Carlos Marín-Blázquez escribe que la locura del mundo moderno no es más que el resultado de haber liberado las virtudes cristianas de su matriz original, los arquitectos de nuestra época han creado una realidad difícilmente inteligible a menos que caigamos en la cuenta de que, al reaccionar de manera furibunda contra el cristianismo, lo que en realidad están haciendo es afirmarlo. Pero afirmarlo en una versión adulterada, es decir, vaciada de su dimensión trascendente y reelaborada a la medida de un hombre al que se le insta a ocupar el lugar de Dios y a hacer tabla rasa de su pasado.
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sábado, 15 de marzo de 2025
La locura del mundo moderno
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sábado, 23 de noviembre de 2024
En los textos medievales no encontramos un término para designar a aquellos que llamamos hoy artistas
¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas? La célebre pregunta de Brecht opone el anonimato de los muchos que en la sombra hacen la historia a la notoriedad de los pocos que son presentados como sus protagonistas. Y habría que aplicarla a la situación de los artistas en la Edad Media. ¿Quién proyectó los mosaicos de San Vital? ¿Quién pintó los frescos de Castelseprio? ¿Quién esculpió los capiteles de Cluny? ¿Quién construyó la catedral de Chartres? Las obras de arte desempeñan un gran papel cuando intentamos representarnos, visualizar el Medievo, y, entre las imágenes que podemos tener de esta época, una se abre camino estimulada por los monumentos, las crónicas y los documentos. Más que cualquier otra, esta época se nos presenta marcada por su blanca veste de iglesias que bullen de esculturas, mosaicos o vidrieras multicolores, de orfebrerías centelleantes, de coloreadísimos libros miniados, de marfiles esculpidos, de inmensas puertas de bronce, de esmaltes, de pinturas murales, de tapices, de bordados, de paños y tejidos de colores cambiantes y con singulares dibujos, y de tablas pintadas con fondos de oro. Pero frente a la profusión y variedad de las producciones artísticas que despiertan nuestra admiración y estimulan nuestra fantasía, podemos reunir un restringido número de nombres de artistas y, además, muy a menudo son nombres aislados, ligados solamente a una obra. Incluso el creador de un monumento importantísimo, como la capilla palatina de Aquisgrán, una piedra militar de la arquitectura medieval, se nos escapa, resulta inasible. ¿Quién fue Odo de Metz? ¿Cómo definirlo y situarlo? Hubo un tiempo en que, lamentando el egocentrismo, el protagonismo y la vanidad de los artistas modernos, fueron ensalzadas, por contraste, la dedicación, la modestia, las virtudes del artífice medieval, no deseoso de otra recompensa que no fuera la divina, reacio a la exaltación de su propio nombre, humilde y feliz en el anonimato, deseoso solo de participar en el gran esfuerzo colectivo de exaltación de la fe.
En los textos medievales no encontramos un término para designar a aquellos que llamamos hoy artistas; los artesanos son llamados comúnmente artífices, así como los artistas: «Obiit Berengarius huius matris ecclesiae artifex bonus» indica alrededor de 1050, sin precisar más, un obituario de la catedral de Chartres y sería vano preguntarse a qué se dedicaba este Berengarius (probablemente fue el arquitecto que dirigió la reconstrucción de la catedral después del incendio de 1020). El término artista, con el que a veces nos encontramos, indica a una persona que estudia o practica las artes liberales. Solo a finales del siglo XIII, en la crónica de Salimbene, estará referido a una persona dotada de una capacidad técnica especial.La idea que se tiene del arquitecto en la Edad Media es muy variada. Cierta imagen, heredada de la antigüedad clásica, que ve en él un profesional de la proyección y de la organización del taller, sobrevivirá hasta la época carolingia. Para Isidoro de Sevilla, autor a principios del siglo VII de la enciclopedia más difundida en el Medievo hasta que aparecieron en el siglo XIII las Summae escolásticas, el arquitecto es una unión de albañil (caementarius) y de proyectista, y esta definición fue retomada por Rábano Mauro en época carolingia.
En la Edad Media la relación entre artista y destinatario es una relación desigual; la posición jerárquica, las posibilidades económicas y, frecuentemente, la cultura del destinatario, rebajan hasta humillarlo el rango del artista. “Ars auro gemmisque prior. Prior Omnibus autor”. El arte es superior al oro y a las gemas, pero antes que ninguno está el destinatario, advierte la inscripción sobre un esmalte con la imagen de Henri de Blois, arzobispo de Winchester (c. 1150).
Referencia: El hombre medieval. Capítulo sexto EL ARTISTA Enrico Castelnuovo
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sábado, 2 de septiembre de 2017
No imaginamos nuestra vida sin todo a lo que profesamos un sincero amor.
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| José Ortega y Gasset |
Para Ortega lo peculiar de aquello que amamos consiste en su ser imprescindible. No imaginamos nuestra vida sin todo a lo que profesamos un sincero amor. Por eso, al amar donamos a lo otro una parte de nosotros, como si se tratara de “una ampliación de la individualidad” que se funde con nosotros. El ser, en expresión de Aristóteles, se dice de muchas maneras. Y en sus múltiples manifestaciones siempre se esconde un fondo espiritual del que solo nos hacemos conscientes a través de esta peculiar doctrina orteguiana del amor. El amor liga todas las cosas entre sí en una estructura esencial, por lo que, en expresión del filósofo madrileño, “amor es un divino arquitecto que bajó del cielo”. Por el contrario, todo cuanto supone inconexión y desmembramiento encierra la más pura y violenta destrucción, cuyo baluarte es el odio.
A juicio de Ortega, es el pueblo español, muy proclive a proveerse de un “corazón blindado”, el que hace que los pueblos se separen, provocando a la vez un “incesante y progresivo derrumbamiento de los valores”. La finalidad que Ortega persigue en las Meditaciones del Quijote es hacer recapacitar a la sociedad española, y en concreto a los más jóvenes, sobre la malévola y perniciosa acción del odio. Solo el amor debe administrar el universo de los asuntos humanos. Y a continuación sugiere Ortega las armas que a su alcance posee para llevar a cabo tal empresa: “para intentar esto no hay en mi mano otro medio que presentarles sinceramente el espectáculo de un hombre agitado por el vivo afán de comprender”.
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viernes, 31 de marzo de 2017
Los hombres de los siglos XII y XIII emprendían una tarea, la tarea de reconciliar la razón y la fe.
El arquitecto del siglo XII Y XIII vivía sin duda en estrecha relación con los escultores, los maestros vidrieros, los tallistas y otros de quienes estudiaba las obras allí por donde pasaba (como testimonio el “Álbum” de Villard de Honnecourt).
“La doctrina sagrada, afirma Tomás de Aquino, se sirve también de la razón humana no para probar la fe sino para manifestar (manifestare) todo lo que ha sido explicitado en la doctrina”. Ello significa que la razón humana no puede esperar a proporcionar una prueba directa de artículos de la fe tales como la estructura tripersonal de la Trinidad, la Encarnación, la temporalidad de la Creación, etc., sino que únicamente puede elucidar y clarificar efectivamente esos artículos.
El arquitecto del siglo XII Y XIII vivía sin duda en estrecha relación con los escultores, los maestros vidrieros, los tallistas y otros
la razón humana no puede esperar a proporcionar una prueba directa de artículos de la fe tales como la estructura tripersonal de la Trinidad, la Encarnación, la temporalidad de la Creación, etc., sino que únicamente puede elucidar y clarificar efectivamente esos artículos.
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