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miércoles, 8 de marzo de 2023

El pasado ya no ilumina el porvenir

Hannah Arendt, una de las filósofas más influyentes del siglo XX, se mantuvo siempre alejada de la literatura histórica por una razón muy clara: “La literatura histórica no es otra cosa, en última instancia, que justificación de lo que sucedió”, o, lo que es lo mismo, historia deformada por la mano de los vencedores. No hay conocimiento histórico neutro, y eso queda explicitado desde la cita de Isak Dinesen: “Todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas”. Historia para la vida, si se quiere decir así, pero en ningún caso para el consuelo.Las historias nos revelan un actor, pero no un autor. Aquel significado sólo emerge a la superficie de la narración merced al narrador: “No es el actor sino el narrador quien acepta y hace la historia”, afirma Hannah Arendt. 
Decía Tocqueville, “el pasado ya no ilumina el porvenir, el espíritu humano camina entre tinieblas”.


lunes, 26 de septiembre de 2022

El nacional-catolicismo fue un sentimiento

Cuenta el historiador Javier Tusell que “el llamado nacional-catolicismo no fue una teoría sino más bien un sentimiento o una sensibilidad. No fue, por otro lado, nada postizo, sino algo sinceramente sentido que venía a ser el resultado de una reacción contra una fe del pasado que se sentía ahora como pasiva en exceso; la nueva fe era de reconquista fervorosa de la sociedad, con una explícita voluntad antimoderna y sin el menor reparo ante la confusión de los planos religioso y político. De ella participaron no sólo los vencedores sino también algunos de los vencidos pues en la vida intelectual, como entre algunos dirigentes de segunda fila de la política, se produjeron sonoras conversiones o numerosísimas vocaciones tardías para ingresar en el sacerdocio".

lunes, 2 de julio de 2018

Tránsfuga.

El tránsfuga cuando abandona traidoramente un partido, jamás lo hace lenta y cautelosamente, no se escurre saliendo sin ser visto de sus filas, sino que se marcha en línea recta, a plena luz del día, sonriendo fríamente, con una naturalidad asombrosa y aplastante, a las filas del hasta ahora contrario, y se apropia de todas sus palabras y argumentos. Lo que sus antiguos compañeros de partido piensen y digan de él, lo que piense la multitud, la opinión pública, le deja enteramente frío. Lo único que sigue siendo importante para él es estar siempre con el vencedor, jamás con el vencido. En la velocidad de ese cambio, en el desmesurado cinismo de su cambio de carácter, mantiene tal medida de descaro que involuntariamente deja estupefacto y fuerza a la admiración. Le bastan veinticuatro horas, a menudo sólo una, a menudo un minuto, para arrojar sin más la bandera de su convicción y envolverse susurrante en otra.