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martes, 1 de septiembre de 2020

La república francesa evita el culto a los Padres Fundadores




A diferencia de Estados Unidos, y de los estados latinoamericanos, la República Francesa evita el culto a los Padres Fundadores. Prefiere símbolos de carácter general e incluso se abstiene de usar temas que hagan referencia al pasado nacional. Los símbolos son escasos: la tricolor (democratizada y universalizada en el fajín del alcalde, presente en todos los matrimonios civiles u otras ceremonias), el monograma republicano (RF) y el lema (libertad, igualdad, fraternidad), la “Marsellesa”, y el símbolo de la república y de la libertad misma, que, al parecer, tomó forma en los últimos años del segundo imperio, Marianne.


La historia anterior a 1789 (con la posible excepción de "nos ancétres les Gaulois") recordaba a la Iglesia y la monarquía, pero también a que la historia posterior a 1789 fue en realidad una fuerza divisoria en lugar de unificadora. Cada tipo, cada grado, de republicanismo tiene sus propios buenos y malos en el panteón revolucionario.

viernes, 29 de diciembre de 2017

La Marsellesa.


El autor de la Marsellesa no fue en rigor de verdad ni poeta ni compositor. Fue oficial técnico del ejército francés y prestaba servicio en Estrasburgo. Cierto día llegó la noticia de que Francia había declarado la guerra a los reyes europeos en nombre de la libertad. Al instante, toda la ciudad cayó en una embriaguez de entusiasmo. Por la tarde de ese mismo día, el alcalde ofreció a los oficiales del ejército un banquete. Y como por azar supo que Rouget de Lisle poseía talento para componer versos fáciles y fáciles de comprender, propúsole que compusiera a la ligera una marcha-canción para las tropas que debían dirigirse al
Rouget de Lisle
frente. Rouget de Lisle prometió hacer lo mejor posible. El banquete duró hasta muy pasada la medianoche, y entonces Rouget de Lisle volvió a su aposento. Muchas palabras de los discursos guerreros revoloteaban todavía dentro de su cabeza, frases aisladas, como le jour de gloire est arrivé o allons, marchons. Apenas hubo llegado a su casa, se sentó y bosquejó unas cuantas estrofas, a pesar de que nunca había sido un poeta cabal. Luego sacó su violín del armario y ensayó una melodía para acompañar aquellas palabras, a pesar de que nunca había sido un compositor de verdad. A la mañana siguiente llevó al alcalde, la canción creada que, sin modificación alguna, sigue siendo al cabo de siglo y medio, el himno de Francia. Sin saberlo, y sin proponérselo, un hombre perfectamente mediocre había creado, en virtud de una inspiración única, una de las poesías y una de las melodías inmortales del mundo. O, para ser más exacto, no fue él precisamente quien producía ese milagro, sino que lo fue el genio de la hora, pues, a partir de aquel instante, nunca más logró un poema de verdad, ni melodía real alguna. Fue una inspiración única, que había elegido por órgano a un hombre cualquiera por perfecta casualidad.