Viktor Frankl no sabe donde queda el sentido en cada caso, pero sabe dónde queda para todos los casos, fuera de uno, lejos de sí. A ese movimiento de salida de uno mismo le da mucha importancia. Lo llama autotrascendencia, es una versión del siempre higiénico autodistanciamiento y una característica esencial de lo propiamente humano. “Un animal no se pregunta cuál es el sentido de su existencia”, señala expresivamente Viktor Frankl. Y siguiendo con la expresividad, “la autotrascendencia son nuestros ojos. Es decir, la capacidad de mi ojo de cumplir con su función, que es la de percibir ópticamente el mundo exterior, depende de la incapacidad de percibirse a sí mismo. Mi ojo estará enfermo en el momento en que note o vea algo de sí mismo. Si ve nubes, serán cataratas. Uno ojo sano no se ve a sí mismo. Lo mismo ocurre con el hecho de ser hombre”. Así se entiende bien su peculiar definición de logoterapeuta como “oculista”, es el que amplía el campo de visión de quien a él se acerca, el que lo saca de sí mismo y le señala, por ahí o por allá, pero siempre fuera. “Un empresario que se da cuenta de que ganar dinero no le importa tanto como se imaginaba. O bien otra persona que se da cuenta de que su papel de playboy no le interesa nada. O bien otro que se da cuenta de que ir a la discoteca no es nada interesante, que detrás de toda esa búsqueda de placer y de delirio por el trabajo hay un vacío interior, una búsqueda de sentido frustrada. Por tanto, tiende la mano a un sentido, a un compañero o compañera al que poder amar y al que nos utiliza solo como herramienta sexual o como medio para conseguir la abreacción y descargar así sus necesidades y pulsiones sexuales. Y es consciente de que le aguardan una serie de obligaciones, de que debe ponerse al servicio de algo en lo que él pueda servir de verdad. Y en el servicio a ese algo podrá realizarse”.
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martes, 28 de octubre de 2025
El sentido en la vida
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Viktor E. Frankl
sábado, 21 de agosto de 2021
En las últimas décadas del XVIII existía un deseo consciente de hacer españoles
Bajo Carlos III (1759-1788), ministros como Pedro Rodríguez, conde de Campomanes, José Moñino, conde de Floridablanca, Gaspar Melchor de Jovellanos o el conde de Aranda abordarán con energía el proyecto de nacionalización del Estado. Reciben atención los símbolos. Ven la luz el himno y la bandera nacional. Las academias, fundadas décadas antes, se entregan a la tarea de fijar los cánones de una cultura nacional, definiendo la lengua que el pueblo debía hablar y cómo debía hacerlo, desenterrando las raíces del pasado común, y haciendo del arte el instrumento de su difusión. Las historias de la literatura rastrean la originalidad del alma hispana en cuanto se ha publicado en los siglos precedentes; sus clásicos se reimprimen una y otra vez; el teatro siembra patriotismo escogiendo temas y protagonistas en la historia de España, desde Ataúlfo a Guzmán el Bueno, desde Numancia a Pelayo. Se siembra, dice Luis Iñigo Fernández, entre los españoles una historia que olvida las diferencias y exalta lo compartido, que une en lugar de dividir.
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| Conde de Floridablanca |
En estas últimas décadas del XVIII existe un deseo consciente de hacer españoles, de unir a los viejos reinos en una única comunidad cívica atada con los sólidos lazos del amor patrio. Pero es un nacionalismo que no habla de raza, lengua y cultura, sino de amor a las leyes y felicidad común. Y tiene éxito. Nunca ha estado España más unida. Hay un verdadero nacionalismo español, manifiesta el historiador Luis Iñigo Fernández.
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miércoles, 28 de marzo de 2018
Idea de progreso.
El más profundo y quizás único significado de progreso está construido a partir de la conjunción de dos creencias íntimamente ligadas, que “el tiempo está de nuestra parte” y que “somos nosotros quienes hacemos que las cosas sucedan”, dice Zygmunt Bauman. Ambas creencias viven y mueren juntas, y siguen vivas en tanto aquellos que ostentan el poder de hacer que las cosas sucedan las confirmen a diario con sus acciones. Como lo expresara el político francés Alain Peyrefitte, “el único recurso capaz de transformar un desierto en la tierra de Canaán es la
confianza mutua de los miembros de una sociedad y la confianza de todos en el futuro compartido que les espera”. Todas esas otras cosas que nos gustaría decir o escuchar acerca de la esencia de la idea de progreso no son más que un comprensible pero engañoso y fútil esfuerzo por ontologizar ese sentimiento de confianza en uno y en los demás.
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| Alain Peyrefitte |
Si la confianza en uno mismo, la tranquilizadora sensación de tener control del presente, es el único sustento sobre el que se asienta la confianza en el progreso, no es raro que en nuestros tiempos esta última sea vacilante e inestable, observa Zygmunt Bauman.
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