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domingo, 12 de junio de 2022

Felipe II se consideraba menos que el más humilde sacerdote

Cuenta el historiador e hispanista Henry Kamen que, en la época de Felipe II, en Francia e Inglaterra se celebraban ceremonias que identificaban al soberano con Dios y con la religión; se bendecía al rey con aceites sagrados, una corona sagrada ceñía su cabeza, se le tomaba un juramento sagrado. Por tanto, se convertía en una persona sagrada, y hasta podía alegar poderes sacerdotales.Era,en palabras de Shakespeare, “el delegado elegido de Dios”. En España, por el contrario, no se celebraba ninguna ceremonia de coronación, y por tanto no podían converger ambas funciones, la de sacerdote y la de rey. La imagen del rey de rodillas, en obvio reconocimiento del papel sagrado del sacerdote, de pie ante él, fue un símbolo fundamental en el Escorial. El grupo escultórico de Leoni situado frente al altar mayor, en el que Carlos V y Felipe II, junto con sus esposas, se arrodillan en acto de veneración, viene a confirmarlo. Todas las figuras arrodilladas, incluidas la del emperador y la del rey, miran hacia el tabernáculo del altar. En todas estas esculturas y pinturas, el rey es representado de rodillas frente al sacerdote. Ni en sus fantasías más desquiciadas, y ni siquiera metafóricamente, al rey se le hubiese ocurrido la idea de encarnarse en una figura sacerdotal o confundir su propio papel con el de un ministro de Dios.

Felipe II como católico se consideraba menos que el más humilde sacerdote, el rey nunca sintió que en asuntos de religión tuviera una relación especial con Dios, y nada de lo que escribió sugiere que así lo creyera. Por otra parte, en los asuntos políticos, pensaba que era su obligación y su responsabilidad rogar a Dios para que le ayudara en los momentos críticos. Cualquier cristiano creyente en su situación hubiese asumido una posición semejante.

domingo, 1 de abril de 2018

Si no hubiese conocido a Cristo, Dios sería para mí un vocablo vacío de sentido.

Escribió, el periodista, crítico, escritor y ganador del premio Nobel de literatura en 1952, François Mauriac: “¿He de confesarlo? Si no hubiese conocido a Cristo, Dios sería para mí un vocablo vacío de sentido. Salvo una gracia particularísima, el Ser infinito me resultaría inimaginable, impensable. El Dios de los filósofos y de los eruditos no ocuparía ningún lugar en mi vida moral. Fue necesario que Dios se sumergiese en la humanidad y que, en un preciso momento de la historia, en un determinado punto del globo, un ser humano, hecho de carne y sangre, pronunciase ciertas palabras, cumpliese ciertos actos, para que yo cayese de rodillas”.