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miércoles, 11 de junio de 2025

Donde se queman libros, al final también se quema a gente

El 10 de mayo de 1933 los universitarios alemanes organizaron procesiones de antorchas por todo el país y quemaron veinticinco mil libros considerados antigermánicos, entre ellos los del poeta Heinrich Heine, un judío convertido al cristianismo. En su obra de teatro Almansor de 1821, Heine escribió: «Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen», donde se queman libros, al final también se quema a gente.
No es posible representar campos de exterminación. Las películas y las fotografías existen como registros documentales del horror, pero no pueden ser arte. Es interesante señalar que en el Atlas de Gerhard Richter, entre los cientos de fotografías que recopila durante años hay tomas de los campos de exterminación, de lo que describió como “imposible de pintar”. Richter, que es trece años mayor que Kiefer, tiene recuerdos específicos de la guerra. Kiefer no tiene ninguno. No fue participante sino heredero de los crímenes de los progenitores, especialmente de los padres; tanto él como su generación fueron producto de las secuelas de Alemania, un país que los bombardeos habían reducido a escombros y que estaba habitado por ciudadanos que eran incapaces de hablar de su pasado nazi, escribe Siri Hustvedt.

sábado, 23 de septiembre de 2023

Los políticos colocan sus estereotipos en la televisión, donde los repiten incluso quienes desean discrepar

Los políticos colocan sus estereotipos en la televisión, donde los repiten incluso quienes desean discrepar. La televisión dice desafiar el lenguaje político aportando imágenes, pero la sucesión de un plano a otro puede llegar a dificultar una visión nítida. Todo ocurre deprisa, escribe Timothy Snyder, pero en realidad no ocurre nada. En el periodismo de televisión, cada noticia siempre es de última hora, hasta que es desplazada por la siguiente. De modo que sentimos el embate de las olas, pero nunca vemos el mar. El esfuerzo para definir la forma y la relevancia de los acontecimientos requiere palabras y conceptos que no somos capaces de recordar cuando estamos embelesados por los estímulos visuales. Ver las noticias por televisión a veces es poco más que mirar a alguien que también está viendo una imagen. Tenemos asumido que ese trance colectivo es normal. Poco a poco hemos ido cayendo en él.

En la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, publicada en 1953, los bomberos se dedican a buscar y quemar libros mientras la mayoría de los ciudadanos ven televisión interactiva. En 1984, de George Orwell, publicada en 1949, los libros están prohibidos y la televisión es bidireccional, lo que permite al Gobierno observar constantemente a los ciudadanos. El lenguaje de los medios visuales está sumamente limitado, a fin de privar al público de los conceptos necesarios para pensar sobre el presente, recordar el pasado, y considerar el futuro. Uno de los proyectos consiste en ir limitando más y más el lenguaje por el procedimiento de ir eliminando palabras con cada nueva edición del diccionario oficial.

domingo, 5 de agosto de 2018

El verbo que era preciso destruir se quemó con la sotana.

Torrelameu
El sacerdote Antoni Mateu, hijo de Juneda, provincia de Tarragona, era un párroco joven. En julio de 1936 ejercía su ministerio en Torrelameu. Durante los primeros días de la revolución, los miembros del “comité republicano” quemaron la iglesia y profanaron las tumbas del cementerio. 


A finales de julio, los milicianos fueron a detener a mosén Mateu. No hubo escenas de tortura. Sólo procedieron a escenificar un cuadro singular. Antes de trasladarle al lugar
del crimen, le obligaron a quitarse la sotana y la quemaron delante de todos los vecinos congregados expresamente en la plaza del pueblo. Matando al sacerdote sólo conseguían matar a la persona, con la destrucción pública de la sotana abolían todo lo que representaba, un modelo social, una doctrina religiosa, la idea de un poder trascendente. No existió engaño ni camuflaje. No buscaban armas, ni que pisoteara un crucifijo. No forzaron que apostatara ni lo sometieron a tortura. Lo convirtieron en la víctima anónima ideal. El verbo que era preciso destruir se quemó con la sotana públicamente, bajo el fuego purificador.