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miércoles, 17 de septiembre de 2025

Maritain acusa a Rousseau

Rousseau
En cuanto a la aureola de santidad que  rodeó a Rousseau, puesta de manifiesto, entre otras expresiones, en las peregrinaciones a su tumba de numerosos admiradores de varios países, Maritain la califica de santidad falsa. “Incapaz de imponerse ante la realidad por medio de ese supremo acto de mando racional sin el cual no existe virtud moral”, él juzga pero no obra. Se contenta con soñar su vida, construyendo en el mundo de las imágenes y de los juicios artísticos “una asombrosa vida de dulzura y bondad, de candor, de simplicidad, de facilidad, de santidad sin clavos y sin cruz”. Desdoblamiento, más que hipocresía; mimetismo de la santidad, le acusa Maritain. Con Rousseau, afirma, nos hallamos en los antípodas de la vida moral y de la santidad. “Al verter en tantas almas el contagio de esta religiosidad pervertida”, prosigue el filósofo francés, Juan Jacobo “ha dado al mundo moderno uno de sus aspectos característicos. Todos sabemos lo que el romanticismo le debe”. “En cuanto que el romanticismo significa una religiosa victoria sobre la razón, y sus obras el desenfreno sagrado de la sensibilidad, la santa ostentación del yo y la adoración de la primitividad natural, el panteísmo como teología y la excitación como norma de vida, hay que confesar que Rousseau, por su naturalismo, es causa inmediata de semejante mal de espíritu”. Y más allá del romanticismo, “el pensamiento actual, en lo que tiene de mórbido, sigue todavía bajo su influjo”.“Pervertidor prodigioso, Rousseau… evoca las potencias de anarquía y de languidez que dormitan en cada uno de nosotros. Se aprovecha de todas las insuficiencias de la razón… Sobre todo, nos ha enseñado a complacernos en nosotros mismos y a descubrir el encanto de esas secretas heridas de la sensibilidad más individual que las edades menos impuras abandonaban temblando a la mirada de Dios… Costará mucho a la literatura y al pensamiento moderno, así heridos por él, encontrar la pureza y rectitud que una inteligencia vuelta hacia el ser conocía antaño”.
Maritain
Rousseau, en fin, abre el camino a la Revolución laicizando el Evangelio y conservando las aspiraciones humanas después de suprimir a Cristo. “Fue Juan Jacobo quien consumó esta inaudita operación iniciada por Lutero, de inventar un cristianismo separado de la Iglesia de Cristo, y fue él quien terminó de naturizar el Evangelio. A él le debemos ese cadáver de ideas cristianas, cuya inmensa putrefacción emponzoña hoy al universo. La doctrina rusoniana es una herejía cristiana de carácter místico… una radical corrupción naturalista del sentimiento cristiano”, escribe Maritain, que concluye: “Si el mundo no vive del cristianismo vivificante de la Iglesia, muere del cristianismo corrompido fuera de la Iglesia”. El balance que Maritain hace del pensamiento del ginebrino es definitivamente negativo: “Siendo personalmente mucho menos vil y despreciable que Voltaire, al cual tuvo el mérito de odiar, en realidad Rousseau implica una gravedad inmensamente mayor, porque proporcionó al hombre no ya una negación, sino una religión al margen de la Verdad indivisible”.

domingo, 11 de mayo de 2025

La leyenda negra de los Borgia, la degradación de la verdad

Lucrecia de Borgia
El resentimiento contra su padre Alejandro VI y su hermano Cesar cargó a Lucrecia de acusaciones de incesto y desenfreno libidinoso, de los que no hay ninguna prueba. La leyenda negra de los Borgia, añade fantasías eróticas morbosas tejidas sobre Lucrecia la acusación injustificada de experta en el asesinato por envenenamiento. La degradación de la verdad fue constante en los relatos sobre los Borgia. 
Victor Hugo, con una grave responsabilidad en la deformación deliberada de la historia de Lucrecia, para hacer picante y grato a la galería su drama Lucrecia Borgia.Lo imperdonable en Victor Hugo es que presume de erudito y engañó a los lectores, fingiendo haber analizado con rigor histórico las bases de sus dramas.Puede hacerse una calificación similar de Alejandro Dumas en Los crímenes celebres, en la sección que corresponde a los Borgia y de modo particular a Lucrecia. Toma los datos de “la fuente histórica” aludida por Victor Hugo, Tommaso Tommasi. En realidad este autor, Tommaso Tommasi, que en realidad se llamaba Gregorio Leti, era un convertido al calvinismo y, como todos los conversos, con necesidad de menospreciar a la fe abandonada. Dedicó sus escritos a denigrar la religión católica y al papado, con pasión y sin el menor rigor. Victor Hugo y Alejandro Dumas son escritores de ficción, pero muchos de los historiadores de los siglos pasados obraron de modo similar.
Los Borgia, Alejandro VI, Lucrecia ¿eran unos cínicos que utilizaron la fe religiosa de los demás solo en su provecho? No. Eran creyentes; algunos, como Alejandro VI, grandes pecadores, pero con la fe viva en el fondo del alma. Lucrecia, con acuerdo prudente, sabemos que la prudencia era una de sus virtudes, no esperó al final para preparar el más allá. Transformó su vida espiritual hacia un sentido profundamente religioso, que se hace muy patente desde los 30 años de edad, aún con el rescoldo de su legendaria belleza. Lucrecia sigue representando en las funciones de estado el papel de gran dama, pero debajo de su vestido lleva un silicio. Confiesa a diario, y comulga con frecuencia, ha entrado en secreto en la orden tercera de San Francisco.
Referencia: Perfiles humanos de Juan Antonio Vallejo-Nágera.

lunes, 23 de abril de 2018

Los niños son las víctimas silenciosas de la inmoralidad sexual.

Como en toda relación centrada en uno mismo, los compañeros de fechorías convierten sus vidas en un infierno y, lo que es mucho peor, convierten en un infierno en la tierra la vida de sus hijos. Siempre son los niños los que acaban sufriendo las consecuencias del desenfreno sexual, bien porque se acaba poniendo fin a sus vidas en el vientre de su madre, bien porque el egoísmo de sus padres hace su vida insoportable. Los niños son las víctimas silenciosas de la inmoralidad sexual, afirma el profesor y escritor británico Joseph Pearce.

La pasión desbocada es destructiva, y no aporta ni felicidad
ni satisfacción. Al contrario, hace sufrir a todos los implicados. Dice Pearce que los sentimientos que conducen a relaciones de ese tipo nada tienen que ver con el amor. El egoísmo nunca es amor. El amor no es un sentimiento, sino una acción. Es la entrega de la propia vida por el amado. No es la entrega de la vida de otro, o del cuerpo de otro, para nuestra propia satisfacción.

Los niños son las víctimas silenciosas de la inmoralidad sexual

El amor no es un sentimiento, sino una acción.