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lunes, 5 de enero de 2026

La democracia tiene muchas debilidades

El sistema democrático tiene muchas debilidades. Por ejemplo, permite que un partido no democrático pueda acceder al poder, con el consiguiente peligro que, una vez instaurado en él haga abolir la democracia existente. También, los sistemas democráticos permiten que, gracias al poder del dinero, (publicidad, presiones económicas, manipulación televisiva, despliegue de panfletos y otras artimañas) cualquier personaje mediocre pueda acceder al poder. Lamentablemente, son muchos los casos en los que el presidente de una nación no es un hombre culto, sabio, con conocimientos humanistas y filosóficos, sino todo lo contrario, un personaje ególatra, inculto y con interés particulares o partidistas. Finalmente, las democracias, poco pueden hacer ante la presión de las multinacionales y los grandes lobbys económicos de presión, que manipulan al ciudadano a través de la televisión o los medios de comunicación, a menudo de su propiedad. Las democracias, en la mayoría de los casos, se encuentran afectadas por mayores o menores grados de corrupción, escribe el periodista Jorge Blaschke en su libro Estos mataron la paz .

miércoles, 28 de agosto de 2024

La consigna de la ideología de género es abolir la familia

La ayuda de la técnica ha llevado a conseguir inseminaciones pagadas con fondos públicos a mujeres lesbianas “porque tienen derecho a ser madres” y están en marcha los vientres de alquiler para los homosexuales con deseos de paternidad. Al margen de la gran cantidad de conflictos éticos y bioéticos que se provocan, que van desde el abandono de miles de embriones humanos, la cosificación del menor como bien de consumo y la utilización de la mujer, la evolución técnica ya ha dado un paso más y se envía semen crionizado para que la mujer pueda iniciar un estado de gestación sin pareja masculina y desde su casa. Lo próximo serán úteros artificiales para sustituir la labor femenina. Algo semejante aparecía en algunas novelas de ciencia ficción dónde la creación de vida, al margen de las personas individuales y las figuras de padre y madre, pertenecía a un ente supraestatal omnipotente, quien creaba seres humanos de forma industrial en úteros artificiales. Si bien aún estamos lejos de los avances tecnológicos en la disgregación de sexo, amor y procreación que aparecían en esas distopías, de lo que no estamos lejos es de los valores éticos y morales de las sociedades que reflejaban. En esas sociedades deshumanizadas, también la muerte estaba en manos de un supraestado que decidía el momento final de esos seres despojados de familia, afectos profundos, lealtades personales y dignidad humana. Entre toda esta maraña de derechos e intereses se olvida el derecho del menor a saber su procedencia, a contar en su formación con referentes de ambos sexos, a disfrutar del afecto y la educación por parte de ambos progenitores. El derecho a que le sea preservado, garantizado o creado un contexto que le facilite la estabilidad psicológica y los beneficios de un entorno lo más biológicamente natural posible y a no ser convertido en moneda de cambio, objeto de deseo o mercancía con código de garantía. Sin embargo, todos los neoderechos se anteponen a ese derecho a una familia natural, a un padre y una madre, que debería ser simplemente lo que siempre ha sido, un hecho, escribe Alicia Rubio.
Afirma María Lacalle, que la consigna de la ideología de género es abolir la familia, porque ahí se vive la masculinidad y la feminidad, la paternidad y la maternidad, porque se busca dejar a los menores (y a los hombres y mujeres adultos) desprotegidos, vulnerables, adoctrinados, carne de la industria del género y a disposición del mejor postor. Se busca destruir la familia, concretamente una, la nuestra. Y es muy probable que muchas personas estén colaborando, sin saberlo, a esta destrucción. No es el caso de muchos activistas de los lobbies, que son perfectamente conscientes de lo que persiguen. Pedimos el derecho a casarnos no como una forma de adherirnos a los códigos morales de la sociedad, sino de desbancar un mito y alterar radicalmente una institución arcaica de la familia. La acción más subversiva que pueden emprender los gays y lesbianas es transformar por completo la noción de familia, manifiesta Michael Signorile, homosexual y escritor.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Para las feministas la libertad equivale a la desaparición de las costumbres sociales.

Las normas sociales contribuían activamente a perpetuar un patrón de conducta machista. Pero en lugar de sustituir estas normas por otras mejores, destinadas a colocar a hombres y mujeres en igualdad de condiciones, muchas de las primeras feministas cayeron en el mito de la contracultura. Daban por hecho que la existencia de las normas en sí era un síntoma de la sumisión femenina. Para que hombres y mujeres fueran iguales creyeron necesario abolir las normas, no reformarlas. El amor libre debía sustituir al matrimonio. El amor era como una hermosa flor que debía tener libertad para abrirse de manera natural, sin los límites artificiales de la convención social.
La revolución sexual destruyó todas las normas sociales que habían regido las relaciones entre ambos sexos, pero sin sustituirlas por otras nuevas. Lo que dejó fue un vacío absoluto. La consecuencia no fue la liberación, sino el infierno. La ausencia de normas establecidas implicaba que nadie sabía qué esperar de nadie. El tema de ser novios sonaba fatal y nadie se lo planteaba. No se podía preguntar a una chica si quería salir contigo. Podías hablar con ella en una fiesta, llevarla a algún sitio, tomar de todo juntos y al final coronarlo con una sesión de sexo. Lo de “salir” vino después y siempre salpicado de comentarios irónicos como para quitarle importancia.  Muchas feministas habían
descubierto, que el amor libre desembocaba en una explotación sexual femenina. En un principio dieron por hecho que al ser los hombres los opresores, todas las normas que gobernaban las relaciones entre ambos sexos iban necesariamente en beneficio de los hombres. El hecho de que muchas de estas normas existieran precisamente para defender a las mujeres de los hombres fue algo en lo que nadie pareció reparar.

La vieja costumbre de casarse “de penalty” obligaba al hombre a hacerse responsable de los hijos que hubiera tenido. La progresiva desaparición de esta costumbre ha sido uno de los factores que han contribuido a generalizar la feminización de la pobreza en el mundo occidental. De hecho, si pidiéramos a un grupo de hombres que nos contaran su idea de una noche ideal con una mujer, probablemente elegirían algo muy parecido a esas veladas de “amor libre” que nacieron con la revolución sexual. 

Pero todas estas posibilidades se ignoraron en parte debido a la teoría contracultural, que considera a las mujeres como una minoría oprimida y las normas sociales como el mecanismo de opresión. Una vez más, la cosa estaba clara. La única solución válida sería abolir todas las normas. En conclusión, la libertad femenina equivaldrá a la desaparición de las costumbres sociales. Al final, esta fórmula resulta ser un desastre. No sólo defiende una situación inalcanzable como la ideal para conseguir la liberación, sino que crea una tendencia a calificar de apaño o traición la aceptación de reformas que podrían haber mejorado sustancialmente la realidad femenina.


La revolución sexual destruyó todas las normas sociales que habían regido las relaciones entre ambos sexos, pero sin sustituirlas por otras nuevas.