sus asesores financieros. Las ganancias especulativas también han hecho posible amasar enormes fortunas en periodos muy breves de tiempo (ejemplo de ello son Warren Buffet y George Soros).


lunes, 20 de noviembre de 2017

El muro Estados Unidos-Méjico es el resultado de la tensión entre las necesidades del capital estadounidense y la oposición popular a la migración.



Cuenta la profesora Wendy Brown que a medida que el neoliberalismo rebajaba las protecciones de los productores estadounidenses y favorecía la producción global de bienes y servicios baratos, los empresarios de Estados Unidos (en especial en el ámbito de la agricultura y la construcción) confiaban cada vez más en el trabajo inmigrante sin
documentación. Por ello, el proyecto del muro fronterizo Estados Unidos-Méjico es el resultado de la tensión entre las necesidades del capital estadounidense y la oposición popular a la migración incitada por aquellas necesidades, en especial por su efecto sobre los salarios y el empleo.

Heidegger 
Los muros generan lo que Heidegger denominó una “imagen tranquilizadora del mundo” en una época en la que faltan cada vez más los horizontes, la contención y la seguridad que los humanos han exigido históricamente para su integración social y psíquica y para su pertenencia política. En realidad ninguno funciona en el sentido de que resuelva o bien reduzca sustancialmente los conflictos, las hostilidades o el tráfico a los que oficialmente se destina; cada uno ha sido construido como provisional, pero adopta una forma permanente; y todos ellos son sumamente caros, pero sorprendentemente populares. La proliferación mundial de los muros los legitima cada vez más, incluso en las democracias occidentales, donde cabría esperar que esta legitimación fuera difícil de conseguir.