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martes, 16 de diciembre de 2025

La Iglesia católica ha salvado de la muerte entre setecientos mil y ochocientos cincuenta mil judíos

Según el historiador Emilio Pinchas Lapide, en otro tiempo cónsul general de Israel en Milán “la Santa Sede, los nuncios y la Iglesia católica han salvado de la muerte entre setecientos mil y ochocientos cincuenta mil judíos”. Una labor silenciosa, sin proclamas, que salvó a centenares de miles de vidas humanas y que fue vivo testimonio de caridad cristiana, con la conciencia de que se arriesgaba la propia vida y la de los hermanos.Según Luciano Tas, representante autorizado de la comunidad judía de Roma “si el porcentaje de judíos deportados no es tan alto en Italia como en otros países, se debe sin duda a la ayuda activa de la población italiana y de cada una de las instituciones católicas… Centenares de conventos, siguiendo la orden del Vaticano en tal sentido, acogieron a los judíos, millares de sacerdotes los ayudaron, y otros prelados organizaron una red clandestina para la distribución de documentos falsos”.
En toda Europa, los religiosos deportados a los campos fueron más de 5.500. Según el Martirologio del clero italiano, fueron 729 los sacerdotes, seminaristas y hermanos laicos que perdieron la vida en el periodo que va de 1940 a 1946. Sólo en la región del Lacio fueron 24 los sacerdotes que pagaron con su vida su compromiso de caridad: 13 párrocos, 5 capellanes militares, 6 de otros oficios y 5 seminaristas. De las 729 víctimas, no menos de 170 sacerdotes fueron asesinados en las represalias durante la ocupación por haber ayudado a antifascistas y judíos. Muchos fueron golpeados, torturados hasta la muerte, fusilados, colgados o degollados por los nazifascistas. El historiador Renzo de Felice ha escrito que “el auxilio de la Iglesia a los judíos fue muy importante y siempre en aumento, un auxilio prestado no sólo por los católicos particulares sino también por casi todos los institutos católicos y por muchísimos sacerdotes. Un auxilio que, por lo demás, ya se llevaba a cabo en los países ocupados por los nazis (tanto en Francia como en Rumania, en Bélgica como en Hungría) y que, más allá de la mera ayuda material y del socorro a perseguidos concretos, se había hecho público, al menos desde 1941, con algunos pasos dados por el padre Tacchi Venturi y monseñor Borgoncini Duca ante el gobierno fascista a favor de los judíos en los territorios ocupados por las tropas italianas”.


Referencia: Los judíos, Pío XII y la Leyenda Negra (Antonio Gaspari)

viernes, 16 de mayo de 2025

Los americanos siempre habían venerado sus bares

Steve creía que la barra de un bar era el punto de encuentro más igualitario de todos los que existían en América, y sabía que los americanos siempre habían venerado sus bares, sus salones, sus tabernas y sus gin mills, una de sus expresiones favoritas. Sabía que los americanos dotan a sus bares de significado y que acuden a ellos para todo, en busca de glamour y de auxilio y, sobre todo, para hallar alivio contra el azote de la vida moderna, la soledad.
Un viejo bebedor de bourbon me dijo una vez que la vida era siempre cuestión de montañas y de cuevas. Montañas que debemos escalar y cuevas en las que escondernos cuando no somos capaces de enfrentarnos a nuestras montañas.
El bar de las grandes esperanzas (J. R. Moehringer)

jueves, 16 de mayo de 2024

La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad

En la encíclica Deus caritas est, Joseph Ratzinger defendió que "el Estado que quiere proveer a todo, que absorbe todo en sí mismo, se convierte en definitiva en una instancia burocrática que no puede asegurar lo más esencial que el hombre afligido, cualquier ser humano, necesita, una entrañable atención personal". El pontífice aseguraba que "lo que hace falta no es un Estado que regule y domine todo, sino que generosamente reconozca y apoye, de acuerdo con el principio de subsidiaridad, las iniciativas que surgen de las diversas fuerzas sociales y que unen la espontaneidad con la cercanía a los hombres necesitados de auxilio”. Este principio, precisamente, junto con el de solidaridad, constituye uno de los pilares fundamentales de la Doctrina Social de la Iglesia: "La acción del Estado y de los demás poderes públicos debe conformarse al principio de subsidiaridad y crear situaciones favorables al libre ejercicio de la actividad económica…..La solidaridad sin subsidiaridad puede degenerar fácilmente en asistencialismo". Por tanto, para lograr que tanto el principio de subsidiariedad como el de solidaridad sean respetados, la Doctrina estima que la intervención del estado debe ser "proporcionada a las exigencias reales de la sociedad”.

El papa Juan Pablo II, en su encíclica Centesimus Annus afirmaba que la creciente intervención "ha llegado a constituir un Estado de índole nueva: el Estado del bienestar". Consideraba que "no han faltado excesos y abusos…. que se derivan de una inadecuada comprensión de los deberes propios del Estado”. Wojtyła recalcaba que "debe ser respetado el principio de subsidiariedad" y sentenciaba: "Una estructura social de orden superior no debe interferir en la vida interna de un grupo social de orden inferior, privándola de sus competencias, sino que más bien debe sostenerla en caso de necesidad y ayudarla a coordinar su acción con la de los demás componentes sociales, con miras al bien común”. "Al intervenir directamente y quitar responsabilidad a la sociedad, el Estado asistencial provoca la pérdida de energías humanas y el aumento exagerado de los aparatos públicos, dominados por lógicas burocráticas más que por la preocupación de servir a los usuarios, con enorme crecimiento de los gastos", indicaba Juan Pablo II que, de igual manera, reconocía que "el que conoce mejor las necesidades y logra satisfacerlas de modo más adecuado es quien está próximo a ellas o quien está cerca del necesitado”.



jueves, 14 de septiembre de 2017

Se te ha llamado en defensa de los desgraciados.

Estatua de Séneca. Puerta de Almodóvar de Córdoba
Séneca: “No es el momento de jugar. Se te ha llamado en defensa de los desgraciados. A los náufragos, a los cautivos, a los enfermos, a los necesitados, a los reos, cuya cabeza está expuesta a los golpes del hacha, prometiste deparar tu auxilio. ¿Hacia dónde te desvías? ¿Qué estás haciendo?”

domingo, 9 de abril de 2017

Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo.

No caigamos en la indiferencia que humilla, escribe el Papa Francisco, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y
acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo. 

Que su grito se vuelva el nuestro