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martes, 19 de mayo de 2026

La existencia de un mercado que permite a los hombres comprar el consentimiento sexual refleja la desigualdad entre los sexos

Las feministas victorianas solían censurar la prostitución, pero entendían que la implicación voluntaria de las mujeres en ella casi siempre se debía a una necesidad económica; en una sociedad que restringía seriamente el acceso de la mujer a otras formas de trabajo, con frecuencia era “la industria mejor pagada”. (También sabían que la participación de algunas mujeres y niñas no era voluntaria, la coerción y la trata existían entonces tanto como ahora). Pero para algunas feministas de clase media la existencia de este comercio también era una expresión evidente de misoginia, cuyas formas más refinadas impregnaban sus relaciones con los hombres. La líder activista Josephine Butler dijo, dirigiéndose a los hombres de su clase social: “No podéis honrarnos a nosotras mientras seguís arrastrando a nuestras hermanas al fango. Si sois injustos y crueles con ellas, seréis injustos y crueles con nosotras”. Las feministas que se oponen a la prostitución hoy en día han hecho un análisis similar de su funcionamiento como institución económica y social. Afirman que la existencia de un mercado que permite a los hombres comprar el consentimiento sexual (es decir, pagar por mantener relaciones sexuales que la otra parte no decidiría practicar sin cobrar nada a cambio) refleja y refuerza la desigualdad entre los sexos, y socava el principio según el cual el sexo debería ser un intercambio basado en el deseo mutuo. Muchas feministas a favor de estos argumentos apuestan por el “modelo nórdico” (llamado así porque se aplicó por primera vez en Suecia, y también ha sido adoptado en Noruega e Islandia), que prohíbe por ley comprar servicios sexuales, si bien descriminaliza su venta. El objetivo de esto es transferir las sanciones legales asociadas con el sexo comercial de las prostitutas (principalmente mujeres) a los compradores (abrumadoramente hombres) y reducir la demanda general, como un agente del orden público sueco le dijo una vez a la escritora Kat Banyard, comprar sexo, como el exceso de velocidad, es algo que muchos hombres hacen “porque pueden”, y dejarán de hacerlo si saben que tiene costes legales y sociales. El modelo también incluye disposiciones para dar apoyo a las personas que trabajan en la prostitución y, si lo desean, permitirles salir de ella. Los estudios sugieren que muchas quieren salir, pero que a menudo se enfrentan a obstáculos que abarcan desde problemas de drogadicción hasta la dificultad de encontrar otro empleo con una condena penal a cuestas por ofrecer servicios sexuales.


Referencia: Feminismo (Deborah Cameron).

viernes, 20 de mayo de 2022

La devoción a la santa muerte va unida a la delincuencia y a la maldad

En declaraciones a ACI Prensa, el P. Hugo Valdemar, que durante 15 años fue director de comunicaciones de la Arquidiócesis Primada de México, indicó que “la devoción a la “santa muerte”va unida a la delincuencia y a la maldad”. “Se le invoca y se le pide protección a fin de que quien es narcotraficante, secuestrador o ladrón pueda salir protegido, con vida e impune de sus delitos”. “O lo mismo se le pide su ayuda para causar mal a los enemigos, o para lograr fines amorosos como amarres. Todas estas actividades son propias del reino de Satanás”, dijo.

En un operativo realizado durante la noche del 15 de abril, agentes de la Fiscalía General de Justicia (FGJ) y de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) de Ciudad de México ingresaron a una casa en la calle República de Cuba, en el centro de la capital mexicana, que durante 19 meses estuvo en poder de las feministas. La casa era originalmente sede de la Comisión Nacional de Derechos Humanos en Ciudad de México, pero fue tomada a la fuerza por las feministas en septiembre de 2020 bajo el lema “Ni una menos”, supuestamente en defensa de las mujeres mexicanas víctimas de violencia y asesinatos. Al interior de la casa, las autoridades encontraron artefactos explosivos, indumentaria policial robada a los agentes del orden y altares dedicados al culto de la “santa muerte”. Una de las estatuas de la “santa muerte” llevaba en una de sus manos un pañuelo verde, típico de quienes promueven la legalización del aborto.


El P. Valdemar precisó que “la ‘santa muerte’ no es ningún santo o santa”.“La muerte no es una persona, la privación de la vida es producto del pecado original. El ámbito de la muerte es del demonio.”,dijo. “El culto a la “santa muerte” es satanismo, porque en realidad la “santa muerte” no existe, es el demonio mismo, el mentiroso desde siempre, como lo llamaba Jesús, que así engaña a los ignorantes”, añadió. El P. Valdemar advirtió que puesto que la “santa muerte” es el demonio, todo lo relacionado con su culto es satánico y perverso”. El sacerdote mexicano indicó que “es evidente que tras del odio, la violencia, la promoción del aborto y el libertinaje está la acción de Satanás”. “Las feministas buscan destruir la familia a la que llaman patriarcal, tienen un odio enfermo a la figura paterna. Pero resulta que la gran revelación que Jesús hace de Dios es como Padre, y ellas reflejan un odio satánico hacia Dios y las cosas sagradas, y se muestran sedientas de la sangre inocente de los no nacidos. Esto simple y llanamente es satánico”. Para el P. Valdemar, el hallazgo del altar satánico a la “santa muerte” en Ciudad de México “debe ser una seria advertencia para que las mujeres católicas no se dejen engañar por estos grupos”.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Para las feministas la libertad equivale a la desaparición de las costumbres sociales.

Las normas sociales contribuían activamente a perpetuar un patrón de conducta machista. Pero en lugar de sustituir estas normas por otras mejores, destinadas a colocar a hombres y mujeres en igualdad de condiciones, muchas de las primeras feministas cayeron en el mito de la contracultura. Daban por hecho que la existencia de las normas en sí era un síntoma de la sumisión femenina. Para que hombres y mujeres fueran iguales creyeron necesario abolir las normas, no reformarlas. El amor libre debía sustituir al matrimonio. El amor era como una hermosa flor que debía tener libertad para abrirse de manera natural, sin los límites artificiales de la convención social.
La revolución sexual destruyó todas las normas sociales que habían regido las relaciones entre ambos sexos, pero sin sustituirlas por otras nuevas. Lo que dejó fue un vacío absoluto. La consecuencia no fue la liberación, sino el infierno. La ausencia de normas establecidas implicaba que nadie sabía qué esperar de nadie. El tema de ser novios sonaba fatal y nadie se lo planteaba. No se podía preguntar a una chica si quería salir contigo. Podías hablar con ella en una fiesta, llevarla a algún sitio, tomar de todo juntos y al final coronarlo con una sesión de sexo. Lo de “salir” vino después y siempre salpicado de comentarios irónicos como para quitarle importancia.  Muchas feministas habían
descubierto, que el amor libre desembocaba en una explotación sexual femenina. En un principio dieron por hecho que al ser los hombres los opresores, todas las normas que gobernaban las relaciones entre ambos sexos iban necesariamente en beneficio de los hombres. El hecho de que muchas de estas normas existieran precisamente para defender a las mujeres de los hombres fue algo en lo que nadie pareció reparar.

La vieja costumbre de casarse “de penalty” obligaba al hombre a hacerse responsable de los hijos que hubiera tenido. La progresiva desaparición de esta costumbre ha sido uno de los factores que han contribuido a generalizar la feminización de la pobreza en el mundo occidental. De hecho, si pidiéramos a un grupo de hombres que nos contaran su idea de una noche ideal con una mujer, probablemente elegirían algo muy parecido a esas veladas de “amor libre” que nacieron con la revolución sexual. 

Pero todas estas posibilidades se ignoraron en parte debido a la teoría contracultural, que considera a las mujeres como una minoría oprimida y las normas sociales como el mecanismo de opresión. Una vez más, la cosa estaba clara. La única solución válida sería abolir todas las normas. En conclusión, la libertad femenina equivaldrá a la desaparición de las costumbres sociales. Al final, esta fórmula resulta ser un desastre. No sólo defiende una situación inalcanzable como la ideal para conseguir la liberación, sino que crea una tendencia a calificar de apaño o traición la aceptación de reformas que podrían haber mejorado sustancialmente la realidad femenina.


La revolución sexual destruyó todas las normas sociales que habían regido las relaciones entre ambos sexos, pero sin sustituirlas por otras nuevas.