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jueves, 25 de septiembre de 2025

El poder de las palabras

Las palabras tienen un poder de persuasión y un poder de disuasión. Y tanto la capacidad de persuadir como la de disuadir por medio de las palabras nacen en un argumento inteligente que se dirige a otra inteligencia. Su pretensión consiste en que el receptor lo descodifique o lo interprete; o lo asuma como consecuencia del poder que haya concedido al emisor. La persuasión y la disuasión se basan en frases y en razonamientos, apelan al intelecto y a la deducción personal. Plantean unos hechos de los que se derivan unas eventuales consecuencias negativas que el propio interlocutor rechazará, asumiendo así el criterio del emisor. O positivas, que el receptor deseará también, escribe Álex Grijelmo.
Para Grijelmo la seducción de la palabra parte de un intelecto, pero no se dirige a la zona racional de quien recibe el enunciado, sino a sus emociones. Y sitúa en una posición de ventaja al emisor, porque éste conoce el valor completo de los términos que utiliza, sabe de su perfume y de su historia, y, sobre todo, guarda en su mente los vocablos equivalentes que ha rechazado para dejar paso a las palabras de la seducción. No se basa tanto la seducción en los argumentos como en las propias palabras, una a una.La seducción de las palabras no necesita de la lógica, de la construcción de unos argumentos que se dirijan a los resortes de la razón, sino que busca lo expresivo, aquellas “expresiones” que se adornan con aromas distinguibles. Convence una demostración matemática pero seduce un perfume. No reside la seducción en las convenciones humanas, sino en la sorpresa que se opone a ellas. No apela a que un razonamiento se comprenda, sino a que se sienta. La seducción y la fascinación (la primera precede a la segunda), pueden servir tanto para fines positivos como negativos. Pero, en cualquier caso, se producen dulcemente, sin fuerza ni obligación, de modo que el receptor no advierta que está siendo convencido o manipulado, para que no oponga resistencia.

martes, 29 de noviembre de 2022

Castilla

El día 15 de septiembre del año 800, el abad Vítulo, del monasterio de san Emeterio, hoy no existe, en Taranco de Mena, en el norte de lo que en la actualidad es la provincia de Burgos, emite la carta fundacional del monasterio y escribe por primera vez, que se sepa, el nombre de Castilla. Hasta entonces, aquel territorio montañoso, en la vertiente sur de la Cordillera Cantábrica, se había llamado Bardulia. Le había dado su nombre una vieja tribu prerromana, los bárdulos. Las incursiones musulmanas eran tan frecuentes y causaban tantos daños que el reino Asturias llenó los estrechos pasos montañosos de Bardulia de fortificaciones, de castros, de castillos donde frenar al enemigo. De ahí el nuevo nombre, Castilla, por el que comienza a conocerse el territorio. El nuevo apelativo tiene éxito, se expande muy rápido durante el siglo IX. Castilla forma parte del reino de Asturias. Pero ha sido incorporada por ocupación pocas décadas atrás, es su frontera oriental, la más alejada de la corte de Oviedo, casi una colonia, y quizás la más diferente a la metrópoli. Se ha repoblado sobre todo con vascones, poco romanizados. Es posible que tuviera algunas leyes propias, diferentes a las del Fuero Juzgo.Lo que con certeza sí hay en Castilla es menos diferencias sociales entre su población, menos estratos, las relaciones son menos feudales que en León. El territorio es una zona en guerra casi permanente, es inseguro, de mucho riesgo. La mayoría de los habitantes apenas tiene bienes.

Monasterio de Silos, donde se escribieron algunos de los primeros documentos en castellano

Un nuevo idioma, un lenguaje diferente. El castellano, que está a punto de nacer, tendrá características propias, diferenciadas no sólo del deteriorado latín vulgar que hablaban sus abuelos, sino también de las otras lenguas romances. La lengua de Castilla sonoriza consonantes, elimina vocales, crea diptongos y multiplica sonidos fuertes de modo muy diferente a las otras lenguas romances que están apareciendo en las zonas montañosas de la península que no dominan los musulmanes. Tiene carácter propio y tiene también una capacidad mayor de asimilación de vocablos de otros idiomas y de expansión entre nuevos hablantes.

domingo, 1 de abril de 2018

Si no hubiese conocido a Cristo, Dios sería para mí un vocablo vacío de sentido.

Escribió, el periodista, crítico, escritor y ganador del premio Nobel de literatura en 1952, François Mauriac: “¿He de confesarlo? Si no hubiese conocido a Cristo, Dios sería para mí un vocablo vacío de sentido. Salvo una gracia particularísima, el Ser infinito me resultaría inimaginable, impensable. El Dios de los filósofos y de los eruditos no ocuparía ningún lugar en mi vida moral. Fue necesario que Dios se sumergiese en la humanidad y que, en un preciso momento de la historia, en un determinado punto del globo, un ser humano, hecho de carne y sangre, pronunciase ciertas palabras, cumpliese ciertos actos, para que yo cayese de rodillas”.