Derek, desde Canberra, escribía que “no creo que tengamos que preocuparnos mucho durante varias décadas más. Sobre el papel, China e India son centros de poder, pero la mayoría de sus ciudadanos ni siquiera disponen de alcantarillado o electricidad”. Barfiller añadía que no hay que olvidar “otros aspectos de las economías emergentes como conflictos fronterizos; conflictos sobre acceso al agua y otros recursos; patentes y derechos de propiedad intelectual; diferencias étnicas, religiosas e ideológicas; diversidad cultural; disputas históricas y guerras, etcétera. No será todo maravilloso para las naciones recién desarrolladas”. David, desde Vermont, advertía de que era necesario tener en cuenta “la distribución de la riqueza dentro de las poblaciones de esos países. La diferencia entre la “riqueza” del chino medio y sus privilegiados camaradas del partido es, en mi opinión, una brecha insalvable (como se ve en India)”.
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miércoles, 4 de junio de 2025
No será todo maravilloso para las naciones recién desarrolladas
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martes, 10 de enero de 2023
Vivir cerca de personas cuya condición representa un reproche ético permanente es una fuente de incomodidad incluso para los ricos
Escribe Tony Judt que “hay numerosos indicios que demuestran que incluso quienes están bien situados en las sociedades desiguales serían más felices si la brecha que los separa de la mayoría de sus conciudadanos se redujera de forma significativa. Desde luego, se sentirían más seguros. Pero no sólo es una cuestión de egoísmo, vivir cerca de personas cuya condición representa un reproche ético permanente es una fuente de incomodidad incluso para los ricos. El egoísmo resulta incómodo aun para los egoístas. De ahí el auge de las comunidades cerradas, los privilegiados no quieren que se les recuerden sus privilegios, si éstos tienen connotaciones moralmente dudosas. Desde luego, cabría sostener que después de tres décadas de inculcar el egoísmo, los jóvenes ya no son tan sensitivos. Pero no lo creo. El perenne deseo de la juventud de hacer algo útil o bueno está arraigado en un instinto que no hemos logrado eliminar”.
“Las poblaciones que experimenten una creciente inseguridad económica y física se refugiarán en los símbolos políticos, los recursos legales y las barreras físicas que sólo un Estado territorial puede garantizar. Esto ya está ocurriendo en muchos países, no hay más que ver la atracción cada vez mayor del proteccionismo en la política estadounidense y de los partidos “antiinmigrantes” en toda Europa occidental; la petición en todas partes de que se establezcan muros, barreras y pruebas. Los flujos de capital internacional siguen eludiendo las regulaciones políticas internas. Sin embargo, los salarios, jornadas laborales, pensiones y todo lo que importa a la población trabajadora sigue negociándose, y disputándose, localmente. Con las tensiones derivadas de la globalización y las crisis que la acompañan, el Estado tendrá que intervenir cada vez más para resolver conflictos. Al ser la única institución que se encuentra entre los individuos y los actores no estatales, como los bancos y las corporaciones internacionales, la única instancia reguladora que ocupa el espacio entre los órganos transnacionales y los intereses locales, es probable que el Estado territorial acreciente su importancia política. Es revelador que, en Alemania, los demócrata-cristianos hayan abandonado calladamente su breve entusiasmo por el mercado en favor de una identificación popular con el Estado social de mercado como garantía contra los excesos de las finanzas globalizadas. Quizá sea ahora el Estado la principal institución intermedia entre ciudadanos inseguros e indefensos, por un lado, e indiferentes órganos internacionales y corporaciones que no responden ante nadie, por otro. Y el Estado democrático conserva una legitimidad única a ojos de sus ciudadanos. Es el único que responde ante ellos, y ellos ante él”, escribe Judt.
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miércoles, 29 de enero de 2020
Las transformaciones de una economía se producen rápidamente, pero los cambios sociales no suceden a la misma velocidad
Hoy, con un desempleo elevado los gobiernos intentan reducir el coste del trabajo para las empresas, y si hay menos gente trabajando hay menos nóminas para gravar. Los riesgos políticos que entraña hacer pagar a cada votante por servicios de los que sólo se van a beneficiar algunos (los desempleados, los ancianos, los enfermos) son altos, aunque no tan altos como no proporcionar esos servicios, pues los impedidos, los mayores y los desempleados también son votantes. Ahora hay una tercera opción, reducir las prestaciones y ajustar el desempleo y otros pagos compensatorios de acuerdo con las cotizaciones (y la renta) de la persona y su disposición a buscar y aceptar un trabajo si lo encuentra. Ahora se dice que ésta es la política social apropiada para una economía global, penaliza la negativa a aceptar un trabajo en las condiciones presentes, reduce los costes de las empresas y limita la deuda del Estado. El resultado de esta tercera vía sólo puede ser mayor pobreza, una brecha creciente entre los que tienen trabajo estable y los que no lo tienen, y cada vez más hombres y mujeres excluidos de la comunidad trabajadora que tiene un sueldo y paga impuestos, y que comprensiblemente los mira con temor y recelo. Éstos son los perdedores, los descualificados, los no cualificados, los trabajadores a tiempo parcial, los inmigrantes, los desempleados, que son vulnerables porque han perdido las formas relacionadas con el trabajo de afiliación institucional, apoyo social y solidaridad ocupacional que en su tiempo caracterizaron al proletariado industrial, escribe el profesor Tony Judt.
Y añade Tony Judt que es irrealista en extremo esperar que la gente cambie de habilidades y de hogar cada vez que lo dictan las fuerzas del mercado. Las transformaciones de una economía pueden producirse muy rápidamente, pero los cambios sociales que las acompañan no suceden a la misma velocidad. Es la brecha entre el cambio económico y el ajuste social, una brecha que ya dura media generación y que probablemente permanecerá durante los próximos años, lo que está causando el presente dilema y se ha convertido, por analogía con la gran Cuestión Social del siglo XIX, en el problema crucial de nuestro tiempo.
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martes, 5 de febrero de 2019
Los países europeos son herederos de una civilización.
Durante los preparativos para la intervención en Irak resultaba curioso comprobar hasta qué punto se asemejaba la opinión pública de cada país europeo. Esta similaridad se hizo evidente al margen de las posturas contradictorias de los Gobiernos, los ciudadanos españoles e italianos compartían la opinión de los alemanes y los franceses, e incluso los británicos mostraban una débil adhesión a la causa de la guerra. La crisis ponía pues en evidencia una brecha existente desde hacía ya algún tiempo, el gran contraste entre los desacuerdos de los políticos y el fácil entendimiento de los ciudadanos. Los primeros, cuando debaten sobre las instituciones europeas, dan la impresión de que lo que pretenden por encima de todo es no perder ninguna parcela del poder. Los segundos, sobre todo cuando son jóvenes, cruzan las fronteras sin darse cuenta, pasan con gran facilidad de una capital a otra y les parece de lo más natural sentarse a la mesa entre una finlandesa, una griega, un danés y un austríaco. Los programas Erasmus, pensados para que los estudiantes europeos puedan estudiar fuera de su país de origen, han contribuido en los últimos años a la difusión de esta sensibilidad europea, dice el filósofo e historiador Tzvetan Todorov.
Los países europeos, todos ellos, son herederos de una civilización que se estableció en el continente hace más de veinticinco siglos, en Grecia y posteriormente en Roma. Todos están marcados por la religión cristiana. Todos se han beneficiado de un desarrollo tecnológico común. El continente europeo tiene una característica singular. Desde hace poco, es inconcebible que haya una guerra entre los países que lo constituyen. Este hecho es único en la historia universal.
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martes, 18 de septiembre de 2018
La clase media está desapareciendo.
Donald J. Trump en su libro “Queremos que seas rico” escribía que “los ricos son cada vez más ricos pero ¿qué hay de ti? La clase media está desapareciendo, y una clase media en reducción es una amenaza para la estabilidad de Estados Unidos y para la democracia en el mundo. Queremos que seas rico para que seas parte de la solución y no parte del problema”.
Donald Trump le alarma que los ricos son cada vez más ricos y Estados Unidos fuese cada vez más pobre. Al igual que las capas de hielo en los polos, la clase media está desapareciendo. Estados Unidos está convirtiéndose en una sociedad dividida en dos clases. Este fenómeno, la desaparición de la clase media, es un problema global, pero sucede sobre todo en los países ricos del Grupo de los Ocho (Inglaterra, Francia, Alemania, Japón, entre otros). Alan Greenspan, expresidente de la Junta de la Reserva Federal de Estados Unidos, afirmó: “Como he dicho frecuentemente, esta no es la clase de problema que una sociedad democrática, capitalista, pueda admitir sin tomar cartas en el asunto”. Asimismo, explica que la brecha entre los ingresos de los ricos y el resto de la población estadounidense es tan grande, y crece a tal velocidad, que puede poner en riesgo la estabilidad del capitalismo democrático.
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viernes, 2 de febrero de 2018
Ni los cantos encendidos de la lírica, ni las honduras filosóficas van a producir la desaparición de la religión.
Escribe el profesor Angel Cristobal Montes que en todo momento, por encima o por debajo de la poesía, la filosofía y la ciencia, la religión, esa particular relación de la criatura humana con Dios o, rectius, con la idea de Dios, se halle presente, condicionando grandemente todo lo que atañe al hombre y a su proyección vital en todos los órdenes, hasta el punto de que cuando debeladoramente se proclama “Dios ha muerto” (Nietzsche), de inmediato se señale que, pese a ello, “su lugar le ha sobrevivido” (Bloch). Y es que por más que, en palabras de Hegel, “el hombre va negando a Dios en la medida en que se afirma a sí mismo”, algo que, parece, debería producir una especie de disolución de Dios
en las cosas o, si se prefiere, una suerte de dulce e inane panteísmo, lo cierto es que ni los cantos encendidos de la lírica, ni las honduras filosóficas, ni los prodigios de la ciencia han producido ni parece vayan a producir el apartamiento y menos la desaparición de la religión, porque el hombre continua teniendo abierta la brecha del dolor y la insatisfacción anímicos, quizá, en el sentir de Kant, en razón de que “Dios existe debería significar, expresado con mayor precisión, algo existente es Dios”.
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