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miércoles, 28 de diciembre de 2022

En Ruanda lo importante era que todos cometiesen asesinatos, que fuese un producto popular

Derribaron con un misil el avión que llevaba a bordo al presidente Habyarimana


A mediados de 1993 los países africanos obligaron a Habyarimana a firmar un acuerdo con el Frente Nacional de Ruanda (el FNR). Los guerrilleros formarían parte del gobierno y entrarían en el Parlamento y asimismo constituirían un cuarenta por ciento de las fuerzas armadas. Semejante compromiso, sin embargo, era inaceptable para el clan akazu, que habría perdido su monopolio del poder, cosa de la que no quería ni oír hablar. Sus miembros resolvieron que había llegado la hora de la solución final. El 6 de abril de 1994, en Kigali, unos “elementos no identificados” derribaron con un misil el avión, a punto de aterrizar, que llevaba a bordo al presidente Habyarimana, el cual regresaba del extranjero tras firmar el denigrante compromiso con el enemigo. Fue la señal para que empezase una matanza de hostigadores del régimen, sobre todo tutsis, aunque también de la numerosa oposición hutu. Aquella masacre de una población indefensa, dirigida por el régimen en cuestión, se prolongó durante tres meses, es decir, hasta el momento en que el ejército del FNR tomó todo el país, obligando al adversario a huir. Existen cálculos dispares del número de víctimas. Unos hablan de medio millón, otros de uno. Nadie obtendrá jamás cifras exactas. Lo que más aterra en todo esto es el hecho de que unos hombres inocentes han dado muerte a otros hombres inocentes, haciéndolo, además, sin motivo alguno, sin ninguna necesidad. Aun así, incluso si no se tratase de un millón sino, por ejemplo, de un solo hombre inocente, ¿acaso no sería ello prueba suficiente de que el diablo mora entre nosotros, sólo que en la primavera de 1994 se encontraba precisamente en Ruanda? Medio o un millón de muertos es una cifra trágicamente alta. Aunque por otra parte, conociendo la capacidad infernal y mortífera de la fuerza del ejército de Habyarimana, de sus helicópteros, ametralladoras, artillería y carros blindados, en tres meses de fuego sistemático se habría podido aniquilar a mucha más gente. Sin embargo, no fue así. La mayoría no murió abatida por las bombas y las ametralladoras, sino que cayó descuartizada y machacada por armas de lo más primitivo: machetes, martillos, lanzas y palos. Y es que los líderes del régimen no perseguían un único objetivo, la solución final. También era importante cómo conseguirlo. Se trataba de que en el camino hacia el Ideal Supremo, que consistía en eliminar al enemigo de una vez para siempre, se crease una comunión criminal entre el pueblo; de que, a consecuencia de una participación masiva en el genocidio, surgiese un sentimiento de culpa unificador; de que todos y cada uno supiesen que, desde el momento en que habían cometido algún asesinato, se cerniría sobre ellos la irrevocable ley de la revancha, a través de la cual divisarían el fantasma de su propia muerte. Frente a los sistemas hitleriano y estaliniano, en los que la muerte la administraban verdugos de instituciones especializadas (las SS o el NKVD) y cuyos crímenes eran obra de formaciones especiales que actuaban en lugares secretos, en Ruanda lo importante era que todo el mundo cometiese asesinatos, que el crimen fuese producto de una acción de masas, en cierto modo popular y hasta espontánea, en la cual participarían todos; que no existiesen manos que no se hubieran manchado con la sangre de aquellos que el régimen consideraba enemigos.

Ébano  de Ryszard Kapuściński


jueves, 2 de julio de 2020

Nuevo desorden mundial



El Imperio soviético había desaparecido de la noche a la mañana. Estados Unidos había ganado la guerra fría, sin dejar de insistir en todo momento en que por su parte no tenía pretensiones imperiales. Pero los acontecimientos producidos en los Balcanes no tardarían en burlarse de aquel final feliz histórico, ya que parecía que los pueblos de Yugoslavia estaban decididos a dar la espalda a aquel nuevo e idílico orden mundial del capitalismo liberal. A los pocos meses del desmoronamiento del comunismo en otras partes de Europa oriental, empezaron a destruir su país en una guerra de secesión caracterizada por las atrocidades contra los civiles y por una sistemática limpieza del terreno (ciscenje terena). Parecía, pues, que aquella historia se resistía a terminar, y pretendía entrar de lleno en los albores del nuevo siglo. El 28 de junio de 1914, Gavrilo Princip había hecho estallar la chispa en los Balcanes al asesinar al heredero del trono de Austria, Francisco Fernando. Su objetivo había sido crear una Yugoslavia unida. Setenta y cinco años después, el presidente comunista de Serbia, Slobodan Milosevic, prendería la mecha que volvería a inflamar la región con una arenga pronunciada al conmemorar los seiscientos años de la batalla de Kosovo. Durante casi cuatro años los aviones de la ONU enviaron ayuda al aeropuerto de Sarajevo, mientras las armas serbias lanzaban una lluvia de balas y proyectiles sobre el centro de la ciudad. Mientras el mundo observaba, 12. 000 personas perecieron en un asedio que duró 1.200 días. Hubo que cavar en los campos de fútbol para disponer de sitio donde enterrar a los muertos, explica el historiador Niall Ferguson.


Lo que ocurrió en Bosnia, añade Ferguson, fue solo parte de lo que a partir de 1989 se daría en llamar el “nuevo desorden mundial”. En la década de 1990 las guerras entre estados se hicieron menos comunes, pero el número de guerras civiles dentro de los estados se disparó. En Ruanda, después de que un avión que trasladaba al presidente del país (y al nuevo presidente de Burundi) fuera derribado, los extremistas de la mayoría hutu trataron de exterminar a la población tutsi del país, alrededor de un millón de personas. Congo se vería implicado en una monstruosa orgía de violencia. En total, se calcula que entre 2,5 y 3 millones de personas han perdido la vida en la gran guerra de África central.

martes, 28 de abril de 2020

Primera Guerra Mundial Africana


Un informe reciente del secretario general de la ONU, Kofi Annan, revela que los asesinatos en masa, las ejecuciones extrajudiciales y las detenciones ilegales son moneda corriente en el Congo. En la región de Kivu, al este de la República Democrática del Congo, en realidad el asesino podría ser cualquiera. Ya nadie sabe quién está de qué lado. Al amparo de los bosques y a la sombra de los grandes frentes, torturan, matan, violan y saquean las milicias, los bandoleros y los grupos étnicos enfrentados, pero también lo hacen los propios ejércitos de las principales facciones. Esta tierra está siendo asolada desde agosto de 1998 por la “Primera Guerra Mundial Africana”, una guerra que es casi desconocida en Europa. Hasta el momento, considerando únicamente la región dominada por los rebeldes, en la parte oriental del país, la guerra se ha cobrado 2,5 millones de vidas. Se estima que un tercio de las víctimas eran niños. En la región de Kalemie, según Médicos Sin Fronteras, tres de cada cuatro niños mueren antes de alcanzar su segundo año de vida. A esto se le suman más de 2 millones de desplazados y 16 millones de personas que padecen hambre y enfermedades. Claude Jibidar explica que ya hay más adultos desnutridos que niños desnutridos. “¿Por qué? Lisa y llanamente, porque los niños están muertos”. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas habla de “una de las peores crisis humanitarias del planeta”.



En el Congo han apostado sus tropas siete naciones africanas. El ejército del gobierno es apoyado por tres Estados vecinos, Zimbabwe, Angola y Namibia. En cambio, las regiones norte y este están ocupadas por dos grandes movimientos rebeldes y por decenas de miles de soldados provenientes de dos países limítrofes orientales, Ruanda y Uganda. Pero en la guerra hay otras facciones. Desde hace un largo tiempo, las corporaciones industriales occidentales explotan salvajemente las materias primas de este coloso centroafricano y no dudan en financiar a los rebeldes y a los ejércitos. Incluso a veces trabajan codo a codo con ellos. Porque es mucho el dinero que está en juego.

sábado, 7 de octubre de 2017

A medida que el conocimiento se convierte en el recurso económico más importante, la rentabilidad de la guerra se reduce.


En las sociedades agrícolas antiguas la violencia humana causaba alrededor del 15 por ciento de todas las muertes, durante el siglo XX la violencia causó solo el 5 por ciento, y en el inicio del siglo XXI está siendo responsable de alrededor del 1 por ciento de la mortalidad global. En 2012 murieron en todo el mundo unos 56 millones de personas, 620.000 a consecuencia de la violencia humana (la guerra acabó con la vida de 120.000 personas, y el crimen, con la de otras 500.000). En cambio, 800.000 se suicidaron y 1,5 millones murieron de diabetes. El azúcar es ahora más peligroso que la pólvora.

Yuval Noah Harari
En épocas anteriores, escribe Yuval Noah Harari, las principales fuentes de riqueza eran los activos materiales, tales como minas de oro, campos de trigo y pozos de petróleo. Hoy en día, la principal fuente de riqueza es el conocimiento. Y aunque se pueden conquistar campos petrolíferos por medio de la guerra, no es posible adquirir el conocimiento de esta manera. De modo que a medida que el conocimiento se convertía en el recurso económico más importante, la rentabilidad de la guerra se reducía, y las guerras quedaban cada vez más restringidas a aquellas partes del mundo (como Oriente Medio y África Central) en que las economías son todavía economías anticuadas basadas en lo material. En 1998, para Ruanda tenía sentido
apoderarse de las ricas minas de coltán del vecino Congo y saquearlas, porque había gran demanda de este mineral para la fabricación de teléfonos móviles y de ordenadores portátiles, y el Congo disponía del 80 por ciento de las reservas mundiales de coltán. Ruanda obtuvo 240 millones de dólares anuales por el coltán saqueado. Para la pobre Ruanda, era mucho dinero. En cambio, no habría tenido sentido que China invadiera California y se apoderara de Silicon Valley, porque, aunque los chinos hubiesen vencido en el campo de batalla, allí no había minas de silicio que saquear. En cambio, los chinos han ganado miles de millones de dólares al cooperar con gigantes de la alta tecnología como Apple y Microsoft, comprar sus programas y fabricar sus productos.

la principal fuente de riqueza es el conocimiento

los chinos han ganado miles de millones de dólares al cooperar con gigantes de la alta tecnología como Apple y Microsoft

lunes, 6 de marzo de 2017

Intervención humanitaria.

El bombardeo de Yugoslavia por parte de la OTAN en 1999 se calificó de “intervención humanitaria”, pese a que muchas de sus consecuencias sorprendieron a la gente por su profunda falta de humanidad.Un intelectual alemán calificó globalmente este episodio de la OTAN como “humanismo militar”. ¿Y por qué era al mismo tiempo “humanístico” y “humanitario” intervenir allí y no, pongamos por caso, en Ruanda o Turquía, donde se han llevado a cabo limpiezas étnicas a gran escala y asesinatos masivos? 


De manera similar, según Dennis Halliday, que en otro tiempo fue el funcionario de Naciones Unidas responsable de administrar en Irak el programa “Petróleo por alimentos”, las consecuencias de las sanciones han sido “inhumanas y genocidas”, apreciación esta que le llevó a dimitir de su cargo en señal de protesta.