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viernes, 16 de junio de 2023

La vida quiere ser, y querer ser es querer no ser la nada

Si el hombre cuando vive y para vivir tiene que manejar las cosas, tiene que comer los frutos, protegerse de la lluvia y, en fin, hacer una porción de cosas; si el hombre, cuando se ocupa y preocupa de las cosas, no tuviese el arranque de afirmar que esas cosas no son la nada, sino algo, el hombre no podría vivir. Justamente el vivir y ocuparse el hombre con las cosas arranca de que él a sí mismo en el fondo de su alma se dice: algo es esto, ¿qué es esto? y se pone en busca del ser. Cuando tropieza con alguna dificultad, cuando encuentra los límites de su acción, cuando ve que su acción no puede llegar a un término completo, sino que hay obstáculos para ella, entonces el hombre siente la angustia y ve ante sí el espectro de la nada; y reacciona contra esa angustia y contra ese espectro de la nada, suponiendo que las cosas son y buscándoles el ser por los medios científicos que tenga a su mano, con el pensamiento, con los aparatos en el laboratorio, etc. Pero ese ser (el ser de las cosas reales, de los objetos ideales, el ser de los valores) todo ese ser que está “en” mi vida, está en mi vida como negación de la nada; surge en mi vida porque la vida no quiere la nada; porque la vida quiere ser, y querer ser es querer no ser la nada. Llegamos aquí a una transformación profunda en el sentido que puede darse a un adagio metafísico cristiano, que es aquel de que “ex nihilo omne ens qua ens fit” (de la nada es de donde nace todo ente en cuanto ente). El ser no sería plenamente existencia, si no estuviese por decirlo así flotando sobre el inmenso abismo de la nada. Porque justamente para salvarse del abismo de la nada, para afirmarse como ser para seguir siendo, para existir como ente, es por lo que el hombre hace todas esas cosas de pensar el ser de las cosas, de discurrir la ciencia, la alimentación, el vestido, la civilización, todo eso, escribe Manuel García Llorente.

domingo, 5 de abril de 2020

Sin Dios nada tendría razón de existir


Instante eterno
Es verdad que de la nada no nace nada, la mera existencia de algo, el mundo, el universo, parece implicar que siempre ha habido algo; que el ser es eterno, increado, tal vez creador, y es a esto a lo que algunos llaman Dios, dice André Comte-Sponville.¿Qué hacía Dios antes de la Creación? Nada, responde san Agustín, pero es que en verdad antes no había nada (pues todo “antes” presupone el tiempo); sólo había el “perpetuo hoy” de Dios, que no es un día (¿con qué sol medirlo, si todo sol depende de Dios?), ni una noche, sino que precede y contiene cada día, cada noche que vivimos, que viviremos, así como todos aquellos días, incontables, que nadie ha vivido. No es la eternidad la que está en el tiempo; es el tiempo el que está en la eternidad. No es Dios el que está en el universo; es el universo el que está en Dios. ¿Creer en Dios? Parece ser lo más natural del mundo. Sin este ser absolutamente necesario, nada tendría razón de existir. Así pues, ¿cómo no habría de existir?



¿Por qué hay algo y no más bien nada? Por Dios, responde Comte-Sponville. Se replicará que esto no elimina la pregunta por la existencia de Dios (¿por qué Dios y no más bien nada?), lo cual es muy cierto. Pero Dios sería ese Ser que responde, desde sí mismo, por sí mismo, en sí mismo, a la pregunta por su propia existencia. Dios es causa de sí, como dicen los filósofos, y este misterio (¿cómo puede un ser ser causa de sí mismo?) es parte de su definición. “Entiendo por causa de sí aquello cuya esencia contiene la existencia, escribe Spinoza, o, dicho de otro modo, aquello cuya naturaleza no puede concebirse sino como existente”. Esto sólo es válido para Dios; esto es Dios mismo. Al menos el Dios de los filósofos. “¿Cómo entra Dios en la filosofía?”, se pregunta Heidegger. Como causa de sí, responde,”El ser del ente, en el sentido de fundamento, no puede concebirse sino cómo causa sui. Este es el concepto metafísico de Dios”.

miércoles, 3 de enero de 2018

Debemos liberarnos de la prisión de los negocios y de la política.

Epicuro opinaba que debemos liberarnos a nosotros mismos de la prisión de los negocios y de la política y añadía que algunos deseos son naturales y necesarios, algunos son naturales pero no necesarios, otros no son naturales ni necesarios, sino sólo debidos a la imaginación enfermiza.