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sábado, 21 de agosto de 2021

En las últimas décadas del XVIII existía un deseo consciente de hacer españoles

                                El juramento de Carlos III como canónigo honorario de Barcelona

Bajo Carlos III (1759-1788), ministros como Pedro Rodríguez, conde de Campomanes, José Moñino, conde de Floridablanca, Gaspar Melchor de Jovellanos o el conde de Aranda abordarán con energía el proyecto de nacionalización del Estado. Reciben atención los símbolos. Ven la luz el himno y la bandera nacional. Las academias, fundadas décadas antes, se entregan a la tarea de fijar los cánones de una cultura nacional, definiendo la lengua que el pueblo debía hablar y cómo debía hacerlo, desenterrando las raíces del pasado común, y haciendo del arte el instrumento de su difusión. Las historias de la literatura rastrean la originalidad del alma hispana en cuanto se ha publicado en los siglos precedentes; sus clásicos se reimprimen una y otra vez; el teatro siembra patriotismo escogiendo temas y protagonistas en la historia de España, desde Ataúlfo a Guzmán el Bueno, desde Numancia a Pelayo. Se siembra, dice Luis Iñigo Fernández, entre los españoles una historia que olvida las diferencias y exalta lo compartido, que une en lugar de dividir.

Conde de Floridablanca

En estas últimas décadas del XVIII existe un deseo consciente de hacer españoles, de unir a los viejos reinos en una única comunidad cívica atada con los sólidos lazos del amor patrio. Pero es un nacionalismo que no habla de raza, lengua y cultura, sino de amor a las leyes y felicidad común. Y tiene éxito. Nunca ha estado España más unida. Hay un verdadero nacionalismo español, manifiesta el historiador Luis Iñigo Fernández.

viernes, 3 de marzo de 2017

La locura del tiempo no es una necesidad fatal.

Los sucesos temporales no tienen poder alguno sobre ti mientras tú te niegues a participar en ellos; la locura del tiempo no es una necesidad fatal en tanto mantengas tu lucidez. Y hasta la peor de tus vivencias, las humillaciones aparentes, los reveses del destino, sólo los sientes en la medida en que eres débil frente a ellos, pues ¿quién sino tú mismo les confiere valor y peso, les transmite placer y dolor? Nada puede exaltar y humillar tu “yo” sino tú mismo.
Montaigne 
Aun la presión más fuerte del exterior cede con facilidad frente a quien internamente se mantiene firme y libre. Siempre, y en especial cuando el individuo en particular se siente acosado en su paz espiritual y en su libertad, la palabra y el sabio consejo de Montaigne representan una bendición, pues en tiempos de confusión y de partidismos nada nos protege mejor que la rectitud y la humanidad.

Los sucesos temporales no tienen poder alguno sobre ti mientras tú te niegues a participar en ellos

en tiempos de confusión y de partidismos nada nos protege mejor que la rectitud y la humanidad