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viernes, 11 de junio de 2021

Excluidos


La crisis social se refiere no tanto al desempleo como a lo que los franceses denominan los excluidos. Este término describe a personas que, tras salir de la fuerza de trabajo a tiempo completo, o no haber entrado nunca en ella, en cierto sentido sólo son miembros de la comunidad nacional en parte. No es su pobreza material, sino la forma en que existen fuera de los canales convencionales de empleo o seguridad, y con pocas perspectivas de volver a entrar en ellos o de beneficiarse de los vínculos sociales que les acompañan, lo que les distingue de incluso los segmentos más pobres de la mano de obra no especializada de la economía industrial. Esas personas, se trate de madres solteras, trabajadores a tiempo parcial o con contratos temporales, emigrantes, adolescentes sin cualificación o trabajadores manuales que se han visto obligados a retirarse prematuramente, no pueden vivir decentemente, participar en la cultura de su comunidad nacional o local y ofrecer a sus hijos perspectivas mejores que las suyas. Sus condiciones de vida y de trabajo les impiden interesarse por nada más allá de la mera supervivencia y son, o deberían ser, un reproche permanente a la afluencia de sus conciudadanos “incluidos”, escribe Tony Judt. 


Actualmente aumenta la cantidad de precarios, de excluidos y de pobres, porque el trabajo está desapareciendo en los lugares, las ocupaciones y los niveles de especialización en los que actualmente está concentrada, y permanecerá la siguiente generación, la mayor parte de la población vulnerable de Europa. En términos de políticas esto no es sólo o principalmente un enigma económico. Los países ricos casi siempre pueden encontrar los recursos para financiar prestaciones sociales si quieren hacerlo, pero la decisión sobre cómo hacerlo es política en primer lugar.

jueves, 30 de julio de 2020

El trabajo ha constituido en la sociedad occidental el sentido de la dignidad del ser humano



José Luis Villacañas
“Tenemos que ser seres humanos mucho más plurales, mucho más capaces, de comprender que ninguno de los bienes a los que, como seres humanos, podemos aspirar, puede elevarse a absoluto”, señala José Luis Villacañas, catedrático de Filosofía. Para Villacañas “uno de los bienes que inevitablemente tenemos que reconocer entre los seres humanos es la religión, porque garantiza que ninguna de las otras esferas se convierta en absoluta, ni acabe esclavizándonos… Esto es un dispositivo de libertad y apertura.


“El trabajo, dice el profesor Villacañas, ha constituido en la sociedad occidental el sentido de la dignidad del ser humano. Pero lo ha hecho en la medida en la que el trabajo no era solo un instrumento, un medio de capitalización, sino que era un medio de realización. Esto está íntimamente relacionado con la dimensión vocacional del trabajo, con la dimensión del hombre profesional, en la que la modernidad vierte toda la cuestión de la vocación, y con una estructura de temporalidad de la vida personal de largo plazo. La dignidad era vista con una actividad en la que la persona podía estructurar su existencia completa, y al hacerlo podía recabar el reconocimiento de los demás, como hombre profesional al que los demás ven con una estructura de trabajo que atraviese su vida entera. La dimensión nueva del trabajo, y esta obsesión nueva del trabajo fragmentado, precario, limitado y cambiable, nos impide reconocernos como seres sociales y como seres que nos debemos los unos a los otros, responsables los unos de los otros, que se ven unos a otros. La consecuencia es la clave de toda vida precaria, que es la soledad. No queremos darnos cuenta de que la vida precaria tiene una manifestación precisa, que es la soledad”.

sábado, 14 de abril de 2018

Los ingenieros no necesitan preocuparse de su situación en el mercado laboral, pero no ocurre lo mismo en los otros sectores.

Heinz Bude 
El sociólogo y profesor universitario Heinz Bude manifiesta que los ingenieros, ya vengan de renombradas universidades técnicas o de centros de formación profesional menos conocidos, no necesitan preocuparse de la situación en el mercado laboral. Los sectores que se afirman como abastecedores de la economía mundial los están esperando a cada uno de ellos. Otra cosa sucede con el sector de los seguros y con el sector bancario, ahí el empleo en su conjunto está remitiendo incesantemente, aunque es sobre todo el porcentaje de puestos directivos el que se hunde considerablemente, mientras que  especialistas en los departamentos matemáticos ganan progresivamente en importancia. El jurista o empresario experimentado que todavía mantiene su posición, ahora ha de aguantar que una joven matemática que no conoce en modo alguno el sector le explique qué producto financiero tiene futuro en el mercado y qué otro producto no lo tiene. Es decir, aquí no solo se ha vuelto escaso el empleo, sino que también el estatus se ha vuelto precario.

Los periodistas de prensa influyentes que creen estar trabajando en un sector que está condenado a hundirse. Internet les ha quitado el privilegio de la información, los periódicos gratuitos que brotan por todas partes les arrebatan de manera sostenida sus compradores, y en el periodismo de revistas, que prospera a base de historias bien narradas y de imágenes preparadas artísticamente, solo hay sitio para unos pocos.

Los autónomos o los empleados a menudo trabajan a la sombra del Estado de bienestar como formadores, asesores o ejerciendo cualquier otra forma de trabajo social con un sueldo honorífico. Salen adelante a base de ir tirando a lo largo de “cadenas de vencimientos” o redactan constantemente nuevas solicitudes de proyectos. Por lo general tienen formación académica y por necesidad o inclinación se han decidido por asegurarse la existencia con el “emprendedurismo”. Uno se los puede imaginar como a un asesor familiar con estudios universitarios de pedagogía o como a una mediadora con título de jurista que, como empresarios individuales, se van abriendo paso en el mundo de las grandes ciudades. Lo que los distingue de la gente de su misma edad que tiene éxito y que gestiona una floreciente consultoría para asesorar a titulados universitarios o unas grandes oficinas para gestionar proyectos de comunidades de contratistas no es ni el nivel de formación que han
adquirido ni las ganas de desarrollarse y diseñar proyectos, sino únicamente que han apostado por el caballo perdedor. Hay multitud de arquitectos formados que en su vida jamás han ganado dinero con su profesión, no pocos farmacéuticos titulados cuyo negocio se ha hundido, y un número considerable de abogados generalistas que en Friburgo, Berlín o Wismar apenas ganan para vivir llevando procesos judiciales de todo tipo.


Cada vez hay más fracasados con su formación procedentes de medios de mucha formación, y fracasados laborales procedentes de familias que han ascendido socialmente. Al chico bronceado que uno conoce de la época de estudios universitarios o a la adorada chica que se preparaba para hacer carrera como funcionaria uno se los vuelve a encontrar veinte años después convertidos en un bebedor cínico o en una madre soltera agotada.

miércoles, 12 de julio de 2017

¿Por qué habrían de respetar las reglas del juego político democrático, si las del mundo laboral se ignoran de forma descarada?

El sociólogo, filósofo y ensayista polaco Zygmunt Bauman dice que uno  de los diagnósticos más al uso es el desempleo y, en particular, el precario panorama laboral para quienes finalizan sus estudios y se incorporan a un mercado más preocupado por incrementar los beneficios mediante el recorte de costes laborales y la supresión de ventajas que por crear nuevos empleos y establecer nuevas ventajas. Uno de los remedios más sopesados son los subsidios estatales, que convertirían en un buen negocio la contratación de jóvenes (durante el tiempo que duren los subsidios). Una de las recomendaciones que más suele hacerse entretanto a los jóvenes es que sean flexibles y no especialmente quisquillosos, que no esperen demasiado de sus empleos, que acepten los trabajos tal como vienen sin hacer demasiadas preguntas y que se los tomen como una oportunidad que hay que disfrutar al vuelo y mientras dure, y no tanto como un capítulo introductorio de un proyecto vital, una cuestión de amor propio y autodefinición, o una garantía de seguridad a largo plazo.

Como sugiere Daniele Linhart, coautor de Perte d’emploi, perte de soi, “estos hombres y mujeres no sólo pierden su
empleo, sus proyectos, sus puntos de referencia, la confianza de llevar el control de sus vidas; se encuentran asimismo despojados de su dignidad como trabajadores, de autoestima, de la sensación de ser útiles y de gozar de un puesto propio en la sociedad”. Así pues, ¿por qué habrían de respetar los empleados súbitamente descalificados las reglas del juego político democrático, si las del mundo laboral se ignoran de forma descarada?