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jueves, 4 de junio de 2026

La libertad total para los lobos es la muerte para los corderos

Tanto la libertad como la igualdad se encuentran entre las metas básicas que los seres humanos han buscado durante muchos siglos; pero la libertad total para los lobos es la muerte para los corderos, la libertad total de los poderosos, de los talentosos, no es compatible con el derecho a una existencia decente de los débiles y los menos dotados.
La igualdad puede exigir la limitación de la libertad de quienes desean dominar; la libertad, sin un poco de la cual no hay elección y por tanto no hay posibilidad de ser seres humanos, tal como comprendemos el término, tendrá que ser constreñida para dejar espacio al bienestar social, para alimentar a los hambrientos, vestir a los desnudos, alojar a los que no tienen hogar, para dejar espacio a la libertad de los otros, para permitir que se ejerza la justicia o la imparcialidad, escribe Isaiah Berlin en su libro El estudio adecuado de la humanidad.

miércoles, 26 de julio de 2023

El desacuerdo público, una fuerza creadora


Monumento a los liberales del siglo XIX 

Las prácticas nucleares de un orden político liberal son la tolerancia religiosa, la libertad de debate, las limitaciones al comportamiento policial, las elecciones libres, el gobierno constitucional basado en la separación de poderes, la inspección pública de los presupuestos del Estado para evitar la corrupción y una política económica comprometida con el crecimiento sostenido basado en la propiedad privada y la libertad de contrato. Las cuatro normas o valores nucleares del liberalismo son la seguridad personal (monopolio de la violencia legítima por agentes del Estado, estos últimos sometidos al control y la regulación de la ley), imparcialidad (un único sistema legal que se aplica a todos por igual), la libertad individual (una amplia esfera de libertad con respecto a la supervisión colectiva o del Estado, lo que incluye la libertad de conciencia, el derecho a la diferencia, el derecho a perseguir ideales que el prójimo pueda considerar equivocados, la libertad de desplazamiento y emigración, etc.), y la democracia, o derecho a participar en la elaboración de las leyes por medio de elecciones y la discusión pública mediante el concurso de una prensa libre. Que el desacuerdo público sea una fuerza creadora puede haber sido el principio liberal más novedoso y radical de la política liberal, escribe Stephen Holmes, profesor de derecho en la Universidad de Nueva York.

sábado, 8 de julio de 2023

La historia es la ciencia del pasado a través de una reconstrucción que se pone en cuestión continuamente

Una de las funciones de la ciencia histórica es la de introducir, de modo no ideológico y respetando lo impredecible del porvenir, el horizonte del futuro en su reflexión (Erdmann, 1964;Schulin,1973). Un elemento esencial de los historiadores de las épocas antiguas es que saben lo que sucedió después. Los historiadores del tiempo presente lo ignoran.Para Jacques Le Goffla la historia es la ciencia del pasado, con la condición de saber que éste se convierte en objeto de la historia a través de una reconstrucción que se pone en cuestión continuamente.
Para Léopold Genicot la imparcialidad del historiador es deliberada, la objetividad inconsciente. El historiador no tiene derecho a perseguir una demostración a despecho de los testimonios, a defender una causa, sea cual fuere. Debe establecer y hacer manifiesta la verdad, o lo que cree que es la verdad. Pero le es imposible ser objetivo, hacer abstracción de sus concepciones del hombre, especialmente cuando se trata de medir la importancia de los hechos y sus relaciones causales.

jueves, 25 de julio de 2019

Antes de coger la pluma

Henri Frédéric Amiel
“Sé grande, para hablar de cosas grandes; y patriota, para hablar de la patria, decía el escritor y filósofo Henri Frédéric Amiel. Arroja de tu seno el amor propio, el rencor, las impresiones pasajeras y personales; edúcate en la imparcialidad, en la objetividad, en la serenidad, antes de coger la pluma, o de otra forma tu pluma sólo contará las bajezas y las vulgaridades de tu corazón. Vuelve a la serenidad, por la esperanza y el ideal; combate las impaciencias de tu naturaleza cambiante; la aridez de tu corazón en seguida decepcionado; los celos de tu amor propio irritable; la torpeza de tu inercia; los humos de tu orgullo, la amargura, los arrebatos. La fuerza está en la serenidad. El orden; la firmeza; la modestia; la precisión y el movimiento; el impulso y la medida; el fuego y el cálculo; la impetuosidad dueña de sí misma. Exactitud psicológica, pintoresquismo en el estilo; unir el análisis a la realidad plástica. Transformarme al ritmo de las necesidades de la cosa, de las exigencias del objeto. Brevedad, vigor, brillo, nitidez mordiente”.

miércoles, 29 de mayo de 2019

La verdad ocultada, o aún peor, distorsionada


La verdad, y muy especialmente la verdad sobre las cuestiones más fundamentales, aquellas en las que los grandes pensadores de todas las épocas se han sumergido esforzadamente para arrancar de entre el negruzco lodo de nuestra humana condición alguna gema con la que alimentar nuestras ilusiones intelectuales, esa verdad es ocultada, o aún peor, distorsionada, por aquellos sicarios, cuando la distorsión les sirve para dar verosimilitud a la humillante trama que han urdido en su obra, a la sutil tela de araña que componen los hilos de sus sesgados argumentos. Y al cabo, es posible que muchos jóvenes inocentes, cerebros inquietos y voluntades abigarradas, se vean casualmente asaltados por una obra de estas y acaben creyendo a pies juntillas en sus medias mentiras, intoxicados de tal manera por el veneno de las primeras falacias a las que tuvieron la mala fortuna de exponer su inmaduro intelecto, y ya no sean capaces, durante el resto de su vida, de valorar con imparcialidad otros razonamientos distintos de aquellos por los que fueron infectados en el principio de su carrera.

martes, 14 de febrero de 2017

Ante el Partenón y la Alhambra.

Escribe el historiador escocés Montgomery Watt que resulta interesante comparar nuestra actitud ante el Partenón con la que adoptamos ante la Alhambra. Muchas personas que admiran ambos edificios ven en el Partenón un canon de belleza que es al mismo tiempo una expresión del espíritu griego, mientras que en la Alhambra sólo contemplan un objeto dotado de belleza intrínseca, sin referirlo nunca a la cultura que lo había producido. Este contraste merece ser
Alhambra
examinado con mayor detenimiento. Sin duda es natural que tengamos en mayor aprecio la cultura griega que la cultura árabe. La primera forma parte integrante de nuestro propio legado, de nuestra tradición; pero la segunda era en lo fundamental algo ajeno, el gran enemigo, al que era preciso temer incluso en los momentos de admiración. 

La imagen del Islam que hemos heredado se estructuró en los siglos XII y XIII bajo el impacto de este miedo a los sarracenos; e incluso en nuestros días son pocos los europeos occidentales que pueden considerar al Islam con imparcialidad. ¿Pero acaso nuestra falta de aprecio por la cultura de la que proviene un objeto debe afectar a nuestra valoración de su belleza? ¿No podría darse el caso, por el contrario, de que el aprecio por un bello objeto nos proporcionara un medio para llegar a compenetrarnos con esa cultura que nos es extraña? ¿Por qué no ver incluso en ese objeto bello la medida y la realización de la cultura en cuestión? ¿No ha de ser forzosamente grande una cultura, como la de la España islámica, capaz de construir edificios tan magníficos como son la Gran Mezquita de Córdoba y la Alhambra de Granada? Hay una diferencia evidente entre el
Gran Mezquita de Córdoba
Partenón y la Alhambra. Cuando admiramos el Partenón, lo hacemos principalmente desde el exterior, mientras que la Alhambra solamente puede admirarse desde el interior. Pero esto no tiene nada que ver con una contraposición entre la esfera religiosa y la esfera temporal, ya que lo más valioso de la Gran Mezquita de Córdoba se encuentra fundamentalmente en el interior. Se ha sugerido, por otra parte, que los esbeltos pilares de la Alhambra, con su elaborada y maciza superestructura, expresan la venida al mundo, desde un reino celestial, de algo cuyo valor y significado es eterno, mientras que otros edificios expresan más bien el intento del hombre por ascender a los cielos. Ahora bien, pueden hacerse múltiples interpretaciones de este tipo, algunas de las cuales serán sin duda más ampliamente aceptadas que otras. Pero incluso la más perfecta de todas ellas será necesariamente insatisfactoria en medida considerable, porque la apreciación de la belleza no puede reducirse nunca a términos conceptuales.
Alhambra