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miércoles, 19 de enero de 2022

Directores de cine


Para el director y critico de cine francés François Truffaut hay dos clases de directores. Los que tienen en cuenta al público cuando piensan y realizan sus películas y los que prescinden de él. Para los primeros, el cine es un arte del espectáculo; para los segundos, una aventura individual. No es cuestión de preferir a éstos a aquellos; es un hecho. Para Hitchcock como para Renoir, y además para casi todos los cineastas americanos, una película no es perfecta si no logra el éxito, es decir, si no atrae al público en el que se ha estado pensando desde el momento mismo en que se ha elegido el argumento hasta que se ha terminado su realización. Mientras que Bresson, Tati, Rossellini y Nicholas Ray ruedan “a su modo” las películas y solicitan después al público que “entre en su juego”, Renoir, Clouzot, Hitchcock y Hawks hacen sus films para el público, y se hacen preguntas continuamente para estar seguros de que va a interesarles a los futuros espectadores. Alfred Hitchcock, que es un hombre notoriamente inteligente, se acostumbró enseguida, desde el comienzo de su carrera inglesa, a vigilar todos los pasos en la elaboración de sus películas. Se ha esforzado a lo largo de su vida entera por ajustar sus gustos a los del público, insistiendo sobre el humor en su época inglesa y sobre el suspense en la americana. Esta dosificación de suspense y humor ha convertido a Hitchcock en uno de los directores más comerciales del mundo (sus películas rinden normalmente un beneficio cuatro veces mayor que su coste).

martes, 29 de mayo de 2018

Cuando el impresionismo era una nueva tendencia.


 Claude Monet
Al principio, cuando alguien decía que el impresionismo era la nueva tendencia artística, se mofaba la mayor parte del mundo del arte, compuesto por académicos, aún inmersos en el Renacimiento, dedicados al dibujo y el modelado. Al servicio de la hegemonía comercial del Salón, decían que las nuevas obras eran crímenes, absurdos y manchas de barro y acusaban a radicales como Claude Monet de hacer la guerra a la belleza. En los indignados editoriales de las revistas se comparaban estas nuevas obras con las realizadas por un mono al que se suministran pinturas; las calificaban de mera locura y, según Le Figaro, eran un espectáculo aterrador. 

Retrato de Charles y Georges Durand-Ruel,
La tormenta estalló en marzo de 1875. Un grupo de pintores, con una urgente necesidad de dinero (entre ellos Monet y Renoir), vendieron algunas de sus controvertidas obras a la mayor casa de subastas de la ciudad, el Hôtel Drouot. El suceso casi suscita un levantamiento. Los espectadores insultaban a los nuevos artistas y sus cuadros, burlándose de cada obra que se subastaba. Cuando se vendía alguna por poco dinero (cincuenta francos se pagaron por un paisaje de Monet) gritaban escarnios. “Pujo por el marco”, gritaba uno. El subastador temía acabar en un manicomio por culpa de la multitud desenfrenada. “Nos trataron como a imbéciles”, recordaba. Las cosas se pusieron tan feas que los organizadores tuvieron que llamar a la policía para evitar que el acto se convirtiera en una batalla campal.