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lunes, 27 de julio de 2026

La unión entre madre e hijo

Cuenta Rosa Corazón, doctora en derecho y profesora, que la unión, la comunicación entre una madre y el hijo que amamanta, después de tenerlo dentro de si durante nueve meses, es única; pero no sólo durante el tiempo que le da el pecho, durante la lactancia, sino ya para siempre. La figura y el trato con el padre es esencial para el buen desarrollo del hijo, aunque, evidentemente, el padre no le dé de mamar; pero sí, otras muchas cosas…


martes, 3 de febrero de 2026

Yo soy un puntito del gran universo de planetas y estrellas


Escribe Leo J. Trese: “Pienso que hay cerca de 5.000 millones de personas en el mundo. Yo soy un puntito en un diminuto planeta del gran universo de planetas y estrellas. Mi mente humana casi se rebela ante la idea de que estoy tan íntimamente presente en la idea de Dios, de que soy el objeto tan exclusivo de su atención y de su amor como si fuera la única criatura que Él hubiera creado.”


jueves, 22 de diciembre de 2022

Tribunal de Derecho, no de moralidad

Escribe Ian McEwan en su novela La ley del menor: “Este tribunal es un tribunal de Derecho, no de moralidad, y nuestra tarea ha consistido en buscar, y nuestro deber es aplicar después, los principios pertinentes de la ley a la situación que analizamos y que es única”.

viernes, 29 de diciembre de 2017

La Marsellesa.


El autor de la Marsellesa no fue en rigor de verdad ni poeta ni compositor. Fue oficial técnico del ejército francés y prestaba servicio en Estrasburgo. Cierto día llegó la noticia de que Francia había declarado la guerra a los reyes europeos en nombre de la libertad. Al instante, toda la ciudad cayó en una embriaguez de entusiasmo. Por la tarde de ese mismo día, el alcalde ofreció a los oficiales del ejército un banquete. Y como por azar supo que Rouget de Lisle poseía talento para componer versos fáciles y fáciles de comprender, propúsole que compusiera a la ligera una marcha-canción para las tropas que debían dirigirse al
Rouget de Lisle
frente. Rouget de Lisle prometió hacer lo mejor posible. El banquete duró hasta muy pasada la medianoche, y entonces Rouget de Lisle volvió a su aposento. Muchas palabras de los discursos guerreros revoloteaban todavía dentro de su cabeza, frases aisladas, como le jour de gloire est arrivé o allons, marchons. Apenas hubo llegado a su casa, se sentó y bosquejó unas cuantas estrofas, a pesar de que nunca había sido un poeta cabal. Luego sacó su violín del armario y ensayó una melodía para acompañar aquellas palabras, a pesar de que nunca había sido un compositor de verdad. A la mañana siguiente llevó al alcalde, la canción creada que, sin modificación alguna, sigue siendo al cabo de siglo y medio, el himno de Francia. Sin saberlo, y sin proponérselo, un hombre perfectamente mediocre había creado, en virtud de una inspiración única, una de las poesías y una de las melodías inmortales del mundo. O, para ser más exacto, no fue él precisamente quien producía ese milagro, sino que lo fue el genio de la hora, pues, a partir de aquel instante, nunca más logró un poema de verdad, ni melodía real alguna. Fue una inspiración única, que había elegido por órgano a un hombre cualquiera por perfecta casualidad.