Hijo único, abandonado por mi padre, necesitaba una familia, un hogar. Y hombres. Sobre todo hombres. Los necesitaba para que me sirvieran de mentores, de héroes, de modelos, y como una especie de contrapeso masculino de mi madre, mi abuela, mi tía y las cinco primas con las que vivía. El bar me proporcionaba a todos los hombres que necesitaba, más dos o tres que no me hacían ninguna falta. Mucho antes de servirme copas, el bar me sirvió la salvación. Me devolvió la fe cuando era niño, cuidó de mí de adolescente, y me acogió cuando me convertí en un hombre joven. Aunque me temo que nos sentimos atraídos por aquello que nos abandona, y por lo que parece más probable que vaya a abandonarnos, finalmente creo que nos define lo que nos acoge. Yo, naturalmente, correspondí al bar y lo acogí también, hasta que una noche el bar me rechazó y, con ese acto de abandono final, el bar me salvó la vida. Siempre había habido un bar en esa esquina, con un nombre u otro, desde el principio de los tiempos, o desde el final de la Prohibición, lo que en mi pueblo, Manhasset, Long Island, en el que tanto se bebía, era lo mismo. En la década de 1930, el bar era una escala para las estrellas de cine que iban camino de sus clubes náuticos y sus urbanizaciones exclusivas frente al mar. En la de 1940, el bar era un refugio para los soldados que regresaban de las guerras. En la de 1950, un lugar de encuentro para chicos engominados y novias con falda de capa. Pero el bar no se convirtió en referente, en terreno sagrado, hasta 1970, cuando Steve compró el local, le cambió el nombre y le puso Dickens.
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sábado, 5 de septiembre de 2026
Bar Dickens, Manhasset, Long Island
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domingo, 4 de enero de 2026
Autoexposición sexual digital
Save the Children advierte en un informe que la autoexposición sexual digital, niños y adolescentes que producen contenido sexual a cambio de algún beneficio, se está normalizando entre la juventud hasta el punto de que un 32,3 % considera legítimo ganar dinero así. La organización lo define sin matices, es explotación sexual, incluso cuando parezca que “la iniciativa” parte del menor. El informe, titulado La trampa de la autoexposición: nuevas dinámicas de explotación sexual en el entorno digital, afirma que detrás de esta supuesta voluntariedad hay presiones, desigualdades y relaciones de poder que hacen imposible cualquier consentimiento válido. La encuesta, realizada a más de 1.000 jóvenes, revela que el 2,5 % recibió compensaciones económicas, regalos o favores a cambio de material sexual siendo menores. Es decir, uno de cada 40 ha sufrido explotación sexual digital antes de los 18 años. Además, un 14,4 % conoce a alguien en esa situación. “No son casos aislados”, advierte Catalina Perazzo, directora de Influencia y Desarrollo Territorial. “Se está extendiendo y normalizando”.
La organización detalla cómo estas plataformas refinan mensajes diferenciados por género. A las chicas se les ofrece el relato del ascenso social a través de la sexualización de su propio cuerpo. España es ya el quinto país con más creadoras en OnlyFans. A los chicos, en cambio, se les interpela como consumidores o como “mentores”, una figura que Save the Children equipara al proxenetismo digital. Esta narrativa cala, casi el 30% de los jóvenes cree que quienes producen este contenido “ganan mucho dinero”.
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