Valls Taberner determina que “en todos los lugares donde se contagian las ideas nacionalistas, suelen producir éstas un desvarío exaltado, un furor imperante, una pasión revolucionaria, responsable a veces de crímenes execrables, de agitaciones convulsivas o de conflagraciones trágicas. El nacionalismo degenera fácilmente, casi diría fatalmente, en extremismo y violencia; es de por sí estridente y megalómano, tiende por naturaleza a abultar diferenciaciones, a profundizar en antagonismos, a cultivar rencores entre las regiones integrantes de un mismo Estado”.
Para Ignacio Agustí “el catalanismo es un comodín. Solo, no significa nada; balbucea, al margen de la baraja política, su romanticismo solitario. Pero con él pueden jugarse y ganarse partidas políticas”. Agustí quiere significar que el catalanismo aborrece España, pero necesita de España, no desearía convivir con otros partidos, pero los necesita para generar su discurso. Estas interrelaciones, no deseadas, pero necesarias para tener cierta identidad, hacen del catalanismo una ideología, o una actitud, profundamente cambiante en función de las circunstancias y la fuerza de otras corrientes políticas.
“El catalanismo suele acabar moviéndose en función de sentimientos irracionales y estados emocionales procurados por circunstancias ajenas a él. Por eso, siempre que los grupos catalanistas han intentado consensuar qué tipo de Cataluña desean, los acuerdos han sido imposibles”, dice Javier Barraycoa. Joaquín Samaruc ya advertía, en la década de los veinte del siglo XX, que “no hay catalán bien nacido que no ame a Cataluña pero al pretender dar forma a este sentimiento, al quererle traducir en aspiraciones más o menos factibles, se han manifestado en el catalanismo, desde el primer momento, las más profundas y enconadas diferencias”.
“El catalanismo suele acabar moviéndose en función de sentimientos irracionales y estados emocionales procurados por circunstancias ajenas a él. Por eso, siempre que los grupos catalanistas han intentado consensuar qué tipo de Cataluña desean, los acuerdos han sido imposibles”, dice Javier Barraycoa. Joaquín Samaruc ya advertía, en la década de los veinte del siglo XX, que “no hay catalán bien nacido que no ame a Cataluña pero al pretender dar forma a este sentimiento, al quererle traducir en aspiraciones más o menos factibles, se han manifestado en el catalanismo, desde el primer momento, las más profundas y enconadas diferencias”.
