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martes, 18 de febrero de 2025

Neolengua

El término neolengua fue acuñado por el escritor británico George Orwell, quien en su novela 1984 lo introdujo para dar cuenta de uno de los instrumentos de que se sirve el poder para modelar la mente de los ciudadanos. Con un sentido de la anticipación que habla bien a las claras del alcance de su genio visionario (la novela se publicó en 1949), Orwell comprendió que en el mundo que se avecinaba cualquier forma de opresión que aspirara a lograr un control absoluto sobre la conciencia de las masas debería hacerlo a través de la manipulación del lenguaje.Un fragmento de la novela ilustra con nitidez esta tesis. Dirigiéndose a Winston, un personaje que trabaja en la elaboración de la neolengua le hace notar: “No aprecias la nueva lengua en lo que vale, Winston. Piensas en vieja lengua hasta cuando escribes. No comprendes la belleza de la destrucción de las palabras. ¿No ves que el objetivo final de la nueva lengua es reducir el alcance del pensamiento? Al final conseguiremos que el crimen del pensamiento sea literalmente imposible, porque no habrá palabras con las que expresarlo. Todos los conceptos necesarios se expresarán exactamente con una palabra cuyo significado estará rígidamente definido y cuyos significados subsidiarios se habrán borrado y olvidado. Cada año habrá menos palabras y el rango de la conciencia será cada vez más pequeño”.
La neolengua consiste, primeramente y ante todo, en la supresión masiva de palabras para, en un estadio subsiguiente, alcanzar una simplificación tal del pensamiento que haga imposible cualquier desviación de la ortodoxia. Este proceso de amputación se adjetiva, además, como “bello”, con lo que ingresamos en el terreno de la barbarie. Pues bárbaro no es sino aquél que se afirma a través de la destrucción.Una vez eliminadas las palabras, el resultado natural es una limitación del pensamiento. A menor cantidad de palabras, menor número de ideas susceptibles de ser puestas en circulación, sencillamente porque no llegan a ver la luz y mucho menos a articularse a través de una secuencia coherente. De ese modo, sin necesidad de coacciones explícitas, surge un individuo incapaz de pensar por sí mismo, sometido a las directrices del poder no sólo en su conducta, sino en su intimidad más sagrada, en su acervo de creencias y valores y hasta en sus sentimientos personales; es decir, en aquello que fundamenta su ser. Es éste un sometimiento que el sujeto interioriza hasta el punto de operar en él de un modo instintivo, como un reflejo condicionado. 


sábado, 23 de septiembre de 2023

Los políticos colocan sus estereotipos en la televisión, donde los repiten incluso quienes desean discrepar

Los políticos colocan sus estereotipos en la televisión, donde los repiten incluso quienes desean discrepar. La televisión dice desafiar el lenguaje político aportando imágenes, pero la sucesión de un plano a otro puede llegar a dificultar una visión nítida. Todo ocurre deprisa, escribe Timothy Snyder, pero en realidad no ocurre nada. En el periodismo de televisión, cada noticia siempre es de última hora, hasta que es desplazada por la siguiente. De modo que sentimos el embate de las olas, pero nunca vemos el mar. El esfuerzo para definir la forma y la relevancia de los acontecimientos requiere palabras y conceptos que no somos capaces de recordar cuando estamos embelesados por los estímulos visuales. Ver las noticias por televisión a veces es poco más que mirar a alguien que también está viendo una imagen. Tenemos asumido que ese trance colectivo es normal. Poco a poco hemos ido cayendo en él.

En la novela Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, publicada en 1953, los bomberos se dedican a buscar y quemar libros mientras la mayoría de los ciudadanos ven televisión interactiva. En 1984, de George Orwell, publicada en 1949, los libros están prohibidos y la televisión es bidireccional, lo que permite al Gobierno observar constantemente a los ciudadanos. El lenguaje de los medios visuales está sumamente limitado, a fin de privar al público de los conceptos necesarios para pensar sobre el presente, recordar el pasado, y considerar el futuro. Uno de los proyectos consiste en ir limitando más y más el lenguaje por el procedimiento de ir eliminando palabras con cada nueva edición del diccionario oficial.

miércoles, 4 de julio de 2018

Rebelión en la granja y 1984.


Probablemente no haya unas obras literarias del período de la inmediata posguerra más importantes para la formación de la postura ante la Unión Soviética en los albores de la Guerra Fría que las dos novelas distópicas de George Orwell, Rebelión en la granja y 1984. 

Orwell se había sentido profundamente escandalizado por lo que había visto en España durante la guerra civil que era la intolerancia estalinista de cualquier desviación de las rígidas
Pacto Hitler-Stalin de 1939. 
líneas del partido. Su anticomunismo se había intensificado a raíz del Pacto Hitler-Stalin de 1939. Y cuando Stalin se convirtió en aliado de Gran Bretaña tras la invasión alemana de 1941, Orwell se sintió horrorizado de que “ese repugnante asesino esté temporalmente de nuestro lado, y de ese modo se olviden de repente las purgas”. Debido a la alianza forjada durante la guerra con la URSS, los editores rechazaron la tremenda sátira de la aparición de la dictadura de Stalin que es Rebelión en la granja cuando la obra quedó terminada en 1944. Finalmente apareció con gran éxito al año siguiente, una vez acabada la guerra en Europa,
reflejando la nueva atmósfera de la Guerra Fría e influyendo en ella. Aún más influyente fue la espeluznante visión futurista de lo que podía significar semejante dictadura para la libertad individual y la tolerancia política expresada en su novela 1984, publicada en 1949 en un momento en el que la Europa del este ya había caído en las garras de la dominación soviética.


lunes, 22 de enero de 2018

El historiador representa la memoria organizada de la humanidad, y esa memoria, como historia escrita, es enormemente maleable.

Don Julian Herranz.
Don Julian Herranz escribe que para valorar un período de la historia, hay que situarse a cierta distancia cronológica y crítica. Esto garantiza una mayor frialdad intelectual y una menor emotividad en el sujeto que enjuicia, aunque al mismo tiempo haya que acercarse lo más posible al conjunto de circunstancias sociales, políticas y culturales en que se produjeron los acontecimientos, para intentar comprenderlos. A pesar de todo, siempre resulta difícil ser objetivo, ya decía Unamuno que él no podía dar juicios objetivos, porque era un sujeto y no un objeto. Un ejemplo de distancia demasiado corta: en la Divina Comedia, Dante sitúa en el infierno a Celestino V, el eremita del monte Morrone elegido Papa, por su gran rechazo a ese pontificado. Sin embargo, hoy le veneramos como san Celestino V.


La tarea esencial del historiador consiste en mantener completo el archivo humano; pero ésta es, verdaderamente, una simple y engañosa declaración de propósitos. Dice Wright Mills que el historiador representa la memoria organizada de la humanidad, y esa memoria, como historia escrita, es enormemente maleable. Cambia, algunas veces radicalmente, de una generación de historiadores a otra, y no sólo porque una investigación más detallada aporte al archivo hechos y documentos nuevos, sino que cambia también porque cambian los puntos de interés y el armazón dentro del cual el archivo se ordena.
No necesitamos la proyección imaginativa de George Orwell para saber cuán fácilmente puede falsearse la historia en el proceso de su constante reelaboración, aunque su 1984 lo señaló dramáticamente y, esperémoslo, asustó con razón a algunos historiadores.