Escribe Francesco Alberoni (sociólogo, periodista y catedrático de Sociología italiano) que “cuando ambos enamorados quieren el hijo, éste nace deseado y se convierte en un nuevo polo de amor. Y bien, aun en esta situación el enamoramiento termina. Es difícil admitirlo. Sin embargo, existe una sabiduría popular y antigua que dice que un hijo consolida el amor, pone remedio a un amor en peligro. Amor, no enamoramiento. En efecto, el hijo se convierte en el objeto de amor de ambos. Se enamoran al mismo tiempo de él. Su relación en adelante depende de la existencia de un tercero, no ya sólo de ellos dos. La pretensión egoísta y absoluta de su personalidad individual da paso no a las pretensiones también individualistas de la otra personalidad individual, sino a favor de una tercera. Ya ninguno es absolutamente esencial para el otro, ninguno es ya el dios del otro. Ambos se pliegan a la adoración de un dios naciente externo a ellos. Y si entre ellos nace un disentimiento, una desatención, cada uno puede encontrar refugio en el hijo. Sobre todo la madre, que lo ha llevado en ella, que lo nutre, que constituye, al menos en los primeros meses, el objeto absoluto del niño. En realidad el nacimiento de un hijo es, para la madre, casi siempre un verdadero enamoramiento. Todo su interés, todas sus ansias se dirigen al niño. La nueva exclusividad es incompatible con la vieja. Antes que el complejo de Edipo, lo que domina la escena familiar es el complejo de Layo, la envidia del padre por el hijo o, mejor, por la pareja madre-hijo que reemplaza, como pareja absoluta, a la que forman él y ella. El nacimiento del hijo, el amor por el hijo, por eso, fortalece la unión, estabiliza el amor.

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