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miércoles, 15 de enero de 2020

Mitomanía



La mitomanía es un trastorno psicológico que consiste en mentir de manera compulsiva y patológica. El mitómano falsea la realidad para hacerla más soportable e incluso puede tener una imagen distorsionada de sí mismo, generalmente con delirio de grandeza. Una investigación de la University College de Londres dio a conocer que cuando mentimos por primera vez se produce una gran activación de la amígdala y esto nos hace sentir mal. Pero cuando seguimos mintiendo entonces se borra y puede convertirse en algo positivo en el cerebro de quien lo hace. Como muchas otras enfermedades relacionadas con la psicología y la mente, mentir puede convertirse en toda una adicción. Es entonces cuando influye en la vida de quienes mienten y de quienes les rodea, pudiendo necesitar un tratamiento.

Los mentirosos compulsivos, escribe Marta Burgues, buscan constantemente la aceptación y admiración del resto de personas y con la mentira también están llamando la atención del resto. Las personas que continuamente viven en la mentira suelen tener la autoestima más bien baja. No confían en nadie y todo ello lo suelen hacer porque se sienten inferiores a los demás. Hay un fuerte problema psicológico de base. Además, también son personas narcisistas que solo piensan en ellos mismos. De ahí que no les importe en absoluto mentir y engañar al resto de personas.Tales personas castigan y humillan al resto con sus mentiras. Y no solo ello sino que también alardean, muestran falsa modestia y acaban siendo grotescos. Una de las características de estas personas es que llegan a creerse sus propias mentiras. Viven en un mundo paralelo en el que la fantasía se apodera de su ser.



Quien miente compulsivamente se enfrenta a grandes situaciones de estrés ya que debe sostener toda una urdimbre de irrealidades que terminan condicionando su vida y las relaciones sociales. La mitomanía altera directamente el sistema nervioso central. Para Ana Gardey no se deben menospreciar las potenciales consecuencias de la mitomanía, ya que lejos está de ser una simple tendencia a retocar la realidad con historias ficticias; cuando un mitómano pierde el control, no sólo todas sus relaciones fracasan rotundamente, sino que puede incurrir en actos delictivos sin ser consciente de ello. Un mitómano llega un punto en el que las mentiras cobran más fuerza que la verdad.

martes, 27 de marzo de 2018

El miedo y la culpa.

¿Qué hay detrás de la inmensa popularidad de series televisivas de suspense, como Bones o CSI o incluso la Semana del tiburón del Discovery Channel? La probabilidad de que a un humano se lo coma un tiburón es menor que la de que le caiga un coco de una palmera, pero al analizar cuántas películas y programas televisivos contienen ataques de tiburones, podría pensarse que no es así. Aunque pueda parecer contrario a la intuición, dice Martin Lindstrom, existe un factor biológico real en la atracción por el miedo. Esta sensación aumenta la adrenalina y crea la primitiva e instintiva respuesta de luchar o huir. Esto, a su vez, libera epinefrina, una hormona y neurotransmisor que genera, como confirmarán muchos yonquis de la adrenalina, una sensación plenamente satisfactoria. Allan Kalueff,
Allan Kalueff
neurocientífico de la Universidad de Tampere (Finlandia), manifiesta que existe cierto solapamiento entre las zonas del cerebro implicadas en el procesamiento del miedo y el placer. Kerry Ressler, neurocientífico del Centro de Investigación Nacional Yerkes, añade que la amígdala, nuestro centro del miedo en el cerebro, se activa con el miedo como lo haría en el mundo real, pero dado que el córtex sabe que no estamos en peligro, este efecto es gratificante en lugar de aterrador.

El anuncio “Quiero más tiempo”, disponible en YouTube, está considerado el anuncio más triste de la historia, pero creo que una descripción más adecuada sería el anuncio con más manipulación emocional de la historia, dice Lindstrom. Un hombre de mediana edad que conduce un coche por una autopista habla en off de su hijo adolescente: “Quiero tiempo para entenderlo”, se oye, mientras se ven escenas retrospectivas del padre regañando al joven. “Quiero escuchar sus canciones, sigue la voz en off del padre, y decirle que lo siento y quiero tiempo para hacer lo que nunca he hecho: cuidarle más. Quererle más”. En ese preciso instante, un autobús que parece muy real embiste frontalmente su coche. El padre muere. Aparecen las
Thai Life Insurance
palabras “Thai Life Insurance”. El motivo por el que este tipo de anuncios funciona tan bien es porque afecta a dos sentimientos fundamentales, el miedo y su prima hermana, la culpa. “Para mí, dice Lindstrom, la culpa es como un virus mundial. Y nadie propaga mejor ese virus que los vendedores y los anunciantes”. Como explica un artículo publicado en 2006 en el Journal of Consumer Research, el miedo combinado con un alto grado de culpa, remordimiento, arrepentimiento o incluso un reto, suele transformar las emociones en acciones. Por instinto, esto cobra sentido; después de todo, ¿no es la combinación de miedo y culpa lo que nos lleva a optar por el chicle de nicotina en lugar de los cigarrillos? En pocas palabras, el miedo y la culpa son el golpe de efecto de los vendedores.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Tiempo de reacción.

Cuenta Sebastian Junger que los tiempos de reacción han sido objeto de numerosos estudios en situaciones controladas y se ha demostrado que los hombres poseen un tiempo de reacción más rápido que las mujeres, y que los atletas reaccionan más deprisa que quienes no lo son.

Pruebas realizadas a jugadores de fútbol demuestran que el “punto de no retorno” para el chute de un penalti (cuando el jugador que va a golpear la pelota ya no puede cambiar de idea sobre la dirección en que mandará el balón) está cerca del cuarto de segundo. Dicho de otro modo, si el portero espera hasta que el pie del que chuta está a menos de un cuarto de segundo de la pelota y entonces se lanza en una dirección, el que lanza el penalti ya no dispone de tiempo suficiente para ajustar el golpe.




Los procesos neurológicos en una de las zonas más primitivas del cerebro, la amígdala cerebral, dice Junger, se producen a tantísima velocidad que podría decirse que compiten con las balas. La amígdala puede procesar una señal auditiva en quince milisegundos, el tiempo que tardaría una bala en recorrer unos nueve metros. La amígdala es rápida, pero muy limitada, solo puede provocar un reflejo y esperar a que el pensamiento consciente lo recoja. Es lo que se conoce como “reacción de alarma” e incluye movimientos de protección válidos para casi cualquier . Cuando sucede algo inesperado y que nos asusta, todo el mundo hace exactamente lo mismo, parpadear, agacharse, doblar los brazos y apretar los puños. La cara adopta también una expresión conocida como mueca de miedo. Las pupilas se dilatan, los ojos se abren exageradamente, la frente se levanta y la boca se echa para dentro y hacia abajo.