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viernes, 29 de septiembre de 2023

El Diablo confunde porque está confundido

Sallie Nichols cuenta en su libro El diablo en el Tarot que “la mayor parte de las leyendas narran que Satán fue despedido a causa de su orgullo y su arrogancia. Era despótico y ambicioso y desmesuradamente orgulloso de sí mismo. Sus modales, sin embargo, eran fascinantes y muy seductores. Sólo así podemos entender que consiguiera organizar una rebelión a espaldas del Jefe mientras que, al mismo tiempo, imploraba sus favores. Le gustaba pensar que era su hijo predilecto. Tenía celos de todo el mundo, especialmente de la humanidad. Odiaba a Adán y le irritaba pensar que fuera él quien gobernara el armonioso jardín del Paraíso. Para él la seguridad complaciente era, y sigue siendo, anatema. La perfección le fastidiaba y la inocencia le sacaba de quicio. La tentación era,y sigue siendo, su especialidad. Cómo disfrutó tentando a Eva y ocasionando su expulsión del Paraíso.”
“El Diablo confunde porque está confundido. Si echamos un vistazo a la imagen de esta carta del Tarot comprenderemos por qué. La imagen del Diablo se nos presenta como un agregado incoherente de rasgos completamente dispares. Tiene cornamenta de ciervo, garras de ave predadora y alas de murciélago. Metafóricamente hablando, el Diablo chupa nuestra sangre y consume nuestra esencia. Los efectos de su mordedura son contagiosos y llegan a contaminar a comunidades o incluso a países enteros.Si examinamos al “hombre-bestia” que nos muestra el Tarot descubriremos que en él no existe ninguna parte que destaque sobre las demás. Lo que hace su figura tan detestable es el absurdo conglomerado de rasgos tan dispares. Este agregado irracional atenta contra el mismo orden de las cosas y socava el esquema cósmico sobre el que descansa toda nuestra visión de la vida. Afrontar esta sombra significa afrontar un miedo que no sólo espanta al ser humano sino que también aterra a la misma naturaleza.”

domingo, 26 de febrero de 2023

Democracia

Si a alguien debemos agradecer la transformación del concepto de democracia en su sentido actual, es a Alexis de Tocqueville, que fue el primero en obviar el significado etimológico de la palabra y que hizo que esta adquiriera un sentido más amplio, de naturaleza social, indicativo más bien de cierta noción de igualdad y de cierta propensión a la extensión generalizada de un conjunto de derechos y deberes; traducida concretamente en una igualdad de derechos ante el Estado y en una igualdad de trato ante la ley. Se trata de una democracia que tiende a eliminar los privilegios de la élite y a dar a todos las mismas oportunidades e iguales posibilidades de mejora. Y, por lo tanto, es una democracia que privilegia al individuo, como lo hace en la tradición cultural de Estados Unidos, donde está muy arraigado el principio del “hombre hecho a sí mismo”, junto con el espíritu liberal en economía. El ejemplo estadounidense, donde la democracia adopta esa nueva connotación sin precedentes que, con el tiempo, termina siendo aceptada y compartida en todo Occidente, acaba con la idea del poder opresivo de la mayoría y los temores de una falta de libertad que estaban ya presentes en tiempos de Pericles. Por un lado, somos testigos de la renuncia a la idea de un poder popular fuerte, aplastante, casi autoritario y despótico (que, en la teoría marxista, incluso se manifiesta como una fuerza revolucionaria), capaz de igualar a toda la sociedad; por el otro, se implanta una concepción más blanda de democracia, entendida en un sentido abstracto e ideal, dirigida más bien a garantizar la igualdad de derechos para todos los ciudadanos y no sólo para una mayoría. Ha sido entre este doble significado del término por donde, tras Tocqueville, se han ido moviendo los designios de los Estados occidentales, en los que se ha producido una alternancia continua en cuanto al predominio de una interpretación sobre la otra, dependiendo del momento histórico y la conveniencia política.

lunes, 17 de junio de 2019

La libertad por su propia naturaleza no es igualitaria

Karl Popper
Un mundo en el que los hombres sean libres e iguales sería el paraíso en la Tierra. Un mundo así es difícil de lograr; y obligados a escoger, debemos poner la libertad por encima de la igualdad. Porque la ausencia de libertad conduce a la más desastrosa de las desigualdades e injusticias, el despotismo. Pero la desigualdad no conduce necesariamente a la ausencia de libertad, dice Karl Popper.


La libertad por su propia naturaleza no es igualitaria, porque los seres vivos difieren en fuerza, inteligencia, valor, perseverancia y todo aquello que contribuye al éxito. La igualdad de oportunidades y la igualdad ante la ley (en el sentido legado a los israelitas por Moisés en el Levítico 24,22: “Un mismo estatuto tendréis para el extranjero, como para el natural; porque yo soy Yahweh, vuestro Dios”) no sólo son compatibles con la libertad sino inherentes a ella. No es así con relación a la igualdad de resultados. Ya que este tipo de igualdad, dice Richard Pipes, no existe en el reino animal ni tampoco entre los pueblos primitivos, debe considerársela antinatural, alcanzable sólo mediante la coerción, razón por la cual todos los sistemas utópicos presuponen un poder despótico y todos los déspotas insisten en la igualdad de sus súbditos. Como percibió Walzer Bagehot, no existe un método para lograr que los hombres sean, a un tiempo, libres e iguales.