miércoles, 23 de septiembre de 2026

Aquel que ante el golpe del infortunio se aturde o trata de distraerse, no aprende nada

Viktor Frankl (fue un neurólogo y psiquiatra austríaco) escribe que “el hombre que trata de aturdirse o distraerse, cuando sufre alguna desgracia, no soluciona ninguna cuestión, no borra sus desgracias, lo que borra es, simplemente, una de las consecuencias de la desgracia, el estado afectivo que produce en quien la padece. Aquel que ante el golpe del infortunio se aturde o trata de distraerse, “no aprende nada”. Trata de huir de la realidad. Va a refugiarse, tal vez, en la embriaguez. Comete, con ello, un error subjetivista y hasta psicologista, al creer que, con el acto emotivo al que se silenció, por así decirlo, por medio del aturdimiento, borra también del mundo el objeto mismo de la emoción, como si lo que se arrincona en la ignorancia desapareciese, por ello, de la realidad.”
“El aturdimiento, dice Frankl, lleva al hombre solamente a ignorar su desventura, a una “dicha” en el sentido negativo schopenhaueriano, a un estado de nirvana. El aturdimiento es una especie de narcótico espiritual. Y, del mismo modo que la anestesia quirúrgica puede conducir a una muerte narcótica, la anestesia espiritual puede acarrear la muerte espiritual. A fuerza de reprimir constantemente las reacciones emotivas, tan plenas de sentido propio, para evitar la sensación de dolor o de pena que llevan aparejadas, acaba embotándose en el hombre la vida afectiva.”

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