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sábado, 15 de abril de 2023

A partir de la Primera Guerra Mundial la guerra pasa a ser total

A partir de la Primera Guerra Mundial la guerra pasa a ser total y el aniquilamiento del adversario se entendía como destrucción física de combatientes y no combatientes. Así, el uso masivo de gases, de artillería, de bombardeos aéreos y torpedeo de barcos de pasajeros eran indicadores de una nueva época. Sin embargo, en esta ocasión fueron los límites tecnológicos los que acotaron la barbarie. La primera Guerra Mundial se estancó en las trincheras y la población civil cercana a los frentes fue la que más duramente sufrió la guerra. Pero en la retaguardia no se vivieron, en general, las acciones de guerra.La Segunda Guerra Mundial comenzó y terminó con un carácter de guerra total. En esta ocasión, el desarrollo tecnocientífico no frenó la extensión del conflicto en el ámbito civil, sino que lo potenció.  En cuanto a las matanzas militares sobre civiles, todos los contendientes las practicaron a conciencia. Los alemanes realizaron bombardeos masivos contra Rotterdam, Londres, Coventry, Belgrado, etc. A su vez, la fuerza aérea estadounidense atacó los territorios controlados por los alemanes con bombardeos masivos diurnos de precisión que tenían como objetivo destruir las fábricas y el potencial económico y productivo alemán, pese a que en la práctica afectaban a ciudades enteras. Los británicos se especializaron en ataques nocturnos masivos e indiscriminados contra las ciudades alemanas, que tenían como objetivo provocar el pánico y causar la desmoralización de la población civil. Ciudades como Hamburgo y Berlín sufrieron bombardeos terribles que provocaron miles de víctimas civiles. Especialmente emblemático fue el ataque a Dresde, en el curso del cual la ciudad fue borrada del mapa y con ella sus habitantes. El bombardeo más terrorífico de toda la historia de la humanidad fue el que sufrió Tokio, la capital de Japón, la noche del 9 al 10 de marzo. Unos 279 bombarderos norteamericanos lanzaron toneladas de bombas incendiarias sobre la ciudad, sabiendo que sus edificios estaban mayoritariamente hechos de madera. Una tormenta de fuego aniquiló a más de 100.000 personas, un número de bajas superior al que provocaron los ataques atómicos. Finalmente, el colofón de la guerra total fue el lanzamiento de bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki (Gordin, 2009). Al precio de miles de víctimas japonesas civiles, los estadounidenses se ahorraron una sangrienta campaña de conquista en las islas japonesas que ya había tenido sus precedentes en Okinawa.

Guerras, soldados y máquinas (F. Xavier Hernàndez Cardona y Xavier Rubio Campillo)


domingo, 11 de agosto de 2019

El Milagro de Hiroshima

Hiroshima después de la bomba

El 6 de agosto de 1945 cuatro sacerdotes jesuitas alemanes sobrevivieron a la catástrofe que ocasionó la bomba "Little Boy", pese a que explotó muy cerca de donde estaban; incluso la radiación, que mató a otras miles de personas en los meses siguientes, no tuvo efecto en ellos. Esta historia, documentada por historiadores y médicos, es conocida como el Milagro de Hiroshima.

Los jesuitas que sobrevivieron.
Los jesuitas Hugo Lassalle, superior en Japón, Hubert Schiffer, Wilhelm Kleinsorge y Hubert Cieslik, se encontraban en la casa parroquial de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, uno de los pocos edificios que resistió a la bomba. En el momento de la explosión, uno de ellos se encontraba celebrando la Eucaristía, otro desayunaba y el resto en las dependencias de la parroquia. Según escribió el propio P. Hubert Cieslik en un diario, únicamente sufrieron daños menores producto de cristales rotos, pero ninguno a consecuencia de la energía atómica liberada por la bomba. Fueron examinados por decenas de médicos, unas 200 veces a lo largo de los años posteriores y no se halló en sus cuerpos rastro alguno de la radiación.


En Hiroshima y Nagasaki murieron unas 246 mil personas, la mitad en el momento del impacto de las bombas y el resto en las semanas posteriores por los efectos de la radiación.

domingo, 29 de julio de 2018

El padre Wilhelm Kleinsorge (1).

*En la mañana de la explosión de la bomba atómica en Hiroshima, el padre Wilhelm Kleinsorge, de la Compañía de Jesús, celebró la misa en la capilla de la misión, un pequeño edificio de madera estilo japonés que no tenía bancos, puesto que sus feligreses se ponían de rodillas sobre las acostumbradas esteras japonesas, de cara a un altar adornado con sedas espléndidas, bronce, plata, bordados finos.

Después de un terrible relámpago el padre Kleinsorge tuvo apenas tiempo (puesto que se encontraba a 1.280 metros del centro) para un pensamiento, una bomba nos ha caído encima. Entonces, durante algunos segundos o quizás minutos, perdió la conciencia. El padre Kleinsorge nunca supo cómo salió de la casa. Cuando volvió en sí, se encontraba vagabundeando en ropa interior por los jardines de hortalizas de la misión, sangrando levemente por pequeños cortes a lo largo de su flanco izquierdo; se dio cuenta de que todos los edificios de los alrededores se habían caído, excepto la misión de los jesuitas. Se dio cuenta de que el día se había oscurecido; y de que Murata-san, el ama de llaves, se encontraba cerca, gritando: “Shu Jesusu, awaremi tamai! ¡Jesús, señor nuestro, ten piedad de nosotros!”.

El padre Kleinsorge entró a buscar algunas cosas que quería rescatar.  Un botiquín de primeros auxilios colgaba de un gancho en la pared, tal cual había estado siempre; pero sus ropas, que colgaban de otros ganchos cercanos, habían desaparecido. Su escritorio estaba roto en pedazos y desparramado por la habitación, pero una simple maleta de papier-mâché que había escondido bajo el escritorio estaba al lado de la puerta, donde no hubiera podido no verla, con la manija hacia arriba y sin un rasguño. Después, el padre Kleinsorge empezó a considerar estos hechos como una especie de interferencia divina, en cuanto a que la maleta contenía su breviario, los libros de contabilidad de la diócesis entera y una considerable cantidad de dinero en efectivo perteneciente a la misión y del cual él era responsable. Salió corriendo de la casa y depositó la maleta en el refugio antiaéreo de la misión.

El padre Kleinsorge se dio vuelta hacia el padre La Salle y,
sin que viniera al caso, le dijo: “Hemos perdido todo lo que teníamos, salvo el sentido del humor”. La calle estaba atestada con partes de casas, con cables y postes de teléfono caídos. Cada dos o tres casas les llegaban las voces de gente enterrada y abandonada que invariablemente gritaba, con cortesía formal: “Tasukete kure! ¡Auxilio, si son tan amables!”. Los sacerdotes reconocieron varias ruinas: eran hogares de amigos, pero debido al fuego era ya demasiado tarde para ayudar.

Para un occidental como el padre Kleinsorge, el silencio en el bosquecillo junto al río, donde cientos de personas gravemente heridas sufrían juntas, fue uno de los fenómenos más atroces e imponentes que jamás había
vivido. Los heridos guardaban silencio; nadie lloraba, mucho menos gritaba de dolor; nadie se quejaba; de los muchos que murieron, ninguno murió ruidosamente; ni siquiera los niños lloraban; pocos hablaban siquiera. Y cuando el padre Kleinsorge dio a beber agua a algunos cuyas caras estaban cubiertas casi por completo por las quemaduras, bebían su ración y enseguida se levantaban un poco y hacían una venia de gratitud.

El señor Tanimoto leyó en voz alta un pasaje de una Biblia de bolsillo en japonés: “Pues mil años en Tu presencia son como el ayer cuando han pasado, como un centinela en la noche. Te llevas a los hijos de los hombres como un diluvio; ellos son como el sueño; en la mañana son como la verde hierba que crece. En la mañana florece y crece; en la tarde es cortada, y se marchita. Pues Tu ira nos consume y por Tu ira nos inquietamos. Ante Ti has llevado nuestras iniquidades; ante la luz de Tu rostro, nuestros pecados secretos. Pues en Tu ira pasan nuestros días todos: vivimos nuestros años como un cuento…”. El señor Tanaka murió mientras Tanimoto leía el salmo.

Dos minutos después de las once de la mañana del 9 de agosto, la segunda bomba atómica cayó, esta vez sobre Nagasaki.


*Hiroshima (John Hersey)

sábado, 31 de marzo de 2018

Lluvia negra.

Lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima
El 6 de Agosto de 1945 una bomba atómica de uranio enriquecido explotó a una altura de 600 metros sobre la ciudad japonesa de Hiroshima. La explosión, equivalente a 16.000 toneladas de TNT, creó una onda de calor de unos 300.000 grados centígrados, una potente onda de choque y un estallido de radiación gamma. Los edificios de madera de la ciudad entraron en combustión, y casi todas las personas que estaban dentro de un radio de un kilómetro y medio del centro de la explosión (el hipocentro) murieron inmediatamente. Los potentes incendios que devoraron la
ciudad crearon corrientes de aire caliente que elevaron a la atmósfera algunos de los 200 isótopos radiactivos que creó la detonación. El resultado fue una lluvia radiactiva que esparció la contaminación, la llamada “lluvia negra”. Con aquella explosión, se cree que murieron unas 100.000 personas. Otras 10.000 lo harían en los dos años siguientes.

Masuji Ibuse en su libro “Lluvia negra” cuenta que los heridos estaban tumbados de cualquier forma sobre el tatami, pero era imposible identificarlos porque no había ni uno solo que no tuviera el rostro totalmente desfigurado por las quemaduras. Uno de ellos tenía el cráneo pelado como un huevo, y apenas le quedaba en él más que una leve tira de piel normal; al parecer, había tenido una toalla de algodón enrollada en su frente y sus mejillas colgaban como los senos de una anciana.

Los propios médicos, dice Masuji Ibuse, eran reacio a
arriesgarse a tratar a los pacientes de una enfermedad cuyos orígenes desconocía. Sin poder explicarse la causa de sus sufrimientos más que por el dolor de las quemaduras, inyectó a seis de los heridos un medicamento llamado Pantopon, que les alivió temporalmente de los dolores. Los síntomas de la enfermedad de la radiación empezaban normalmente con una sensación de adormecimiento y pesadez de los miembros, cuyo origen era desconocido. Al cabo de unos días, el pelo se caía a puñados y los dientes se aflojaban y terminaban por caerse también. Por último, se declaraba un paro respiratorio y el paciente moría. Cuando se sentía el adormecimiento en los primeros estadios de la enfermedad, lo primero que había que hacer era descansar y comer bien. Quienes seguían trabajando se iban poniendo mustios, como los pinos transplantados por jardineros torpes, hasta que finalmente fallecían.

Las fotografías fueron tomadas los días posteriores al estallido de la bomba atómica en Hiroshima.
La enfermedad se manifestaba en una parte concreta del cuerpo, y se caracterizaba por provocar dolores atroces. El dolor que se sentía en los hombros y la espalda era, también, incomparablemente peor que el de cualquier otra enfermedad.

jueves, 26 de octubre de 2017

Lo que destruyó el fascismo como idea no fue la repulsa moral sino su falta de éxito.

El fascismo fue destruido como ideología viviente por la II Guerra Mundial. Se trató por supuesto de una derrota a un nivel muy material, pero significó también una derrota de la idea. Lo que destruyó el fascismo como idea no fue la repulsa moral universal en su contra, pues mucha gente estaba dispuesta a respaldar la idea en tanto que parecía la tendencia del futuro, sino su falta de éxito. Después de la guerra, a la mayoría de la gente le pareció que el fascismo alemán, así como sus otras variantes europeas y asiáticas, estaban abocados a la autodestrucción. No había ninguna razón material por la que no hubiesen podido volver a brotar nuevos movimientos
fascistas después de la guerra en otros lugares, salvo por el hecho de que el ultranacionalismo expansionista, con su promesa de un conflicto interminable que conduciría a una derrota militar desastrosa, había perdido por completo su atractivo. Las ruinas de la cancillería del Reich, así como las bombas atómicas lanzadas sobre Hiroshima y Nagasaki, acabaron con esta ideología tanto a nivel de la conciencia como en el aspecto material, manifiesta el politólogo Francis Fukuyama.

domingo, 14 de mayo de 2017

Cuando las japonesas descubrieron que los hombres no eran ni indestructibles ni insustituibles.

Una geisha japonesa muestra su traje tradicional. 
Estalló la Segunda Guerra Mundial, y, al igual que en Inglaterra y Alemania, en Japón se lanzó el slogan: “Si el sitio de los hombres está en el frente, el de las mujeres está en las fábricas”. Por tanto se reclutaron las mansas esposas que jamás habían salido de casa sin la compañía del marido, se les enseñó a fabricar municiones y capotes militares, y hasta las geishas se vieron obligadas a dejar sus alcobas atiborradas de perfumes y afeites para servir de forma más práctica al país, cuenta Oriana Fallaci. Bajo las bombas de las fortalezas volantes, y finalmente en el apocalíptico terror de Hiroshima, estas mujeres hicieron la misma guerra que los hombres. Y cuando ellos volvieron a casa derrotados, humillados, rotos de cuerpo y de alma, por primera vez en milenios estas mujeres descubrieron que sus hombres no eran ni indestructibles ni insustituibles. Muchos no volvieron. En su lugar desembarcaron otros hombres, altísimos y rubios, que mascaban chicle y escupían altivos al rostro del vencido; pero que ante las mujeres se comportaban tímidamente, porque procedían de un país donde desde hacía más de un siglo eran ellas las verdaderas dueñas y señoras de sus destinos. Estos hombres altísimos y rubios eran los mismos a quienes los japoneses, pequeños y morenos, habían creído poder destruir como hormigas.
Mac Arthur
Nadie puede imaginarse lo que entonces sucedió en los turbados cerebros de las mujeres en quimono. Pero es indudable que el general Mac Arthur halló terreno abonado para humillar a los hombres de un país vencido. Ya los había humillado antes con la derrota. Ahora los abatía con una revolución social que imponía desconocidas ventajas a las mujeres, y con la altiva demostración de cuán ridículo era seguir creyendo en ciertos tabúes.
El general McArthur y el emperador Hirohito
Mac Arthur obligó al emperador Hirohito a pronunciar un discurso en el que admitía que el concepto de su divinidad era una equivocación. Es muy cierto que el procónsul de la democracia cometía la incalificable grosería de recibir al hombre pequeño y gris en su habitación del Dai Ichi Hotel; pero entretanto proclamaba una nueva constitución cuyo artículo 24 establecía que el matrimonio debía tener el mismo significado para hombres y mujeres, que las mujeres podían divorciarse lo mismo que los hombres, y que una muchacha era dueña de sus propios destinos sin esperar a los treinta años. En ese mismo año de 1946 fueron elegidas veintiséis mujeres al Parlamento japonés, y trescientas sesenta en las asambleas locales. Los vestidos europeos
invadieron los comercios de la Ginza. Eran vestidos feos comparados con los quimonos, dejaban al descubierto las pantorrillas macizas, las piernas ligeramente torcidas por la costumbre de arrodillarse en el suelo, las caderas excesivamente anchas. Pero se trataba del vestido que simbolizaba una libertad larga y silenciosamente anhelada. Vestidas con estos trajes europeos comenzaron ellas a entrar en los bares, en los cines; a emplearse en las comandancias aliadas, a hablar en inglés, a bailar los estúpidos bailes modernos; pero sin renunciar a su vocecita, que parece una cantilena susurrada por un niño, a su gracia cumplimentera, al respeto milenario por quien tuvo el inmenso privilegio de nacer varón.

sábado, 2 de julio de 2016

En la segunda guerra mundial se atacaron por primera vez en la historia objetivos civiles.

Por primera vez en la historia se atacaron objetivos civiles (Londres).
Una de las novedades que nos trajo la segunda guerra mundial fue que por primera vez en la historia se atacaron objetivos civiles que se encontraban alejados de los frentes bélicos. Tal vez todos los países enfrentados cometieron delitos de lesa humanidad.

Nagasaki el día después.
En Japón, Hiroshima fue reducida a polvo por la primera bomba atómica, y parte de Nagasaki lo fue también por la segunda. Tokio no fue bombardeada sino por medios convencionales, pero gran parte de sus edificios quedaron destruidos. También en el bando contrario hubo grandes destrucciones. La primera ciudad en ser borrada del mapa fue Coventry, centro industrial británico, arrasada por los aviones alemanes en 1.940. También Londres sufrió grandes daños, lo mismo que Rotterdam. Stalingrado, la ciudad rusa donde se registró la más tremenda batalla urbana de la guerra, quedó convertida en un montón de ruinas. 
Roma, declarada “ciudad abierta”.

De las grandes capitales, solo París, por un milagro de última hora, y Roma, declarada “ciudad abierta” por intercesión del papa Pío XII, quedaron prácticamente incólumes.