El ser humano, que es creativo y crédulo a la vez, cuenta con la imaginación, la capacidad de crear ficción, de inventar un mundo que no existe, capacidad que es exclusivamente humana. Y cuenta, para bien y para mal, con las emociones; no somos tan analíticos como podríamos creer. Razonamos no de forma neutra, sino partiendo de conclusiones en las que creemos para buscar el camino que las valide. La mente humana, a la que debemos la ciencia moderna, la biología o la mecánica cuántica, se inclina a elaborar razonamientos simplistas; necesitamos estar siempre a favor o en contra de algo, preferimos ir derechos a las conclusiones, aferrándonos a ellas. Las máquinas, por su parte, no tienen ni sentido común ni consciencia (al menos, de momento) y carecen de emociones. La IA, sentencia Daniel Cohen, es una inteligencia idiota. De modo que una primera conclusión acerca de las diferencias entre seres humanos y máquinas podría ser un eficiente (pero no exento de riesgos) reparto de tareas, teniendo en cuenta las aptitudes de unos y otras. Para las máquinas, el trabajo estadístico y laborioso; para los humanos lo que tenga que ver con las relaciones entre personas……..Lo que caracteriza a una tecnología de ruptura es ofrecer posibilidades que sobrepasan la propia concepción de sus autores. Esto es evidente en la Inteligencia Artificial, en la que predomina la incertidumbre sobre su aplicación, con el peligro de que, en lugar de una relación eficiente entre hombres y máquinas, estas, aun careciendo del sentido común propio de los humanos, los lleguen a sustituir a la hora de aprehender la realidad. Entretanto, un peligro más cercano y palpable es la desconexión social, la reducción de los encuentros cara a cara.
La desconexión social lleva al auge de las identidades. Donde antes había un lenguaje de clases sociales, ahora está el de las identidades. Todo eso desemboca en una decadencia de la democracia, que se manifiesta en el aumento de la abstención, la desconfianza hacia la política y las instituciones, y la violencia entre facciones políticas. Las redes sociales contribuyen a este proceso porque no informan, sino que ratifican creencias; no crean espacios de debate, sino que aumentan las fracturas, las discrepancias y la división excesiva. Las redes no están interesadas por la información. Según Daniel Cohen, se recluta a más islamistas en las redes (y en las cárceles) que en las mezquitas. La crisis de los medios de comunicación hace que cada vez haya menos periodistas, lo que lleva a una peor información, y a la consiguiente degradación del debate público. La paradoja es que las redes sociales han aumentado justo lo que se supone que debían corregir, el aislamiento; además de haber embrutecido la vida política. El problema es grave porque, dice Cohen, el individuo no puede crearse un concepto de sí mismo en ausencia del grupo; la propensión a la reciprocidad con desconocidos es la base del mundo social, una condición necesaria a la que hay que añadir las instituciones adaptadas. Y la revolución digital carece de las necesarias instituciones mediadoras (cultura, religión) propias de la filosofía liberal. La revolución digital confluye con otros procesos característicos de los últimos años. Uno es la dispersión de los trabajadores. Las redes no provocan guetos y dispersión social, algo que viene de antes, pero lo acentúan; no crean puentes. Otro es la mentalidad tribal posmoderna, estudiada por el sociólogo Maffesoli. La sociedad digital materializa esa mentalidad posmoderna, con un mundo de posverdad, neotribal, en el que cada individuo cultiva su propio metadiscurso.


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