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sábado, 27 de mayo de 2023

El filósofo ejerce una influencia perturbadora en sociedades poco afectas a la justicia

Filósofo meditando de Rembrandt

                                        

Los metafísicos de la publicidad también han hecho suya la idea de que el fin último de la existencia es vivir feliz y cómodamente. Con ello se quiere significar el estado de autocomplacencia en el que quedamos tras haber satisfecho nuestros apetitos corporales. La publicidad acoge con regocijo esta idea, que la socialdemocracia aplaude y cuya aceptación es tan general que hoy se ha vuelto casi del todo imposible, salvo desde el púlpito de la religión, enseñar que la vida significa disciplina y sacrificio. En el mundo que nos pintan las agencias de prensa, esa idea está representada por el puesto de trabajo, la vida doméstica, algún interés en actividades inocuas como el béisbol o la pesca y el rechazo tajante de las abstracciones. En otras palabras, es la versión filistea del hombre en busca de la felicidad. Incluso la doctrina de la bendición por el trabajo, elaborada por Carlyle, tiene acentos demasiado enérgicos para el gusto del hombre de hoy. Y puesto que el periodista-filósofo valora los variopintos objetos y acontecimientos que pueblan el mundo por el atractivo que puedan ejercer sobre el mayor número de individuos, no es razonable suponer que vayan a ensalzar la vía dolorosa de la espiritualización. Nunca estará de más, respecto de esta categoría profesional, recordar una y otra vez que los operadores de la gran linterna mágica tienen especial interés en mantener a la gente lo más alejada posible de las realidades más profundas. El filósofo, cosa harto notoria, es un pésimo consumidor, pero además ejerce una influencia perturbadora en sociedades poco afectas a la justicia. Que existan otras realidades más allá de las que constata en su rutina cotidiana es algo que el hombre de a pie ocasionalmente llega a sospechar, pero revelárselas en un apocalíptico arrebato de sinceridad podría hacer vacilar los cimientos de la civilización materialista, escribe Richard Weaver.

lunes, 8 de agosto de 2016

Cuando a lo que se aspira es a la consolidación de una civilización materialista que nos libre de toda amenaza.

Amante de la comodidad y temerosa del riesgo.
La frívola clase media, que no ha dejado de aumentar de tamaño desde que se produjo la nueva orientación del hombre occidental, es amante de la comodidad y temerosa del riesgo, amedrentada, de hecho, por los cambios, a lo que aspira es a la consolidación de una civilización materialista que la libre de toda amenaza. La clase media posee convenciones, mas no ideales, va siempre con la cara lavada, pero rara vez limpia, dice Richard Weaver. 


Las dificultades a las que Europa se enfrenta actualmente
Francis Bacon,
son consecuencia directa del predominio de la burguesía y su corrupta visión del mundo. Así, asistimos a la degradación última de la filosofía de Bacon, que se produce cuando el conocimiento deviene en poder al servicio de los apetitos. El Estado deja de ser la plasmación de las aptitudes propias de los hombres para convertirse en una gigantesca burocracia destinada a promover las actividades económicas. No ha de sorprender que los valores tradicionales, por más que ensalzados en ocasiones conmemorativas, se vean obligados, para sobrevivir, a esquivar obstáculos y buscar rincones donde refugiarse.