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miércoles, 24 de diciembre de 2025

Lo que parece ser, realmente es


Existe una persona, un lugar y un tiempo trascendentes en el mundo material. La creación ha recibido a Dios en la persona de Jesucristo. Afirma Ireneo en Contra las herejías que “la propia creación de Dios, que depende para su existencia del poder, el arte y la sabiduría de Dios, ha engendrado a Dios”. “Lo que parece ser, realmente es”. San Efrén el Sirio afirma que “María llevó al Niño en silencio, ¡y en Él estaban ocultas todas las lenguas! José lo llevó en sus brazos, ¡y en Él  se ocultaba una naturaleza más antigua que cualquier cosa antigua!… Siendo Altísimo, bebió la leche de María, ¡y de su bondad beben ahora todas las criaturas! Él es el pecho de la vida y el aliento de la vida”. La encarnación no es solo un acontecimiento pasado, sino una realidad continua.

viernes, 24 de diciembre de 2021

El Nacimiento de Cristo


A finales del siglo XVIII e inicios del XIX vivió en Alemania Ana Catalina Emmerick. Dios le concedió revelaciones místicas de la vida de Jesús, San Juan Pablo II la beatificó en 2004.A continuación comparto el relato de Ana Catalina Emmerick sobre lo que vio del nacimiento de nuestro Señor:


"He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada con la cara vuelta hacia Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho".
"El resplandor en torno a ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía".
"Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la Tierra, y aparecieron con claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María”.
"Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis ojos; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla. La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos".
"Poco tiempo después vi al Niño que se movía y le oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto y lo tuvo en sus brazos, estrechándole contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces que los ángeles, en forma humana, se hincaban delante del Niño recién nacido para adorarlo".
"Cuando había transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretase contra su corazón el Don Sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo".
"María fajó al Niño: tenía solo cuatro pañales. Más tarde vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. ‘¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!’".
"He visto en muchos lugares, hasta en los más lejanos, una insólita alegría, un extraordinario movimiento en esta noche. He visto los corazones de muchos hombres de buena voluntad reanimados por un ansia, plena de alegría, y en cambio, los corazones de los perversos llenos de temores. Hasta en los animales he visto manifestarse alegría en sus movimientos y brincos".
"Las flores levantaban sus corolas, las plantas y los árboles tomaban nuevo vigor y verdor y esparcían sus fragancias y perfumes. He visto brotar fuentes de agua de la tierra. En el momento mismo del nacimiento de Jesús brotó una fuente abundante en la gruta de la colina del Norte”.


"A legua y media más o menos de la gruta de Belén, en el valle de los pastores, había una colina. En las faldas de la colina estaban las chozas de tres pastores. Al nacimiento de Jesucristo vi a estos tres pastores muy impresionados ante el aspecto de aquella noche tan maravillosa; por eso se quedaron alrededor de sus cabañas mirando a todos lados".
"Entonces vieron maravillados la luz extraordinaria sobre la gruta del pesebre. Mientras los tres pastores estaban mirando hacia aquel lado del cielo, he visto descender sobre ellos una nube luminosa, dentro de la cual noté un movimiento a medida que se acercaba. Primero vi que se dibujaban formas vagas, luego rostros, y finalmente oí cantos muy armoniosos, muy alegres, cada vez más claros".
"Como al principio se asustaron los pastores, apareció un ángel entre ellos, que les dijo: ‘No temáis, pues vengo a anunciaros una gran alegría para todo el pueblo de Israel. Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo, el Señor. Por señal os doy ésta: encontraréis al Niño envuelto en pañales, echado en un pesebre’".
"Mientras el ángel decía estas palabras, el resplandor se hacía cada vez más intenso a su alrededor. Vi a cinco o siete grandes figuras de ángeles muy bellos y luminosos. Oí que alababan a Dios cantando: ‘Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad’".
"Más tarde tuvieron la misma aparición los pastores que estaban junto a la torre. Unos ángeles también aparecieron a otro grupo de pastores cerca de una fuente, al Este de la torre, a unas tres leguas de Belén. Los he visto consultándose unos a otros acerca de lo que llevarían al recién nacido y preparando los regalos con toda premura. Llegaron a la gruta del pesebre al rayar el alba".
Feliz Navidad.


viernes, 2 de diciembre de 2016

Adviento.

Penelope Stokes en su libro “El café de los corazones rotos” escribe sobre el Adviento:

"Boone, que se había criado como católico mientras que yo renacía una y otra voz en la iglesia baptista, intentó inculcarme el sentido del Adviento.

El periodo liminar, solía llamarlo. El umbral entre la oscuridad y la luz, entre el presente y el futuro inmediato. La transición, el tiempo de la espera. Nunca lo había entendido. Los baptistas no celebramos el Adviento, nos lanzamos de cabeza a las Navidades, al niño en el pesebre, a los pastores y a los reyes magos, a la estrella de Belén y a los coros celestiales. Supongo que no nos gusta mucho lo de esperar y, desde luego, no somos lo bastante sofisticados como para apreciar lo que Boone denominaba “los regalos de la oscuridad”. 

Los baptistas nos centramos en la luz, y lo principal es darle al interruptor, pase lo que pase. Pero por fin comenzaba a entenderlo. Pensé en María, demasiado joven y demasiado inocente, embarazada, atemorizada y avergonzada… porque ¿quién se iba a tragar semejante historia? ¿La visita de un ángel y una virgen embarazada? En el mejor de los casos, sería un sueño o una visión. En el peor, una crisis neurótica. En cualquier caso, una excusa muy boba para un pecado que podría costarle una lapidación. Me imaginaba a la perfección cómo pudo ser la realidad. 

Por primera vez en la vida, vi más allá de los alegres motivos decorativos, de los regalos y de toda la parafernalia. Vi a una adolescente exhausta, con una barriga que parecía un barril, entrar en Belén sobre una mula incómoda y terca. La vi hacer cola durante horas mientras se le hinchaban los tobillos para pagar unos impuestos que no podían permitirse. La vi ponerse de parto en un establo porque todas las hospederías estaban ocupadas y, de todas formas, no tenían dinero para pagar una habitación. 


Sin comadrona, sólo con la ayuda de un carpintero de manos encallecidas que no tenía ni idea de lo que hacer durante un parto. María no escuchaba los cánticos celestiales que recorrían los campos, asustando a las ovejas y a los pastores, ni tampoco tenía noticias de esos reyes ricos que viajaban desde Oriente con caros regalos. Sólo era consciente de la oscuridad, el frío y el dolor. Sólo sentía la sangre, la suciedad del establo y el pánico del parto. Sólo escuchaba a su alrededor las quejas de los animales que sacaban de sus cuadras y las oraciones desesperadas de José, que suplicaba que ni ella ni el bebé muriesen, que sobrevivieran todos para ver el nuevo amanecer. El tiempo de la espera. La oscuridad. El miedo. La trémula esperanza que, de algún modo, sobrevivió con tenacidad contra todo pronóstico…".


jueves, 8 de septiembre de 2016

Un personaje más.

Lew Wallace publicó la novela Ben-Hur en 1.880. "Por decirlo suavemente, en aquella época yo no estaba influenciado ni en lo más mínimo por el sentimiento religioso", contó Wallace sobre su pensamiento de entonces: "No tenía convicciones sobre Dios o Cristo. Ni creía en ellos ni dejaba de creer. Los predicadores no dejaban huella en mí. Había leído sobre cualquier cosa menos sobre ese tema. La indiferencia es la palabras que mejor describe mis sentimientos sobre el Día Después de la Muerte, como un científico francés había descrito felizmente lo que sigue a la vida”.


Y así explica el mismo Wallace cómo al estudiar la época  de Cristo para su novela Ben-Hur nacían las certezas que Ingersoll no alcanzaba a ver, y al ponerse en la piel de los personajes su indiferencia religiosa iba desapareciendo:

"Pensad en la compañía en la que me puso la novela.Pensad en cabalgar junto a Baltasar en su gran camello blanco hasta el lugar de encuentro fijado, más allá de Moab; en la compañía de los Tres misteriosos Sabios; en desayunar con ellos a la sombra de una pequeña tienda sobre las ondas de la arena; en escuchar la acción de gracias con la que iniciaron su ágape; en ver cómo se presentaban uno a otro, contándose cómo y cuándo fueron convocados por el Espíritu; o en el invitado posterior al viaje final a Jerusalén: ¡la estrella, nuestro guía!

Pensad en asistir a una sesión del sanedrín; en escuchar cómo Herodes pregunta a Hilel, un maestro centenario, dónde es más probable que aparezca el Rey de los judíos.

Pensad en tumbarse junto a los pastores en su redil en aquella fresca y clara primera noche de Navidad; en ver caer la escala de luz desde la ventana del cielo... ¡en escuchar al ángel anunciar la Buena Nueva!

Pensad en caminar junto a José cruzando la puerta de Jaffa hata la llanura de Refaim, pasar la tumba de Raquel hasta el viejo portal de Belén; en robar unas miradas al rostro de la joven esposa subida en el burrito, ¡tan pequeña como para ser, en una buena y antigua expresión católica, la Santísima Madre de Dios!

Pensad en contemplar ese rostro tan a menudo y tan distintamente como para poder asegurar que en el mundo sólo existen dos retratos de ella, el de Rafael y el de Murillo, porque todos los demás son demasiado viejos, demasiado vulgares o demasiado humanos...

Y ahora decidme: ¿es extraño si yo escribía reverencialmente, sobrecogido en ocasiones? ¿Es extraño que, inconscientemente, yo estuviese preparándome para desprenderme de mi indiferencia como una langosta se desprende de su cáscara?.Mucho antes de concluir el libro, confiesa Wallace, ya creía en Dios y en Cristo".

Esta forma de descubrir a Cristo por parte de Lew Wallace me recuerdan las palabras de San Jose María Escrivá:

San Jose María Escrivá
“No basta con tener una idea general del espíritu de Jesús, sino que hay que aprender de El detalles y actitudes. Y, sobre todo, hay que contemplar su paso por la tierra, sus huellas, para sacar de ahí fuerza, luz, serenidad, paz.

En los primeros años de mi labor sacerdotal, solía regalar ejemplares del Evangelio o libros donde se narraba la vida de Jesús. Porque hace falta que la conozcamos bien, que la tengamos toda entera en la cabeza y en el corazón, de modo que, en cualquier momento, sin necesidad de ningún libro, cerrando los ojos, podamos contemplarla como en una película

Debes ser, en el Evangelio, un personaje más, conviviendo con Pedro, con Juan, con Andrés…,


Yo te aconsejo que, en tu oración, intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más. Primero te imaginas la escena o el misterio, que te servirá para recogerte y meditar. Después aplicas el entendimiento, para considerar aquel rasgo de la vida del Maestro”


intervengas en los pasajes del Evangelio, como un personaje más