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miércoles, 6 de marzo de 2024

La parte más importante del salario del trabajador revierte al Gobierno cubano

Cuando en Cuba la Universidad de Medicina forma médicos, no es para que éstos ejerzan libremente su profesión, sino para que se conviertan en “misioneros” enviados bajo sus órdenes a chabolas de África, Venezuela o Brasil, conforme a la política internacionalista imaginada, decidida e impuesta por el jefe del Estado. Ahora bien, si están de misión en el extranjero, estos buenos samaritanos no perciben más que una parte del salario que debería pagarles el país de acogida, pues la parte más importante revierte al gobierno cubano, que hace las veces de prestador de servicios. Del mismo modo, los hoteleros extranjeros, franceses, españoles o italianos, que contratan a personal cubano en la isla no retribuyen directamente a sus empleados, como es el caso en cualquier sociedad libre, pagan los salarios al Estado cubano, que factura dicha mano de obra a precio de oro (y en divisas), antes de entregar una ínfima parte a los trabajadores en cuestión (en pesos cubanos, que no valen casi nada). Esta variante moderna de la esclavitud no deja de recordar la relación de dependencia que existía en las plantaciones del siglo XIX respecto del amo todopoderoso. Por lo demás, se halla en absoluta contradicción con los principios de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), los cuales estipulan textualmente que “todo trabajador tiene derecho a percibir un salario sin la intervención de un intermediario”.

viernes, 17 de febrero de 2023

La hawala

La hawala, un sistema de intercambio de divisas con siglos de historia, que surgió mucho antes que la banca tradicional y que ha sobrevivido todo este tiempo. Puede mover millones de dólares en todo el mundo sin que se sepan con exactitud los montos ni quiénes los manejan, ya que una de sus claves es que sus intermediarios raramente dejan registro de las transacciones o de sus usuarios. Se lo define como un método tradicional e informal que funciona en paralelo a cualquier otro sistema bancario y que se basa en los valores y la confianza compartida por sus intermediarios, conocidos como halawadars. Por ejemplo, le permite a una persona en Nueva York enviar dinero a Islamabad sin necesidad siquiera de abrir una cuenta en el banco. Esta solo tiene que contactar a un hawaladar local y entregarle el dinero en dólares junto con una contraseña previamente acordada entre el emisor y el receptor, y que ahora el hawaladar también conoce. El hawaladar local entrará en contacto con un colega en la capital pakistaní, para comunicarle el monto y la contraseña. El segundo hawaladar le entregará al destinatario el monto equivalente en rupias pakistaníes. Y para asegurarse que es la persona correcta, le preguntará por la contraseña.Los hawaladars se quedan con una pequeña comisión, el emisor se ahorra las comisiones de los bancos tradicionales y el receptor puede hacer uso del dinero de inmediato.

Los orígenes de la hawala se asocian con India en el marco de la Ruta de la Seda desde el siglo VIII d.C. Los comerciantes usaban una contraseña, que podía ser un objeto, una palabra o un gesto y que se complementaba con otra igual, similar o complementaria por parte del receptor. Hoy, con el auge de las tecnologías, es más fácil realizar estas operaciones. Y en vez de contraseñas se envían códigos por transacción a través de aplicaciones de mensajería instantánea. Los hawaladars usualmente hacen este tipo de negocios en paralelo a otras actividades comerciales y sus centros de trabajo pueden ser locales tan mundanos como una tienda de comestibles, una lavandería o una agencia de viajes en una calle cualquiera de Nueva York, Dubái o Madrid. La ventaja de la hawala frente a los sistemas tradicionales no le quita su principal escollo, la opacidad en torno a quienes mueven dinero con ella que hace que esté fuera del alcance de gobiernos y organizaciones internacionales.

jueves, 9 de agosto de 2018

Colaboratismo.

Escribe el sociólogo y economista Jeremy Rifkin que en la nueva era que está por llegar, el capitalismo y el socialismo, que hasta ahora han dominado la sociedad, irán perdiendo poder a medida que las nuevas generaciones se identifiquen

con lo que se empieza a llamar colaboratismo. Los jóvenes colaboratistas de hoy se quedan con las virtudes del capitalismo y el socialismo pero rechazan la naturaleza centralizadora del libre mercado y del Estado burocrático. Por su naturaleza distribuida e interconectada, el Internet de las cosas refuerza la participación empresarial individual en proporción directa a la diversidad y la fuerza de las relaciones colaborativas en la economía social. Y ello sucede porque la democratización de la comunicación, la energía y la logística “empodera” personalmente a miles de millones de personas. Pero este empoderamiento solo se puede lograr mediante la participación en redes entre iguales que estén avaladas por capital social. Está llegando a la mayoría de edad una nueva generación que basa su iniciativa empresarial en una mayor integración en la sociedad. No es de extrañar que los miembros más destacados de la llamada Generación Y se consideren empresarios sociales porque, para ellos, la expresión emprendedor social es más una tautología que un oxímoron. Ya hay centenares de millones de personas que traspasan aspectos de su vida económica de los mercados capitalistas al procomún colaborativo mundial. Los prosumidores no solo crean y comparten en el procomún colaborativo información, entretenimiento, energía verde, productos impresos en 3D o cursos por Internet, todo ello con un coste marginal cercano a cero, sino que también comparten con un coste marginal muy bajo o casi nulo vehículos, viviendas, prendas de vestir y muchas cosas más mediante redes sociales, clubes de redistribución, cooperativas y sistemas de alquiler. Cada vez son más las personas que colaboran
Jeremy Rifkin
en redes de asistencia sanitaria centradas en el paciente para mejorar los diagnósticos y hallar nuevos tratamientos, también con un coste marginal casi nulo. Y en esta nueva economía, jóvenes empresarios sociales crean empresas con conciencia ecológica, usan el micromecenazgo para crear empresas nuevas y hasta crean monedas sociales alternativas. El resultado es que el valor de intercambio en el mercado está siendo reemplazado por el valor de compartición en el procomún colaborativo. Cuando los prosumidores comparten sus bienes y servicios en el procomún, las reglas que rigen la economía de mercado basada en el intercambio pierden importancia para la vida de la sociedad.


Crece el número de consumidores que prefieren acceder a ciertos bienes antes que tenerlos en propiedad y deciden pagar únicamente por el tiempo que utilizan un automóvil, una bicicleta, un juguete, una herramienta o cualquier otra cosa, lo que también se traduce en una bajada del PIB. Además, a medida que la automatización, la robótica y la inteligencia artificial sustituyen a decenas de millones de trabajadores, la pérdida de poder adquisitivo de los consumidores también repercute negativamente en el PIB. Y cuanto más crece el número de prosumidores, más actividad económica pasa de la economía de intercambio en
el mercado a la economía del compartir en el procomún colaborativo con la correspondiente contracción del crecimiento del PIB. El estancamiento económico puede deberse a muchos otros factores, pero el hecho es que se está dando un cambio más profundo que puede explicar en parte esta atonía, la lenta retirada del sistema capitalista frente al auge de un procomún colaborativo donde el bienestar económico se mide más por el capital social que por el capital de mercado. La reducción constante del PIB en los próximos años será cada vez más atribuible al avance de un paradigma económico nuevo y vigoroso que mide el valor económico con unos parámetros totalmente diferentes.

Es probable que en los próximos decenios el papel del PIB como indicador de la economía se reduzca a medida que la economía basada en el intercambio en el mercado pierda peso. Y es probable que a mediados de este siglo la calidad de vida en el procomún colaborativo sea el parámetro principal con el que medir el bienestar económico de los distintos países.



Al prescindir prácticamente de todos los intermediarios que incrementan los costes de transacción en cada eslabón de la cadena de valor, las empresas pequeñas y medianas, sobre todo cooperativas y otras empresas sin ánimo de lucro, y miles de millones de prosumidores pueden compartir sus bienes y servicios en el procomún colaborativo con un coste marginal casi nulo. Esta reducción de los costes fijos y marginales rebaja drásticamente el coste inicial de crear empresas en redes distribuidas entre iguales. A su vez, esta reducción de los costes iniciales anima a más personas a crear empresas y a colaborar en el procomún generando y compartiendo información, energía y productos y servicios.

jueves, 28 de diciembre de 2017

El islam siempre ha manifestado respeto por los mercaderes.


Como el propio Mahoma había sido mercader, el islam nunca ha  considerado las actividades mercantiles como ocupaciones inferiores;  siempre ha manifestado respeto y estima por los mercaderes. Durante cientos de años, los árabes y sus correligionarios fueron los principales intermediarios en el comercio entre Europa y Asia. En este proceso facilitaron enormemente la difusión tecnológica. Muchos elementos de la tecnología china, entre ellos la brújula y el arte de la fabricación del papel, llegaron a Europa a través de los árabes. Introdujeron también nuevos cultivos, como el arroz, la caña de azúcar, el algodón, los cítricos, la sandía, y otros frutos y verduras. En algunos casos obtenían estas plantas en la India o en otros lugares de Asia y África, y después las difundían por Europa.