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martes, 2 de junio de 2026

La única cuestión que interesa

Manuel Fraijó

No se puede entender que la trascendencia del ser humano acabe definitivamente con la muerte. Es como pensaba Johann Gottlieb Fichte. El profesor de filosofía de la religión en la UNED, Manuel Fraijó, explica muy bien su sentir: “Fichte pensaba que el hombre no puede estar destinado a ser un mero “portador de fardos.” Como Kant, Fichte auguraba al hombre una paz perpetua. Se resistía a que “la vida consista en comer y beber, para volver luego a tener hambre y sed y poder de nuevo comer y beber hasta que se abra ante mis pies el sepulcro y me trague, y ser yo mismo alimento que brota del suelo. No me resigno a que todo gire en torno a engendrar seres semejantes para que también ellos coman y beban y mueran y dejen detrás de sí otros seres que hagan lo mismo que yo hice”. “No es necesario acumular trazos patéticos de la vida como el que nos ofrece Fitche. Pero sería fácil hacerlo. Mircea Eliade evoca el terror de la historia. Y Bloch se rebelaba, “por dignidad personal”, contra la sangrante evidencia de que el hombre acaba igual que el ganado”.Cuentan que cuando Paul de Man estaba en su lecho de muerte, rodeado de alumnos, todos ellos estructuralistas que no dejaban de hablar del estructuralismo, de repente dijo: “¡No puedo más! La única cuestión que interesa es saber si existe o no Dios”.
Parece claro entonces que el fantasma del absurdo acecha y que a veces se impone. Es entonces cuando para muchos la vida aparece carente de todo sentido. Según Paul Tillich a ello contribuye lo que él llama la ‘falta de profundidad‘, es decir, una existencia en la que no hay ninguna clase de espiritualidad y que se vive sin esperanza. Una sociedad en la que impera el reino de la banalidad, el “cinismo de la obviedad”, que carece incluso de capacidad de asombro y que se resiste a reconocer con humildad que todo lo que nos rodea nos supera absolutamente porque es en realidad un enorme misterio.

viernes, 2 de febrero de 2018

Ni los cantos encendidos de la lírica, ni las honduras filosóficas van a producir la desaparición de la religión.


Escribe el profesor  Angel Cristobal Montes que en todo momento, por encima o por debajo de la poesía, la filosofía y la ciencia, la religión, esa particular relación de la criatura humana con Dios o, rectius, con la idea de Dios, se halle presente, condicionando grandemente todo lo que atañe al hombre y a su proyección vital en todos los órdenes, hasta el punto de que cuando debeladoramente se proclama “Dios ha muerto” (Nietzsche), de inmediato se señale que, pese a ello, “su lugar le ha sobrevivido” (Bloch). Y es que por más que, en palabras de Hegel, “el hombre va negando a Dios en la medida en que se afirma a sí mismo”, algo que, parece, debería producir una especie de disolución de Dios
en las cosas o, si se prefiere, una suerte de dulce e inane panteísmo, lo cierto es que ni los cantos encendidos de la lírica, ni las honduras filosóficas, ni los prodigios de la ciencia han producido ni parece vayan a producir el apartamiento y menos la desaparición de la religión, porque el hombre continua teniendo abierta la brecha del dolor y la insatisfacción anímicos, quizá, en el sentir de Kant, en razón de que “Dios existe debería significar, expresado con mayor precisión, algo existente es Dios”.