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miércoles, 20 de noviembre de 2024

El concepto de libertad basado en la liberación de la pobreza

“Con independencia de lo que se consiguiera o se dejara de conseguir con la Revolución francesa (y, desde luego, no consiguió la igualdad de los hombres), liberó a los pobres de la oscuridad, de la invisibilidad. Lo que se ha considerado irrevocable desde entonces es que los que estaban entregados en cuerpo y alma a la libertad podían aceptar una situación en la que estar libre de la necesidad (la libertad para ser libres) era privilegio de una minoría. En lo que se refiere a la relación original entre los revolucionarios y las masas de pobres que acabaron sacando a la luz, permítaseme citar la descripción explicativa que hace lord Acton de la marcha de las mujeres a Versalles, uno de los puntos de inflexión más destacados de la Revolución francesa. Las participantes en la marcha, decía, “desempeñaron el papel legítimo de unas madres cuyos hijos se morían de hambre en unos hogares sórdidos, y de ese modo prestaron a unas motivaciones que ni compartían ni entendían (es decir, la preocupación por el gobierno) una ayuda comparable a la de una punta de diamante a la que nada puede resistirse”. Lo que el pueblo, tal como lo concebían los franceses, aportó a la revolución y lo que estuvo de todo punto ausente en el curso de los acontecimientos que se desarrollaron en Estados Unidos fue el carácter irresistible de un movimiento que ningún poder humano era ya capaz de controlar. Esa experiencia elemental de algo irresistible trajo consigo una imaginería completamente nueva, que hoy seguimos asociando casi de forma automática con nuestras ideas acerca de los acontecimientos revolucionarios. Cuando Saint-Just exclamaba, bajo el efecto de lo que tenía ante sí, “les malheureux sont la puissance de la terre”, se refería al gran torrente revolucionario cuyas olas tempestuosas empujaban y arrastraban a sus actores, hasta que la vorágine se los tragaba y los hacía desaparecer de la superficie para perecer junto con sus enemigos, los agentes de la contrarrevolución. O a la tempestad y la poderosa corriente de Robespierre que, alimentada por los crímenes de la tiranía por un lado y por el progreso de la liberación por otro, fue incrementando constantemente en rapidez y violencia. O a lo que algunos espectadores relataban: “Un majestuoso río de lava que no respeta nada y que nadie puede detener”, un espectáculo que había caído bajo el signo de Saturno, “la revolución devorando a sus hijos” (Vaugirard). Las palabras que cito aquí fueron pronunciadas todas por hombres profundamente comprometidos con la Revolución francesa y dan testimonio de acontecimientos de los que fueron testigos presenciales, no de cosas que hicieran ellos mismos o que se propusieran hacer intencionadamente. Eso fue lo que ocurrió, y esos sucesos dieron a los hombres una lección que ni en sus esperanzas ni en sus temores se ha olvidado nunca. Tal lección, tan sencilla como nueva e inesperada, es, como decía Saint-Just, la siguiente: “Si deseáis fundar una república, debéis encargaros primero de sacar al pueblo de un estado de miseria que lo corrompe. No se tienen virtudes políticas sin orgullo. No se tiene orgullo en la indigencia”. Este nuevo concepto de libertad basado en la liberación de la pobreza cambió el rumbo y el objetivo de la revolución. La libertad había pasado a significar ante todo “vestido, comida y reproducción de la especie”,” escribe la filósofa e historiadora Hannah Arendt.

lunes, 12 de diciembre de 2022

La Guerra Civil española fue un combate entre la revolución y la contrarrevolución

La Guerra Civil española de 1936-1939 se ha descrito de muy diversas maneras, en su mayoría relacionadas con afinidades ideológicas o luchas de poder internacionales. En pocas ocasiones se ha analizado partiendo de su definición más precisa, la de un combate entre la revolución y la contrarrevolución que, pese a ser un fenómeno relativamente típico en la Europa de la primera mitad del siglo XX, no deja de ser singular por su ubicación geográfica, su momento y ciertos rasgos característicos. Los Gobiernos de Gran Bretaña y Francia no fueron demasiado reacios a reconocer esta realidad; de ahí su renuencia a intervenir en términos militares, mientras que el régimen que más empeño puso en considerarla en esos términos, sin hablar de sus operaciones propagandísticas para tratar de despistar a los occidentales, fue la Unión Soviética, que durante el conflicto y los siguientes cincuenta años siempre se refirió a la “guerra nacional-revolucionaria española”, poniendo el énfasis en la lucha revolucionaria, al contrario de los comentaristas occidentales. La Guerra Civil española también fue singular en su condición de guerra de religión, por el carácter masivo del anticlericalismo de los revolucionarios y por la reacción virulenta que desató. En cierto sentido, este fue un componente tan importante como la movilización militar. En todas las guerras civiles revolucionarias de la primera mitad del siglo XX hubo factores religiosos, pero nunca de forma tan determinante como en España, escribe el historiador Stanley G. Payne.

Añede Payne que el ejemplo soviético fue fundamental para la radicalización del socialismo español, mientras la derecha española se inspiró menos en el fascismo que en los regímenes autoritarios y católicos de Austria y Portugal. De igual modo, los dos bandos reaccionaron ante las iniciativas del contrario con una alarma acentuada por los acontecimientos que estaban teniendo lugar en el extranjero.

viernes, 27 de abril de 2018

No fue una sorpresa que venciera la contrarrevolución.

Azaña y Negrín 
Ningún aspecto de la conducta de Franco en la guerra fue tan crucial para su victoria como la unidad de mando que él mismo ejerció; el régimen del Frente Popular en ningún momento contó con nada parecido y en un grado semejante, ni siquiera durante el Gobierno de Negrín. Incluso en opinión del propio Negrín, la gran debilidad del Frente Popular no fue tanto su incapacidad militar como la ausencia de unidad, el desánimo y los errores de los dirigentes políticos, tal y como dejó claro en sus comentarios sobre sus conversaciones con George Orwell tras la guerra. “También Orwell inquiría por las causas de nuestra derrota, que yo sostuve y sostengo más se debió a nuestra inconmensurable incompetencia, a nuestra falta de moral, a las intrigas, celos y divisiones que corrompían la retaguardia, y por último a nuestra inmensa cobardía que a
George Orwell 
la carencia de armas. Cuando digo nuestra, naturalmente, no me refiero a los héroes que lucharon hasta la muerte o sobrevivieron a toda suerte de pruebas, ni a la pobre población civil, siempre hambrienta y al borde de la inanición. Me refiero a nosotros, a los dirigentes irresponsables, quienes, incapaces de prevenir una guerra, que no era inevitable, nos rendimos vergonzosamente, cuando aún era posible luchar y vencer. Y conste que no distingo cuando digo nosotros. Como en el pecado original, hay una solidaridad en la responsabilidad, y el único bautismo que puede lavarnos es el reconocimiento de nuestras faltas y errores comunes (carta de Negrín a Herbert L. Matthews).

La desunión y la consabida ineptitud de los dirigentes fueron las principales debilidades de la izquierda, tal y como acabó reconociendo el propio Juan Negrín. Este fue el factor más importante en la derrota de la izquierda.

El cadáver de una monja, sacado por milicianos republicanos de su nicho en un convento de Barcelona.

Dice Stanley Payne que la Guerra Civil española fue también única en su aspecto de guerra de religión, debido al estallido de un violento anticlericalismo y a la vehemente respuesta que este que generó. En cierto sentido se puede afirmar que esto fue casi tan importante como la movilización militar. Por otro lado, no fue una sorpresa que venciera la contrarrevolución, porque eso era lo que había ocurrido, en general, en todos los países europeos. La contrarrevolución había triunfado en Finlandia, en los estados bálticos, en Alemania, en Italia y en Hungría, y más adelante triunfaría también en Grecia. Las excepciones fueron Rusia y, más tarde, Yugoslavia.

Polykarpov
Cuando se cumplía ya la última fase de la guerra, los mejores tanques de Franco eran los cerca de 80 vehículos soviéticos que habían capturado a los republicanos y que entraron a formar parte de dos unidades de tanques del Ejército Nacional. Este es solo uno de los muchos ejemplos, dice Payne, en los que se observa cómo los nacionales utilizaron en gran medida el armamento que arrebataban a los republicanos, lo que constituyó un aspecto importante para la superioridad armamentística de los rebeldes a lo largo de 1938. Los cazas Polykarpov, fabricados en la zona republicana, de los que se apoderó Franco al final de la guerra estarían volando con la fuerza aérea española durante casi quince años