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viernes, 24 de marzo de 2023

El político tonto y el político loco

El escritor y político mexicano Vicente Riva Palacio cuenta que “él que no “sabe aprovecharse”, la frase es gráfica pero muy usada, ése es tonto, sobre todo y antes que todo, si está pobre habiendo ocupado altos puestos políticos, o teniendo influencia en los destinos de la nación. ¿Qué otra cosa se dice del que ha podido enriquecer y no lo ha hecho? tonto, y muy tonto; habréis oído aplicar este calificativo y tal vez otro más enérgico, a personas de quienes vuestra conciencia os dice que sólo su honradez las tiene en una triste medianía en materia de dinero. En vano ese tonto político acumulará conocimientos, y en largas veladas enriquecerá su inteligencia con el estudio y trabajará por el adelanto de la ciencia y por la ilustración del pueblo; si no tiene fincas, y negocios y trenes y palco en la ópera; si no da espléndidas comidas, y no está mezclado en todas las grandes empresas mercantiles, y suena su nombre al lado de esos nombres que son la aristocracia de la alta banca, como dicen en Francia; si no entra y sale como en su casa a los ministerios y al despacho del señor presidente, y es siempre el órgano confidencial de la voluntad y deseos de este señor y si no tiene grandes comisiones y destinos lucrativos; el tonto político será cuando más “sabio en latín y tonto en castellano”. En cuanto al loco, es decir al loco político, ése es más terrible, y con ése se observan mil precauciones. El que no transige nunca con su conciencia y es esclavo de sus convicciones y no mira el interés personal en política sino el interés del pueblo y de las ideas que profesa, ése, ése es un loco de quien ríen, y a quien burlan los que no tienen esos grandes defectos. Loco el que prefiere aislarse, nulificarse en la política, por no tomar su parte de complicidad en la infracción de la ley. Loco el que no quiere ocurrir al gobierno humillando su noble carácter de ciudadano libre, para alcanzar una candidatura oficial, tomando así parte en esa consideración contra la libertad del sufragio. Loco el que piensa que la ley debe cumplirse exactamente”.

miércoles, 19 de febrero de 2020

El siglo XIX fue el siglo de la aristocracia



Durante el siglo XIX, la política era una actividad de caballeros, de aquellos situados en la cúspide de la sociedad, cuando no directamente nobles. Cuenta la historiadora Ainhoa Campos que “en Alemania, la antigua nobleza terrateniente prusiana dominaba el Ejército y la política. En Francia e Italia donde la nobleza terrateniente tenía menor peso político, era otro tipo de aristocracia la que copaba los asientos del Parlamento y las carteras ministeriales, pero aristocracia al fin y al cabo. En el resto de Europa, las aristocracias tenían en sus manos gran cantidad de las tierras de sus países. Setenta y tres familias eran propietarias de un quinto de Moravia; en Hungría, menos de cuatrocientas personas tenían en sus manos un 32% de las tierras del reino; en Rusia, los nobles poseían prácticamente la mitad de la tierra cultivable de la parte europea de su país. La nobleza tenía sobradas razones para sentirse segura. Los aristócratas dominaban los destinos de la nación por la mañana y se dedicaban al ocio por la tarde. Iban a sus carreras de caballos y a sus clubes masculinos a divertirse, como habían hecho siempre. Celebraban espléndidas cenas en sus mansiones, rodeados de sus iguales. Pero lo cierto es que ya había sonado su última hora”. El siglo XIX había sido su siglo.

jueves, 23 de mayo de 2019

Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad

Enseña el filósofo Jaime Balmes que “la vida es breve, la muerte cierta; de aquí a pocos años el hombre que disfruta de la salud más robusta y lozana habrá descendido al sepulcro y sabrá por experiencia lo que hay de verdad en lo que dice la religión sobre los destinos de la otra vida. Si no creo, mi incredulidad, mis dudas, mis invectivas, mis sátiras, mi indiferencia, mi orgullo insensato no destruyen la realidad de los hechos; si existe otro mundo donde se reservan premios al bueno y castigos al malo, no dejará ciertamente de existir porque a mí me plazca el negarlo, y, además, esta caprichosa negativa no mejorará el destino que, según las leyes eternas, me haya de caber. Cuando suene la última hora será preciso morir y encontrarme con la nada o con la eternidad. Este negocio es exclusivamente mío, tan mío como si yo existiera solo en el mundo; nadie morirá por mí, nadie se pondrá en mi lugar en la otra vida privándome del bien o librándome del mal. Estas consideraciones me muestran con toda evidencia la alta importancia de la religión, la necesidad que tengo de saber lo qué hay de verdad en ella, y que si digo: Sea lo que fuere de la religión, ni quiero pensar en ella, hablo como el más insensato de los hombres”.