La sociedad individualista sigue estando compuesta de ricos y de pobres, de amos y de criados, pero, y esta mutación es en sí misma revolucionaria, ya no existe diferencia de naturaleza entre ellos. “Bien que uno mande, pero que quede claro que también podría ser el otro, que se entienda y se dé a entender que, de ningún modo, se ejerce la autoridad en nombre de una superioridad intrínseca y esencial” (Marcel Gauchet, “Tocqueville, l’Amérique et nous”). Definidos hasta entonces por su lugar en el orden social, los individuos, de repente, se salen de las filas. Todos se convierten en unos descastados, y conquistan, afirma soberbiamente Ernst Bloch, “el derecho a quitarse la librea”. El hábito ya no hace al monje; al dejar de ser identificado cada cual con un estatuto, ligado a su clan, a su corporación, a su linaje, el hombre aparece en su desnudez original, manifiesta Alain Finkielkraut.

No hay comentarios:
Publicar un comentario