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lunes, 2 de junio de 2025

Cuán difícil nos resulta dirigir el pensamiento a Dios cuando todo marcha bien

C. S. Lewis escribe en El problema del dolor que el hombre malvado vivirá encerrado en un mundo de ilusiones mientras no descubra en su existencia la presencia inequívoca del mal en forma de sufrimiento. Cuando le despierte el dolor, descubrirá que “tiene que habérselas” de un modo o de otro con el mundo real. Entonces tal vez se rebele, con la posibilidad de aclarar el asunto y arrepentirse profundamente en algún momento posterior, o intente algún arreglo, que, de ser continuado, le conducirá a la religión. Ciertamente, ninguno de esos dos efectos es tan seguro ahora como lo era en otras épocas en que la existencia de Dios, o incluso la de dioses, era generalmente reconocida…….El dolor como megáfono de Dios es, sin la menor duda, un instrumento terrible. Puede conducir a una definitiva y contumaz rebelión. Pero también puede ser la única oportunidad del malvado para enmendarse. El dolor quita el velo y coloca la bandera de la verdad en la fortaleza del alma rebelde.
Todos hemos observado cuán difícil nos resulta dirigir el pensamiento a Dios cuando todo marcha bien. “Tenemos todo lo que deseamos” es una afirmación terrible cuando el término “todo” no incluye a Dios, cuando Dios es visto como un obstáculo. San Agustín dice al respecto lo siguiente: Dios quiere darnos algo, pero no puede porque nuestras manos están llenas. No tiene sitio en el que poner sus dádivas.

domingo, 31 de octubre de 2021

Se puede respetar por lo que es en sí mismo


C. S. Lewis escribe que “había que obedecer a Dios sólo porque era Dios. Desde hacía mucho tiempo, a través de los dioses de Asgard y luego a través de la noción del Absoluto, Él me había enseñado cómo se puede respetar algo no por lo que puede hacer por nosotros, sino por lo que es en sí mismo. Por esto, aunque me daba miedo, no me sorprendía descubrir que hay que obedecer a Dios por lo que es en sí mismo. Si se pregunta por qué debemos obedecer a Dios, la respuesta es, como último recurso, “Yo Soy”. Conocer a Dios es saber que nuestra obediencia se debe dirigir a Él. En su naturaleza se revela su soberanía de jure. Por supuesto, como ya he dicho, el asunto es más complicado que eso. El ser primero y necesario, el creador, tiene soberanía de facto tanto como de jure. Tiene el poder, tanto como el reino y la gloria. Pero me hizo conocer la soberanía de jure antes que el poder, el derecho antes que el deber. Y se lo agradezco. Creo que es bueno, incluso ahora, decirnos a nosotros mismos de vez en cuando que Dios es tal que si (per impossibile) su poder desapareciera permaneciendo el resto de sus atributos, de tal forma que se privara para siempre del derecho supremo al deber supremo, aún le deberíamos el mismo tipo y grado de obediencia que ahora”.

domingo, 12 de abril de 2020

Se limitó a decir: “Yo soy el Señor”. “Soy el que Es”, “Yo Soy”.

C. S. Lewis


*Lo que realmente temía era que si creía seriamente incluso en un “Dios” o un “Espíritu” como el que yo aceptaba, se desarrollaría toda una situación nueva. Igual que los huesos secos produjeron un estremecimiento y se juntaron unos a otros en aquel temible valle de Ezequiel, ahora un teorema filosófico, aceptado cerebralmente, empezó a agitarse, levantarse y quitarse el sudario, se puso en pie y se convirtió en una presencia viva. No se me volvería a permitir jugar con la filosofía.

Mi adversario renunció a esto. Se hundió en algo de mayor importancia. No lo discutiría. Se limitó a decir: “Yo soy el Señor”. “Soy el que Es”, “Yo Soy”. Es difícil que los que son religiosos por naturaleza entiendan el horror de una revelación como ésta. Los agnósticos afables hablarán animadamente de la “búsqueda de Dios por el hombre”. Para mí, tal y como me sentía entonces, podrían haber hablado igualmente de la búsqueda del gato por el ratón……Dios era la Razón misma. Pero, ¿también Él sería razonable en ese otro sentido más cómodo? No se me ofreció ni la más ligera seguridad en este punto. Se exigía el sometimiento total, el salto absoluto en el vacío. La realidad con la que no se puede pactar estaba sobre mí. La exigencia ni siquiera era “todo o nada”. Creo que ese estado ya había pasado, en el piso de arriba del autobús, cuando desabroché mi armadura y el hombre de nieve se empezó a derretir. Ahora la exigencia era, simplemente, “todo”.


Cada vez que mi mente se apartaba por un momento del trabajo, el acercamiento continuo, inexorable, de Aquél con quien, tan encarecidamente, no deseaba encontrarme. Aquél a quien temía profundamente cayó al final sobre mí. Hacia la festividad de la Trinidad de 1929 cedí, admití que Dios era Dios y, de rodillas, recé; quizá fuera, aquella noche, el converso más desalentado y remiso de toda Inglaterra. Entonces no vi lo que ahora es más fulgurante y claro, la humildad divina que acepta a un converso incluso en tales circunstancias. Al fin el hijo pródigo volvía a casa por su propio pie. Pero ¿quién puede adorar a ese amor que abrirá la puerta principal a un pródigo al que traen revolviéndose, luchando, resentido y mirando en todas direcciones buscando la oportunidad de escapar? Las palabras compelle intrare, obligadles a entrar, han sido tan manoseadas por hombres impíos que debemos temblar ante ellas; pero, bien entendidas, llenan la profundidad de la misericordia divina.

* C.S. Lewis

miércoles, 3 de abril de 2019

Mi nombre era legión

C. S. Lewis
Decía Lewis que “un joven ateo no puede defender su fe con demasiado rigor. El peligro le espera en cada esquina. No puedes realizar, ni siquiera puedes intentarlo, el deseo del Padre a menos que estés dispuesto a conocer la doctrina. Todos mis actos, deseos y pensamientos se iban a armonizar con el Espíritu universal. Por primera vez me examiné seriamente con un propósito práctico. Y encontré algo que me aterró: un zoológico de lujurias, un manicomio de ambiciones, una guardería de miedos, un harén de odios mimados. Mi nombre era legión. Por supuesto, no podía hacer nada (no podía subsistir ni una hora) sin recurrir continua y conscientemente a lo que llamaba Espíritu. La sutil distinción filosófica entre esto y lo que la gente corriente llama orar a Dios se hunde tan pronto como empiezas a hacerlo con honestidad. Del idealismo se puede hablar y se puede sentir, pero no se puede vivir”.