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viernes, 24 de abril de 2026
sábado, 27 de abril de 2024
La construcción moral del hombre y la esperanza de un futuro mejor no se logran con dinero
La clave de todo está en la relación entre el amor y la razón. Incluso a nivel personal nos ocurre lo mismo que a nivel institucional. Lo principal y la fuente están en el amor, que es el que marca la finalidad y guía los pasos intermedios. Este amor es una luz que requiere un orden racional para llegar a su propio fin. La razón no puede imponer sus normas al amor, sino que el amor hace crecer la razón, la purifica y le da su máxima grandeza. En una institución social, lo primero es la caridad, y ella misma sugerirá las estructuras racionales para tal fin. No se puede imponer una mentalidad empresarial a una entidad caritativa. La lógica del amor abrirá caminos para la lógica organizativa y no al revés. Qué pena da cuando alguna actividad social ha perdido su manantial de caridad y solamente se dedica a ser una gestora de recursos sociales. Seguro que consigue subvenciones, pero no conseguirá levantar el corazón de nadie……El corazón humano también necesita el ímpetu del amor. Sin afecto a nada, la vida languidece y se apaga la ilusión. Las sombras crecen y la debilidad aumenta.
La miseria del hombre no está en la carencia económica. Esto solo es la consecuencia, pero rara vez la causa. El problema de los pobres no se cifra tanto en lo económico, sino en las enfermedades interiores que van destruyendo el tejido familiar y, por lo tanto, la estructura emocional y de capacidades que permiten llevar una vida digna. La degradación moral no se logra sanear con dinero. La construcción moral del hombre y la esperanza de un futuro mejor no se logran con dinero. Es la red de vínculos fundamentados en el amor, en las virtudes morales y en la fidelidad, la que permite ser más, tener más. La miseria y la indignidad humana no se arreglan con recursos económicos, sino con atención, paciencia y amor.
Referencia:Al cruzar el puente de José Manuel Horcajo Lucas.
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domingo, 5 de enero de 2020
Recorrió el mundo como Perdón de Dios
San Francisco de Asís, dice Chesterton, recorrió el mundo como Perdón de Dios. Su aparición señaló el momento en que los hombres podían reconciliarse no sólo con Dios, sino con la Naturaleza, y, lo que era más difícil, consigo mismos; el momento en que el añejo paganismo que envenenó al mundo antiguo se extirpaba, por fin, del corazón humano.
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domingo, 22 de diciembre de 2019
El principio de una vocación
Gilbert Keith Chesterton opinaba que “cierto es que no existe, como se imaginan los pacifistas y los necios, la menor inconsecuencia entre amar a los hombres y combatir contra ellos, mientras se les combata noblemente y por una causa justa”.
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| San Francisco de Asis |
Escribe Chesterton en su biografía de San Francisco de Asís que “cabalgaba (San Francisco), indiferente al parecer, por algún sendero apartado, a campo abierto, cuando vio acercársele una persona, y se detuvo, pues se trataba de un leproso. Y conoció en el acto que estaba puesto a prueba su valor, no como lo hace el mundo, sino como lo haría quien conociese los secretos del corazón humano. Lo que vio, avanzando, no era el estandarte y las espadas de Peruggia, ante los que jamás retrocedió; ni los ejércitos que peleaban por la corona de Sicilia, de los que siempre pensó lo que un hombre valiente de un vulgar peligro. Francisco Bernardone vio que su miedo avanzaba hacia él por el camino; el miedo que viene de dentro, no de fuera, aunque se irguiera, blanco y horrible, a la luz del sol. Por una sola vez, en el largo correr de su vida, debió de sentir su alma inmóvil. Luego, saltó de su caballo, sin transición entre la inmovilidad y el ímpetu, corrió hacia el leproso y le abrazó. Era el principio de su vocación en el largo ministerio cerca de los leprosos, a quienes prestó servicios muy señalados; dio a aquél todo el dinero que pudo; montó, luego, y partió. No sabemos hasta dónde llegó, ni cuál fue su pensamiento acerca de las cosas que le rodeaban; pero se dice que, al volver la cabeza, no vio a nadie en el camino”.
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domingo, 10 de marzo de 2019
Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos.
“Se comprende muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y, todavía, tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar. Los bienes de la tierra, repartidos entre unos pocos; los bienes de la cultura, encerrados en cenáculos. Y, fuera, hambre de pan y de sabiduría, vidas humanas tratadas como simples cosas, como números de una estadística”, escribía Josemaría Escrivá, y añadía que “humanamente el trabajo es fuente de progreso, de civilización y de bienestar”. “El trabajo profesional es medio imprescindible para el progreso de la sociedad y el ordenamiento cada vez más justo de las relaciones entre los hombres”.
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