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martes, 27 de febrero de 2024

El radicalismo prospera cuando existe un desajuste entre unas expectativas crecientes y unas oportunidades en declive

El atractivo de una muerte gloriosa y cargada de sentido era especialmente fuerte en los casos en que la opresión estatal y las privaciones económicas frustraban los placeres y alicientes de la vida. Desde Irak hasta Marruecos, los gobiernos árabes habían asfixiado la libertad y habían fracasado claramente a la hora de crear riqueza en un momento en que la democracia y los ingresos personales se disparaban en prácticamente todas las demás zonas del planeta. Arabia Saudí, el más rico de todos, era un país tan claramente improductivo que la extraordinaria abundancia de petróleo no había logrado generar ninguna otra fuente significativa de ingresos; de hecho, si se restaban los ingresos procedentes del petróleo de los países del Golfo, quedaba un balance de doscientos sesenta millones de árabes que exportaban menos que los cinco millones de finlandeses. El radicalismo normalmente prospera cuando existe un desajuste entre unas expectativas crecientes y unas oportunidades en declive. Esto es en particular válido en lugares con una población joven, inactiva y aburrida, donde el arte se empobrece y el entretenimiento (las películas, el teatro, la música) está bajo control o no existe en absoluto, y donde se mantiene apartados a los muchachos de la confortante y socializadora presencia de las mujeres. El analfabetismo adulto seguía siendo habitual en muchos países árabes y la tasa de desempleo era una de las más elevadas de los países en vías de desarrollo. La ira, el resentimiento y la humillación incitaban a los jóvenes árabes a buscar soluciones drásticas. El martirio constituía para aquellos jóvenes una alternativa ideal a una vida con tan escasos alicientes. La posibilidad de una muerte gloriosa atraía al pecador, que sería perdonado, según se decía, en cuanto su sangre comenzara a brotar e incluso vería el lugar que ocuparía en el paraíso antes de morir. Setenta miembros de su familia podrían salvarse de las llamas del infierno gracias a su sacrificio. El mártir que sea pobre será coronado en el cielo con una joya más valiosa que la propia tierra. Y para aquellos jóvenes que procedían de culturas en las que las mujeres estaban encerradas y resultaban inalcanzables para los que carecían de porvenir, el martirio ofrecía los placeres conyugales de setenta y dos vírgenes: “las huríes de ojos oscuros, puras como perlas ocultas”, como las describe el Corán. Aguardaban al mártir con banquetes de carne y fruta y copas del más puro de los vinos.
Aunque obedecían a diferentes motivaciones, compartían la creencia de que el islam, puro y primitivo, sin influencias de la modernidad y no condicionado por la política, sanaría las heridas que el socialismo o el nacionalismo árabe no habían logrado curar. Estaban furiosos, pero no podían hacer nada en sus propios países. No se consideraban a sí mismos terroristas, sino revolucionarios que, al igual que todos los hombres de estas características a lo largo de la historia, se habían visto obligados a actuar por la simple necesidad humana de justicia. Algunos habían sufrido una brutal represión; a otros simplemente les atraían el caos y la sangre. Desde sus inicios, en al-Qaeda había reformistas y había nihilistas. La dinámica entre ellos era irreconciliable y autodestructiva, pero los hechos se sucedían con tanta rapidez que era casi imposible distinguir a los filósofos de los sociópatas.
Referencia: La torre elevada de Lawrence Wright

sábado, 13 de junio de 2020

El pronunciamiento de Veracruz en 1835 en Mexico dio rienda suelta al más desatado radicalismo antiespañol y antieclesiástico



Cuenta Don Marcelino Menéndez Pelayo que las logias del rito escocés, que se extendieron por Nueva España como red inmensa, descollando entre ellas la titulada El Sol, a la cabeza de la cual figuraron D. José Mariano de Michelena y don Miguel Ramos Arispe.


Don Marcelino en su libro Historia de los heterodoxos españoles añade que “el pronunciamiento de Veracruz en 1835 en Mexico, acaudillado por Santana y Gómez Farías, volvió a dar el triunfo a los yorkinos*, que arrojaron del país a los principales escoceses y dieron rienda suelta al más desatado radicalismo antiespañol y antieclesiástico. “De grado o por fuerza, escribe el Dr. Mora, sometieron todos los poderes públicos a la acción e influjo de asociaciones no reconocidas por las leyes y anularon la federación por la violencia que hicieron a los estados y la necesidad imperiosa en que los pusieron de reconocerlos por centro único y exclusivo de la autoridad pública. Los poderes supremos y el clero y la milicia fueron todos, más o menos, sometidos al imperio de uno y otro de estos partidos”. Ni más ni menos que en España en 1820, y aun peor, por tratarse de una sociedad nueva y con menos elementos de conservación y resistencia. Toda la posterior historia de México, sellada con la sangre de Maximiliano, está contenida en estas premisas. Donde triunfa el espíritu faccioso, nutridor y fomentador de toda ambición desbocada, puede esperarse la revolución artificial que consume y enerva, aunque tumultuariamente excite al modo de los licores espirituosos, nunca la evolución, interna y fecunda. De dos maneras contribuyó el liberalismo de la Península a la pérdida de las Américas, diremos con el Sr. Roa Bárcena, nada adversario ciertamente de la independencia de su país, aunque católico y amigo de los españoles: “difundiéndose en las masas los gérmenes de filosofismo y anarquía que encerraban las leyes de las Cortes de Cádiz… y haciendo al mismo tiempo que los elementos conservadores se agrupasen en torno del estandarte de la independencia para guardar las instituciones y costumbres, cuya desaparición se creía segura si se prolongaba nuestra dependencia de la metrópoli”.

*La logia yorkina, rito yorkino, o rito de York, es una rama de la masonería

miércoles, 18 de septiembre de 2019

Ninguna incitación a la violencia garantizará la paz



Ninguna incitación a la violencia garantizará la paz, y cualquier acción unilateral que no ponga en marcha procesos constructivos y compartidos, en realidad, sólo beneficia a los partidarios del radicalismo y de la violencia. Para prevenir los conflictos y construir la paz es esencial trabajar para eliminar las situaciones de pobreza y de explotación, donde los extremismos arraigan fácilmente, así como evitar que el flujo de dinero y armas llegue a los que fomentan la violencia, manifiesta el Papa Francisco. 

miércoles, 27 de junio de 2018

La propaganda engalanó la imagen de Hitler como la esperanza de millones de personas.

La propaganda nazi supo conjugar la demonización de los enemigos políticos y raciales con un llamamiento emocional vagamente expresado, pero extraordinariamente poderoso, a la regeneración y la unidad nacional. Invocaba la unidad nacional que había existido (aunque por un breve momento) en 1914, y la “comunidad de trinchera” de los soldados del frente durante la guerra, con la finalidad, decía, de crear una “comunidad popular” de la gente de etnia alemana que trascendiera todas las divisiones internas. Se trataba de un simbolismo eficaz, cuenta el historiador Ian Kershaw; los votantes no buscaban en su mayoría un programa coherente, ni una serie de reformas limitadas del gobierno. El partido de Hitler les resultaba atractivo porque prometía un comienzo radicalmente nuevo mediante la eliminación total del viejo sistema. Los nazis no pretendían corregir lo que presentaban como un sistema moribundo o podrido; afirmaban que iban a erradicarlo y a construir una Alemania nueva a partir de sus ruinas. No proponían derrotar a sus adversarios; amenazaban con destruirlos por completo. 
El mensaje resultaba atractivo precisamente por su radicalismo. Los alemanes respetables de clase media, estaban ahora dispuestos a tolerar la violencia nazi siempre y cuando fuera dirigida contra los odiados socialistas y comunistas, o contra los judíos (considerados en general, y no sólo por los nazis más fervorosos, demasiado poderosos y una fuerza maléfica dentro de Alemania). La clase media veía en la violencia una consecuencia colateral de un objetivo absolutamente positivo, la causa de la renovación nacional.

Lo que atrajo a los votantes en el momento de la Gran Depresión fue la promesa del fin de la miseria que, a su juicio, había creado la democracia de Weimar, la destrucción de los responsables de la lamentable situación de Alemania y la creación de un nuevo orden social basado en una “comunidad popular” nacional que construyera el poder, el orgullo y la prosperidad de la Alemania del futuro. La propaganda engalanó la imagen de Hitler como el único hombre capaz de lograr este objetivo, como la esperanza de millones de personas, según decía el eslogan de las elecciones de 1932.

sábado, 23 de junio de 2018

La administración de Bush no se equivocaba al reconocer importantes paralelos entre el radicalismo yihadista y las tiranías del siglo XX.

La administración de Bush no se equivocaba al reconocer importantes paralelos entre el radicalismo yihadista y las religiones políticas del siglo XX. Cualesquiera que fueran las diferencias entre la “piadosa crueldad” de los islamistas y las tiranías ateas del siglo XX, ambas corrientes ideológicas detestaban la democracia burguesa y repudiaban la ley moral en nombre de aspiraciones y objetivos ostensiblemente más sublimes.

Mahoney escribe que con su abierto desprecio a la
racionalidad, a la sociedad civil y a la moralidad ordinaria, como también hacia corrientes menos virulentas dentro del islam, el extremismo yihadista apela a los marginados y a los desplazados, a aquellos que han sido arrancados por el torbellino de la globalización. Sin embargo, nunca atraerán la simpatía de los intelectuales occidentales, como lo hizo el comunismo durante la larga crisis social que dominó la primera mitad del siglo XX.