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jueves, 17 de octubre de 2024

El mentiroso

Los humanos, en su inacabable búsqueda de la verdad, hemos inventado un aparatito que se llama detector de mentiras o polígrafo, y que se fundamenta en que no decir la verdad desencadena perturbaciones en cuatro manifestaciones mensurables, que son la presión arterial, el ritmo cardíaco, la respiración y la transpiración.
Más allá de los manuales de autoayuda para cazar embusteros, las ciencias de la conducta hacen hincapié en que no hay ningún método seguro, sólo existen posibles indicios. Ni siquiera el polígrafo sirve. Sienten ante él a un inocente y comiencen a bombardearle con preguntas relativas a un asesinato, seguro que se estresa. Ahora hagan lo mismo con un desalmado, es muy probable que se levante fresco como una rosa y habiéndoselo pasado la mar de bien. Y sudar, desviar la mirada o ponerse como un tomate no es sinónimo exclusivo de mentiroso, también lo es de tímido; una condición que puede ser incómoda para quien la padece, pero no intrínsecamente perversa.
Se ha descrito un trastorno bautizado como el síndrome de Pinocho, que no se caracteriza porque a alguien le crezca la nariz en cuanto profiere un embuste (lo cual sería muy práctico), sino porque no saben hablar sin incluir una mentira en su discurso. Además, es que no lo pueden evitar, por eso es enfermizo. Detrás de estas personalidades, según describen los manuales, se esconden rasgos autodestructivos porque no afrontan los problemas, sino que los cubren con un tupido manto de farsa y autoengaño. En ellos hay problemas de autoestima, inseguridad y carencias afectivas, pero la buena noticia es que tiene tratamiento terapéutico.

sábado, 10 de diciembre de 2022

La condena del suicidio

Para el cristianismo, quizá no por casualidad, se presenta a Judas, el traidor de Jesucristo, como un suicida. Es el extremo de la degradación a la que conduce el pecado. Escribe Vittorio Messori que  “la condena del suicidio fue tan explícita que en la cristiandad medieval se castigaba a quien salía vivo del intento de darse muerte igual que a un homicida. Los códigos penales del Occidente moderno han eliminado el intento de suicidio de la lista de crímenes, a excepción del derecho inglés, también aquí la Gran Bretaña permanece anclada en la Edad Media y procesa al frustrado suicida bajo la acusación, de antiguas reminiscencias, de “felonía contra sí mismo”. En resumidas cuentas, de cobarde. En cuanto a aquellos que lamentablemente hubieran logrado llevar a cabo su propósito autodestructivo, la sanción consistía en la privación de todas las exequias religiosas y de otros oficios fúnebres de carácter público. Eso sí, siempre que no quedase probado de manera irrebatible que el suicida era presa de una grave perturbación psíquica en el momento de cometer ese acto desesperado. Pero este factor no se daba por descontado en todos los casos, como ocurre en la actualidad”.

Romano Amerio ve en ello una de las “variaciones” estructurales introducidas por los sacerdotes actuales y recuerda que “la doctrina católica reconocía en el suicidio una triple falta. Un defecto de fortaleza moral, ya que el suicida cede ante la desventura; una injusticia porque pronuncia contra su persona una sentencia de muerte contra su propia causa y sin estar cualificado; una ofensa a la religión, ya que la vida es un servicio divino de cuyo cumplimiento nadie puede eximirse por su cuenta”.