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sábado, 18 de julio de 2026

Nietzsche fue en materia filosófica el más declarado enemigo de la cristiandad

Nietzsche fallecido en 1900 tras doce años de demencia, fue en materia filosófica el mayor y más declarado enemigo de la cristiandad surgido a finales del siglo XIX; convencido de que el cristianismo se hallaba en ruinas, defendió la “voluntad de poder” de Schopenhauer, en la seguridad de que solo el fuerte debería sobrevivir. Mantenía, además, que la caridad cristiana únicamente servía para fomentar la supervivencia del débil y del mediocre. Su obra más importante, Así habló Zaratustra, desarrollaba el concepto del superhombre u hombre superior, capaz de doblegar la debilidad humana y vencer la sumisión. En Más allá del bien y del mal preconizaba como fundamento de la moral el axioma de que “nada es verdad; todo está permitido”, e insistía en su lucha contra el débil argumentando que el sufrimiento de los esclavos es insignificante porque “casi todo lo que denominamos una cultura superior se basa en la espiritualización y la divinización de la crueldad”. No resulta sorprendente que muchos hayan visto en la filosofía nietzscheana una de las condiciones previas a la aparición del nazismo. El cardenal Mindszenty dijo acerca de Hitler y del Tercer Reich que “el precursor de tan horrible reinado fue Nietzsche, quien proclamó que Dios ha muerto y que todos deberíamos superar los anticuados conceptos del bien y el mal. ¡Y qué vidas tan magníficas han protagonizado estos seres humanos que prescindieron de Dios!”. 

miércoles, 8 de julio de 2026

Decidir cual es el bien y cual es el mal, prescindiendo de Dios y de la verdad

 Win Wenders
“Creo que la religiosidad comienza con un acto de humildad, el no considerarse a sí mismo el creado”. Como gran cineasta que es, capaz de retratar tanto la realidad de la vida como sus distorsiones, Win Wenders describía así la “carcoma” que ha anidado en el corazón del hombre contemporáneo; la tentación o, cuando menos, la ilusión, de que puede decidir por sí solo cual es el bien y cual es el mal, prescindiendo de Dios y de la verdad, escribe Stanislao Dziwisz.
Es una descripción exacta de como la sociedad occidental, la que está más huida a la ideología liberal, se ha ido secularizando, ha entrado en un proceso de laicismo cuya consecuencia es la pérdida de su impronta cristiana. Desaparecido el gran enemigo de antaño, representado por el marxismo, por el ateísmo erigido como sistema, ante la Iglesia católica se perfila ahora otra amenaza, más insidiosa, si cabe, que es la del materialismo práctico, cotidiano, por el que cada vez hay más gente que, como decía Juan Pablo II, “vive como si Dios no existiese”.
Stanislao Dziwisz y Juan Pablo II
Con la encíclica Veratis splendor, escribe Stanislao Dziwisz, Juan Pablo II intentó sacar a la luz la peligrosidad que se encierra en una cierta cultura dominante, caracterizada por el fuerte relativismo ético. Y que, orientada como está a poner entre paréntesis los imperativos de la ley moral, amenaza con socavar las bases de la sociedad democrática. Con posibles e importantes recaídas en otros campos, como el de la biociencia, en el que la investigación tiende con frecuencia a sobrepasar los límites que impiden que sea violado el sagrado principio de la vida humana.

sábado, 27 de diciembre de 2025

Imaginar sistemas que prescinden de la realidad


Hay en la historia del espíritu humano un hecho universal y constante, y es su vehemente inclinación a imaginar sistemas que, prescindiendo completamente de la realidad de las cosas, ofrezcan tan solo la obra de un ingenio, que se ha propuesto apartarse del camino común, y abandonarse libremente al impulso de sus propias inspiraciones, escribe el filósofo Jaume Balmes.

lunes, 24 de noviembre de 2025

La vigilancia automatizada y asistida por la inteligencia artificial tiene todas las trazas de Némesis


Al rechazar masivamente el antiguo control social consistente en la inculcación de normas morales y en el descrédito que conllevaba su incumplimiento, al huir del control ejercido por la vecindad en las comunidades tradicionales, los adalides de la modernidad tardía han creído que era posible prescindir del control social. Pero una sociedad sin control social ya no es una sociedad, es el caos. Para protegerse del caos, hay que tomar cada vez más y más precauciones. Por ejemplo, los habitantes de las grandes ciudades se ven obligados a instalar códigos de acceso, interfonos y puertas blindadas. Cuanto más “abierta” se supone que es la sociedad, más tienen que encerrarse sus miembros. En este sentido, la vigilancia automatizada y asistida por la inteligencia artificial tiene todas las trazas de Némesis, la diosa griega que castigaba la hubris, el exceso de los seres que no respetaban los límites de su condición. El individuo que ha pretendido escapar a todo control ve cómo éste vuelve a él bajo otra forma, escribe Olivier Donatien Rey, matemático y filósofo.

sábado, 19 de octubre de 2024

Una hojita de papel

Todo monumento histórico es también un monumento artístico, pues incluso un monumento artístico tan insignificante como, por ejemplo, una hojita de papel con una breve nota intrascendente, además de su valor histórico sobre la evolución de la fabricación del papel, la escritura, los materiales para escribir, etcétera, contiene toda una serie de elementos artísticos como la forma externa de la hojita, la forma de las letras y el modo agruparlas. Ciertamente, son estos elementos tan insignificantes que en miles de casos prescindiremos de ellos porque poseemos suficientes monumentos que nos transmiten prácticamente lo mismo de un modo más rico y detallado. Pero si esta hojita fuese el único testimonio conservado de la creación de su época, a pesar de su precariedad habríamos de considerarla como un monumento artístico absolutamente imprescindible, escribe Alois Riegl,que fue un historiador del arte austrohúngaro, uno de los principales impulsores del formalismo y uno de los fundadores de la crítica de arte como disciplina autónoma.

jueves, 14 de septiembre de 2017

Infraclase.

Existe una nueva categoría de población, antes ausente del mapa mental de las divisiones sociales, que puede considerarse víctima colectiva del “daño colateral múltiple” del consumismo. El los últimos años, esta categoría ha sido definida como “infraclase”.El inventario de la gente amontonada en la imagen genérica de la infraclase, tal como lo describe Herbert J. Gans, resulta notable sobre todo por su variedad. Esta definición conductista abarca a los pobres que abandonan la escuela, no trabajan, y en el caso de las mujeres jóvenes, a las que tienen bebés sin el beneficio del matrimonio y dependen del bienestar social. La infraclase
Herbert J. Gans
definida por su comportamiento incluye también a los sin techo, los mendigos y pordioseros, los pobres adictos al alcohol y las drogas y a los delincuentes callejeros. Como el término es flexible, los pobres que viven en “viviendas sociales”, los inmigrantes ilegales y las pandillas adolescentes suelen incluirse en esa categoría. De hecho, la flexibilidad de esa definición conductista se presta a que el término se convierta en un rótulo que puede emplearse para estigmatizar a los pobres, sea cual fuere su comportamiento.

Las personas condenadas a la infraclase son consideradas totalmente inútiles, lisa y llanamente una molestia, algo de lo que todos podríamos prescindir con gusto. En una sociedad de consumidores, un mundo que evalúa a todos y a todo por su valor de cambio, esa gente no tiene ningún valor de mercado, son hombres y mujeres no comercializables, y su incapacidad de alcanzar el estatus de producto coincide con (de hecho, deriva de) su incapacidad para abocarse de lleno a la tarea de consumir. Son consumidores fallidos, símbolos flagrantes del desastre que acecha a los consumidores fracasados, y del destino último de cualquiera que no cumpla las obligaciones de un consumidor, escribe Zygmunt Bauman.

Zygmunt Bauman
Zygmunt Bauman sigue narrando que los sufrimientos de los pobres contemporáneos, los pobres de la sociedad de consumidores, no hacen causa común. Cada consumidor fallado se lame las heridas en soledad, en el mejor de los casos en compañía de su familia, si es que aún no se disolvió. Los consumidores fallados son solitarios, y cuando se los deja en soledad durante mucho tiempo tienden a convertirse en personas que prefieren estar solas: ya no creen que la sociedad o algún grupo social (salvo una pandilla criminal) puedan ayudarlas, ya no esperan ayuda, ya no creen que su suerte pueda cambiar legalmente, salvo ganando la lotería.

Alain Finkielkraut nos recuerda lo que puede ocurrir cuando se silencian las consideraciones éticas, cuando se extingue toda empatía y se derriban las barreras morales: La violencia nazi no se produjo por gusto, sino por obligación, no por sadismo sino por virtud, no placentera sino metódicamente, no por salvajes impulsos desatados y abandono de todo escrúpulo, sino en nombre de valores superiores, con competencia profesional y sin perder de vista en ningún momento la tarea a realizar.

los sufrimientos de los pobres contemporáneos, los pobres de la sociedad de consumidores, no hacen causa común

domingo, 7 de mayo de 2017

Un choque entre derecho y derecho.


Amos Oz considera que el conflicto entre palestinos e israelíes no es una lucha entre el bien y el mal, más bien lo considera una tragedia en el sentido más antiguo y preciso del término. Un choque entre derecho y derecho, entre una reivindicación muy convincente, muy profunda, muy poderosa, y otra reivindicación muy diferente pero no menos convincente, no menos poderosa, no menos humana. Los palestinos están en Palestina porque ésta es la patria, la única patria de los palestinos. Igual que Holanda es la patria de los holandeses o Suecia la de los suecos. Los judíos israelíes están en Israel porque no hay otro país en el mundo al que, como pueblo, como nación, puedan llamar hogar. Sí como individuos pero no como pueblo, no como nación. Los palestinos han intentado, a regañadientes, vivir en otros países. Fueron rechazados, a veces incluso humillados y perseguidos, por la supuesta “familia árabe”. Se les hizo tomar conciencia de la manera más dolorosa de su palestinidad; no fueron aceptados como libaneses, ni como sirios, ni como egipcios, ni como iraquíes. Tuvieron que aprender con dureza que son palestinos y que Palestina es el único país al que pueden aferrarse. Curiosamente, los judíos han tenido una experiencia histórica un tanto paralela. 

Los palestinos quieren la tierra que llaman Palestina. Tienen razones muy poderosas para quererla. Los judíos israelíes quieren exactamente la misma tierra por exactamente las mismas razones, cosa que entraña al tiempo un profundo entendimiento entre las partes y una tragedia terrible. Por muchos ríos de café que bebamos juntos, escribe Oz, no se extinguirá la tragedia de dos pueblos que reivindican, creo que con razón, el mismo pequeño país como su única patria en todo el mundo. Tomar un café juntos es maravilloso y lucharé por ello, especialmente si se trata de café árabe, que es infinitamente mejor que el israelí. Pero el problema no se va a solucionar tomando café. Se requiere algo más que café y entenderse mejor. Se requiere llegar a un acuerdo, a un compromiso doloroso. Y la expresión "llegar a un acuerdo, a un compromiso" tiene una reputación nefasta en la sociedad europea. Especialmente entre los jóvenes idealistas, que siguen considerando que llegar a un acuerdo es oportunista y algo artero y oscuro que implica falta de coraje. No en mi vocabulario. Para mí la expresión "llegar a un acuerdo" significa vida. Y lo contrario de llegar a un acuerdo no es idealismo ni devoción. Lo contrario es fanatismo y muerte.Se requiere llegar a un acuerdo, a un compromiso, no llegar a una capitulación. Lo que significa que los palestinos jamás deberían arrodillarse. Ni tampoco los judíos.
Muchos judíos israelíes no se dan cuenta de lo profunda que es la conexión emocional de los palestinos con la tierra. Igual que muchos palestinos no consiguen darse cuenta de lo profunda que es la conexión judía con la misma tierra. Pero para llegar a comprenderlo, ambas naciones tienen que atravesar un doloroso proceso que pasa por prescindir de los sueños, de las ilusiones, de las esperanzas y de los viejos eslóganes del pasado en ambos bandos.

Una de las cosas que hacen especialmente duro el conflicto palestino-israelí o árabe-israelí es que se produce entre dos víctimas del mismo opresor. La Europa que colonizó el mundo árabe es la misma Europa que discriminó a los judíos, los persiguió, los acechó en sueños para terminar asesinándolos en masa en un crimen genocida sin precedentes.